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Lun, Dic

Entre monopolios, monocultivos y violencia lineal

Linea Territorio y despojo

Por: José Alonso Andrade Salazar*

El problema es visible en el Quindío y en otras regiones de Colombia, puesto que en extensas zonas que antes estaban surtidas de diversidad de variedades vegetales, ahora existen amplios cultivos de aguacate Hass

aguacate hass

El monocultivo es un fenómeno que impacta cada vez más a los agricultores tradicionales, los cuales habitualmente suelen “sembrar de todo” en sus parcelas, para luego comercializarlos localmente; estos productos diversos de primera necesidad en la canasta familiar, junto con los productos agrícolas ancestrales, fortalecen las tradiciones gastronómicas y culturales de las comunidades.

El monocultivo, o cultivo único tiene como premisa fundamental el mono-consumo, el individualismo a gran escala y la centralización económica. La consecuencia de lo anterior es multidimensional, ya que, no solo impacta la economía local y regional a consecuencia del desabastecimiento, sino también los ecosistemas, al modificar los hábitats de especies endémicas, además de alterar los ciclos migratorios de aves que provienen de otras latitudes, cuyo descanso y alimentación en territorios de diversidad alimenticia, resulta necesario para dar continuidad a su largo viaje.

Asimismo, conmueve gravemente la economía de familias cuyos ingresos provienen de la siembra, consumo y comercio de varios productos entre los que se encuentran, café, mandarina, naranja, papaya, tomate, plátano, yuca, frijol, maíz, chacha fruto, entre otros, que suelen ser remplazados por un solo cultivo, tómese como ejemplo la tendencia a cultivar aguacate, pino o eucaliptos.

El efecto económico es innegable puesto que, para cuidar y cosechar no se necesitan muchos empleados, lo que desemboca en el desplazamiento de familias en busca de otros lugares y formas de trabajo. En este tenor, las consecuencias emocionales, se relacionan con la ruptura de los vínculos cohesionantes, al tiempo que, la disminución de la cooperación y hospitalidad de las comunidades campesinas, puesto que, al compartir, intercambiar y utilizar los alimentos, las personas tienden a narrar las preocupaciones, dilemas, gustos y el día a día, generándose tal como lo expresa el maestro Alfredo Moffatt (1974) una especie de Psicoterapia del oprimido.

La solidaridad en los procesos económicos tiene su impronta, en la redistribución del producto de forma equitativa y favorable en la comunidad, y desde su praxis constituye un ejercicio de subversión al modelo capitalista, pues descentra el poder económico, permite el intercambio justo y posibilita la redistribución material de la riqueza. De suyo, la economía solidaria permite transitar del consumo a ultranza masificado por los MASS MEDIA y la educación-legada-consumista, a la producción colectiva y el intercambio con sentido comunitario, de allí que no favorezca el ius-capitalismo, sino la economía asociada y responsable con los ecosistemas, el trueque agronómico-emocional y la interrelación social-comunitaria.

Ante ello, hay que detenerse un momento, y reflexionar acerca de ¿a quién afectaría la erradicación del monocultivo?, para lo cual voy a responder con una breve historia:

Todo comenzó con un encuentro con un habitante del municipio de Salento - Quindío, quien comentó que de manera inusual funcionarios de la institución ambiental del departamento, lo visitaban semanalmente a fin de darle instrucciones de cómo cuidar su “arbolito” de aguacate. A ello le sumaron capacitaciones de varios agrónomos, muestras de insecticidas, recomendaciones y seguimientos al crecimiento del mismo. Al inicio tuvo una emoción de agradecimiento y de “justicia estatal” con el pequeño productor, tanto que llegó a pensar que quizá su “arbolito”, constituía una nueva variedad con propiedades fabulosas. Sin embargo, su desconcierto fue mayor cuando supo la cruda verdad, y era que el interés se centraba en la posible contaminación por agentes –insectos u hongos- que su palito de aguacate podría ofrecer al monocultivo de una empresa extranjera de aguacate, ubicada a 300 metros de su patio.

De esta manera es notable que el control, la exclusión y discriminación también se extienda hacia las especies vegetales y animales, quienes quedan eliminados de los procesos de participación ecosistémica manipulados por las sociedades humanas, lo cual constituye una forma de violencia construida bajo el ideal de desarrollo, y una falsa concepción de progreso asociado a la acumulación de capital, y la centralización de las formas y medios de producción (Althusser, 1974; Marx, 2000).

El problema es visible en el Quindío y en otras regiones de Colombia, puesto que en extensas zonas que antes estaban surtidas de diversidad de variedades vegetales, ahora existen amplios cultivos de aguacate Hass (variedad de exportación), pinos, eucaliptos, y todo aquello en términos de explotación maderal que rinda frutos económicos a gran escala, elemento característico de los monopolios y hegemonías capitalistas. Cabe anotar, que los pinos y eucaliptos constituyen árboles que emiten olores citronélicos, usados frecuentemente como repelentes, y que en su medio natural suelen espantar a insectos y otros animales que se alimentan de estos, por ello donde se encuentran sembrados, reina la ausencia de aves y de otras especies.

