Sigue la lucha por el NO represamiento del Río Samaná

Categoría: Linea Territorio y despojo Publicado: Miércoles, 10 Mayo 2017

Por: Paola Morales – Laura Elena Zuluaga

La estructura ecológica de nuestras ciudades se ve afectada según el tratamiento y el enlace de los sistemas ambientales regionales.

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Por esto, la planificación actual de las urbes nos exige una mirada atenta al desarrollo de nuevos proyectos dentro de los ecosistemas adyacentes. La articulación con las áreas rurales se debe emprender desde una visión integral que favorezca los dos ámbitos (urbano-rural) de una manera sostenible. En otras palabras, un progreso económico y social equilibrado que respeta la calidad del medio ambiente en beneficio de nuestro presente y futuro.

En el oriente del departamento de Antioquia, campesinos y activistas del medio ambiente se oponen a la construcción de la central hidroeléctrica Porvenir II, que aprovecharía la fuerza del río Samaná, el único río libre de Antioquia, para generar 352 megavatios de energía. Ellos aseguran que la obra se haría a costa del desplazamiento de campesinos, del detrimento de la economía rural y de la destrucción del hábitat de especies de plantas y animales que solo viven en ese territorio y que se extinguirían de realizarse la obra.

Por eso, aún confían en que el río Samaná, con una cuenca de 2.656,9 km.2, siga siendo parte del 30 por ciento de los grandes ríos del planeta que aún permanecen libres. Esperan que los grandes muros de contención que se interpondrían en su cauce natural no sean construidos y que sus aguas sigan corriendo aceleradas entre piedras y grandes rocas, cuevas, pasajes estrechos y cascadas.

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Una de estas personas es Carlos Hernando Olaya, del Movimiento por la Vida y la Defensa del Territorio (Movete). Según él, en esta zona, que comprende los municipios de San Luis, Cocorná, San Carlos, San Francisco, Puerto Nare y Sonsón, la obra de esta infraestructura afectaría a los campesinos que habitan y tienen propiedad sobre las 10.900 hectáreas que fueron declaradas de utilidad pública.

“Los campesinos que ocupan hoy en día esas tierras fueron desplazados en los años 80 y 90 por los grupos armados y ahora, después de tantos años, están volviendo a reconstruir sus vidas. A partir del 2008 la gente comienza a retornar, el gobierno restablece los derechos de las víctimas de la violencia y se da una transformación de la zona”, dice Olaya.

Sin embargo, señala el activista de derechos humanos, con la construcción del embalse esas personas serían otra vez desplazadas, desterradas de sus tierras y revictimizadas. Para él, a diferencia de lo que asegura Celsia, esta obra de infraestructura no traería desarrollo y progreso a la zona.

Precisamente, los pobladores de esta región del departamento de Antioquia ya han vivido las consecuencias de la construcción de este tipo de obras. En las décadas de 1970 y 1980 se llevó a cabo en el municipio de San Carlos la construcción de: La central de Calderas, ubicada en la cuenca de la quebrada la Arenosa —entre Granada y San Carlos—; la central de San Carlos, la cual está localizada cerca del corregimiento de El Jordán y es la más importante del país por tener la mayor capacidad de generación de energía; y los embalses de San Carlos, Punchiná (Central de Jaguas), Playas y Calderas.

Según el informe del Centro de Memoria Histórica, la construcción de estas obras implicó un crecimiento acelerado de la población. Un estudio, realizado por la Empresa de Interconexión Eléctrica S.A., detalla que a San Carlos llegaron unos 3.350 trabajadores procedentes de diversas regiones del país que se localizaron en un campamento ubicado a 6 kilómetros de la cabecera urbana.

“La afluencia de esta población dio lugar a un proceso de transformación en los modos de vida de los habitantes, en su economía, en las sociabilidades y en la cultura. Estos cambios han sido interpretados por algunos de sus pobladores, incluso hoy en día, como una pérdida en la cohesión y la identidad local”, señala la investigación.

Según el informe “si bien el desplazamiento generado por el impacto de esta obra es sustancialmente diferente del causado por el conflicto armado, este megaproyecto fue un factor estructural que atravesó y condicionó el desarrollo del conflicto armado en la región. Incluso, según algunos habitantes de la zona, se puede establecer una continuidad entre este fenómeno y los nuevos proyectos hidroeléctricos que se han propuesto en la región. Según varios testimonios “todo empezó ahí, con las hidroeléctricas””.

La relevancia económica y geográfica que adquirió la región por cuenta de estos proyectos desde la década de 1970 coincidió con el ingreso de los grupos armados al territorio, primero el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y posteriormente las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) a comienzos de la década de los años ochenta; luego, las Autodefensas del Magdalena Medio, el MAS (Muerte a Secuestradores) y, hacia la segunda mitad de la década de 1990, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Para Arnulfo Berrio, concejal del municipio de San Luis, no se ha hecho un estudio riguroso que mida el impacto social, cultural y económico que las hidroeléctricas han tenido sobre los campesinos y agricultores de la zona. No se ha analizado las condiciones de las víctimas del conflicto armado que serían nuevamente desplazadas a otros territorios, pero mucho menos se les ha preguntado cuáles son sus expectativas, qué desean para el futuro, dónde quieren vivir o en qué condiciones.

Por ejemplo, dice el líder político, los directivos de la empresa señalan que la obra traerá nuevos empleos y progreso económico, “pero sabemos que no se trata de empleos que le puedan cambiar la vida a las personas. No vamos a ser socios de Celsia, el impacto del que hablan va a ser algo momentáneo, contratarán unos cuantos obreros y vigilantes. Pero cuando la hidroeléctrica ya esté construida no van a necesitar mano de obra y vamos a quedar en la nada”, dice.

Dentro de los planes de los habitantes de la región, dice Berrio, está apostarle al turismo comunitario por medio de la creación de hospedajes en fincas agroecológicas, de restaurantes y empresas de productos alimenticios propios de la región, caminatas ecológicas, avistamiento de aves, pesca y deportes extremos como el rafting y el kayak.

“La hidroeléctrica no es desarrollo, sino detrimento de los recursos naturales que tiene Colombia. Hay que revisar con lupa, porque no solo vamos a vernos afectados nosotros, también las personas de las ciudades y los extranjeros perderían un río para el mundo. El Samaná es un cinturón de vida, si es encerrado entre muros tendría consecuencias en el medio ambiente irreparables”, señala el defensor del río.

Un ecosistema único podría extinguirse

El botánico Rodrigo Bernal, en una expedición por el río Samaná, descubrió que en las paredes rocosas y los enormes peñascos de este afluente habitan plantas especializadas que en su evolución “se adaptaron a resistir los embalses del agua y crecen agarradas con fuerza a las piedras o enraizadas en sus más mínimas grietas”.

De este tipo de plantas, llamadas reófitas, encontró 35 especies, de las cuales seis son exclusivas del cañón del río Samaná. Una de ellas, descubierta en el 2009, es la Cuphea fluviatilis, una hierba de hojas pequeñas y angostas, con florecitas blancas. Otra, cuenta Bernal, es una especie de palmera, pequeña y delgada, desconocida para la ciencia hasta el año 2016 y cuyo territorio total sobre la tierra es una franja de 15 metros de ancho, en cada orilla a lo largo de 30 kilómetros.

Esta última planta fue bautizada por Bernal con el nombre de Aiphanes argos, con el objetivo de que la empresa de energía desista de su objetivo de construir la represa que inundaría grandes áreas de bosque, ahogaría las especies apenas descubiertas y las que aún quedan por descubrir.

“Queremos que el grupo Argos se concientice acerca del daño irreparable que causarían al medio ambiente. Ahora, está en manos ellos desistir de la obra y así conservar estas especies únicas, que han evolucionado de forma increíble y se han adaptado a este territorio. Si la represa se realiza estas plantas serían llevadas virtualmente a la extinción”, asegura el botánico.

En efecto, asegura Bernal, de construirse la represa de 130 metros de altura las aguas del río subirían 100 metros en pocas semanas y perderían su carácter de aguas rápidas para convertirse en un enorme embalse. De ser así las plantas neófitas desaparecerían para siempre, se ahogarían en la inundación.

Además de las plantas se extinguirían los animales asociadas a ellas. Por ejemplo, cuenta Bernal, una de las especies es pariente de la palma de Iraca y en ella se han encontrado una cantidad de cucarrones que habitan exclusivamente en esta. Sin embargo, asegura el científico, no se ha hecho una investigación exhaustiva que dé cuenta de la riqueza natural de este territorio.