Igualmente, estos árboles suelen consumir muchos recursos hídricos, por ello su siembra indiscriminada termina erosionando el suelo, tornándolo desértico, paisaje visible en cada tala maderera. En consecuencia, cabe preguntarse sobre el alto precio ambiental del aire “puro”, contradicción y paradoja que nos remite a un diálogo serio y humanizado, sobre la relación entre los cuatro motores de desarrollo identificados por Edgar Morin (1984): industria-ciencia-tecnología-economía, mismos que al operar sin regulaciones bioéticas, alteran la sostenibilidad ambiental, la conservación de los recursos naturales, y la existencia de los ecosistemas que habitan dichos espacios.

El problema no solo tiene que ver con aspectos económicos, sino con las diversas vertientes conflictivas que la cuestión ambiental plantea, de allí que el diálogo de saberes y una actitud transdisciplinar, se constituyan en un camino-desafío para enfrentar la actitud depredadora y maniquea en torno al híper-consumo híper-devastador.

Cabe precisar, que la existencia amplia de monocultivos disminuye las opciones laborales, y aunque se aumenta la exportación y el ingreso de divisas, estos valores no reingresan equitativamente al trabajador, pues lo que prima en dicha relación de poder, es la inversión de energía en pro de la subyugación a condiciones laborales de inequidad y de falta de participación de las comunidades (Adams, 1978), quienes tienden a quedar excluidas de la contribución económica de estas grandes empresas, además, de verse imposibilitados a competir con la macro-exportación y a menudo, limitados de participar del mercado local, porque el monopolio se extiende igualmente a dicho escenario.

Lo anterior es una forma de violencia-lineal con base en la exclusión, misma que permanece latente y manifiesta en los actos de excepción, silenciamiento y discriminación del pequeño comerciante, tanto como en la complicidad de los estamentos ambientales del estado con los modelos económicos capitalistas, mismos que favorecen al gran exportador antes que al pequeño productor.

En este tenor, la violencia-lineal aparece allí donde se desdibuja y desmigaja el reconocimiento del otro como legítimo otro en la convivencia (Andrade, 2016; 2017), y donde la competencia se convierte en el fin y el medio donde se establecen, esgrimen y justifican las diferencias materiales-comerciales entre colectivos a favor del desarrollo de quien domina el capital.

Al respecto Humberto Maturana (1991) señala que la competencia no es ni puede ser sana, puesto que se organiza en torno a la negación del otro, es así que la competencia anula las solidaridades, la cooperación, el apoyo y la hospitalidad, aspectos que según Morin (1999) sostienen la ética global-planetaria, y reorganizan la sostenibilidad de las comunidades humanas.

La violencia lineal aparece en los totalitarismos económicos, y es parte de los monopolios materiales-territoriales, que favorecen el mono-consumo, los mono-cultivos, las mono-violencias e individualismos. En este sentido,  Aymerich (2004) sustenta que el monopolio puede admitir características violentas asumidas como legítimas por los individuos, y revela especialmente en una situación de hecho donde el Estado se convierte en el único actor legitimado, para solucionar los conflictos entre particulares, lo cual quiere decir que el monopolio responde a una lógica de las formas institucionales de dominación, en el que prima la permanencia de la violencia lineal, que a su vez responde a un proyecto económico excluyente, que emerge a modo de espectro e ideal a alcanzar por el pequeño productor y la sociedad en general, un ideal linealizado en el plano de la relación: adquisición-consumo-seguridad.

Con lo expuesto no se invita a dejar cultivar, pues el tema es descentrar el monopolio del capital que haya en el monocultivo una vía de expropiación del territorio y del capital cultural, por lo que se invita a leer entre líneas lo que se entiende por desarrollo y progreso, a comprender las implicaciones derivadas del hecho de ser especie y ecosistema, es decir de atender a la globalidad en sus diversas formas y manifestaciones, de respetar la existencia del otro y sus tradiciones, de acoger la cooperación y hospitalidad, además de reconocer los espacios de interacción y convivencia presentes en la interrelación con otros ecosistemas.

Ergo, de estas apreciaciones es dable considerar un interrogante respecto al diálogo de la auto-eco-sostenibilidad ambiental:

¿Cuál es nuestra responsabilidad y qué acciones podemos tomar como especie?  

Referencias bibliográficas.

Adams, R. (1978). Energía y estructura. Una teoría del poder social. México: Fondo de Cultura Económica.

Althusser, L. (1974). La filosofía como arma de la revolución. México: Siglo veintiuno editores.

Andrade, J. A. (2016). Problematización del fenómeno de la violencia a partir de la noción de no-linealidad desde el pensamiento complejo. Tesis de Maestría; Maestría en pensamiento complejo. Multiversidad Mundo Real Edgar Morin, AC.

Andrade, J. A. (2017). Violencia lineal, violencia no-lineal y resistencia civil: una interpretación desde la teoría de la complejidad. Tesis de doctorado. Programa Doctorado en Pensamiento Complejo. Multiversidad Mundo Real Edgar Morin, AC.

Marx, K. (2000). El capital. Tomo 1.Vol III. México: Siglo XXI Editores.

Maturana, H. (1991). La democracia es una obra de arte. Mesa redonda magisterio. Instituto para la democracia Luis Carlos Galán. Bogotá

Moffatt, A. (1974). Psicoterapia del oprimido. Buenos Aires: ECRO SRL.

Morín, Edgar. (1984). Por el pensamiento complejo. Ciencia con conciencia, (pp. 293-368). Barcelona: Editorial Anthropos.

Morín, Edgar. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Bogotá: Magisterio.

*Docente investigador, integrante del Grupo Kavilando – Quindio.

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