“Ni siquiera sabemos a ciencia cierta lo que hay en la región. Podemos hablar de los insectos que tienen una relación tan estrecha con las plantas, pero no sabemos que otras especies hay. Imagínate lo que se encontraría de ranas, de serpientes, de mamíferos. De manera que en un cañón de estos quien sabe que cosas habrá por descubrir, que otro tipo de plantas y animales albergará allí”, señala Bernal.

Este fenómeno evolutivo se explica debido a que el cañón tiene un tipo de relieve formado a base de rocas de mármol, de un alto contenido de carbonato de calcio. Es un tipo de relieve llamado karst, escaso alrededor del mundo.

“Cuando la vegetación crece sobre ese tipo de sustrato es diferente. Las aguas que se filtran por el proceso de vegetación, aguas ácidas, empiezan la erosión que se come poco a poco el mármol. Por eso hay cavernas, grietas, rocas afiladas, piscinas y distintas formas geológicas”, dice.

Debido las características geológicas de estas montañas, asegura el científico, el intento de construir un embalse podría ser infructífero, pues hay cientos y miles de cuevas compuestas por minerales solubles en agua.

“Ese tipo de relieve es de lo peor que hay para construir un embalse porque no saben en qué lugar de la gran cantidad de cuevas vaya a salir una grieta. Entonces lo que puede suceder en una zona castica como esta es que levanten el muro e inunden todo, dañen la vegetación, acaben con las plantas neófitas y después empiecen a pasar los meses y la represa no se llene porque hay filtraciones”, asegura Bernal.

Para el botánico, la destrucción de este ecosistema no solo toca a los campesinos de la zona, sino también a todas las personas de la ciudad, a los que estarían privando de la posibilidad de conocer uno de los lugares más hermosos de Colombia, ubicado a casi la mitad del camino entre Medellín y Bogotá. Allí, debido a la persistencia del conflicto armado, “ha sobrevivido hasta nuestros días un lugar de una naturaleza tan prístina y una riqueza biológica y geológica tan abrumadora”, dice.

Turismo ecológico y campesino

Según Jules Dominé, deportista del Kayak y campeón mundial de este deporte, una hidroeléctrica podría durar 50 años, pero en cambio los daños que produciría la obra en el ecosistema son irreparables. Nadie ni nada podrían devolver la exuberancia de la selva, el recorrido juguetón del caudal o las rocas gigantescas que han sido escarbadas y moldeadas por el agua durante miles de años.

Para Dominé los ríos traen la historia geológica de cada territorio, en ellos se plasma el pasado natural y biológico. Por eso, junto a un grupo de campesinos, emprendedores y políticos de la región saben que en esta riqueza natural subyace el futuro económico.

“Las comunidades para permitir su sobrevivencia en el tiempo necesitan fuentes de economía y de aprovechamiento del territorio que sean extemporáneos y sostenibles, lo que no va de la mano con una obra que acabaría con el esplendor natural y ecológico de la zona. Muchas de la personas del sector son conscientes de esto y se oponen a la obra”, señala Dominé.

Para él, la cuenca del Samaná puede ofrecer para visitantes y residentes del sector la posibilidad de educarse en el cuidado y el entendimiento del medio ambiente, de la naturaleza y el ecosistema que los rodea. Esto, señala, a diferencia de lo que sucede en la represa de Guatapé donde solo hay unos cuantos puestos de comida y algunas balsas para recorrer el lugar, pero no hay una conciencia ecológica o un programa pedagógico que eduque al ciudadano en la defensa del medio ambiente.

 “Esperamos poder preservarlo, porque los ríos son la vida, las venas de la tierra; ellos tienen el poder de transportar las semillas, traen el agua que moja la tierra. En el río Samaná, que es de los únicos libres del país y del mundo, los páramos son interconectados con 5 ecosistemas, que llegan al Magdalena. Si se construye la represa se dañaría todo esto, pues se destruyen los ecosistemas y su conectividad ecológica”, dice el ambientalista.

El río Samaná, que antiguamente fue una frontera natural entre las FARC y AUC, según el deportista, es hoy en día es un catalizador y un símbolo de unión entre los ciudadanos, que se materializa en la creación de un nuevo modelo económico basados en el turismo verde responsable, la conservación del medio ambiente y la preservación de estos ecosistemas.

Agradecimiento: Carlos Hernando Olaya, Arnulfo Berrío, Rodrigo Bernal, Jules Dominé

Fotografías cortesía: Jules Dominé – Fundación Yumaná