Un llamado a la Paz (Transformadora) para Honduras

Linea Conflicto Social y Paz

Por: Esteban A. Ramos Muslera*

Desde que se desatara la crisis postelectoral, producto del presunto fraude que parece estar perpetrándose para proclamar nuevamente Presidente a Juan Orlando Hernández, se suceden los llamados oficiales a la Paz Negativa desde las más altas esferas del poder político y económico del país.

 

ELECCIONES HONDURAS CONFLICTOS

Y no es de extrañar, pues la revuelta popular que se vive en las calles amenaza al Establishment patrio con moverle el suelo y tumbar el sistema que sostiene su poder corrupto y corruptor. De ahí que, convenientemente, se inste a la población a actuar conforme la arcaica concepción negativa de la paz; esa que equipara la palabra paz con la palabra tranquilidad, y, de paso, con el sometimiento y el acatamiento del sistema político y económico sin cuestionar su legitimidad -como si de un orden natural se tratara.

Precisamente por ello, conocer los diferentes enfoques teóricos existentes en la disciplina de los Estudios de la Paz y los Conflictos resulta especialmente útil para comprender a qué está llamando el Presidente cuando hace un llamado a la Paz (Negativa); y qué alternativas podrían impulsar los ciudadanos indignados en aras de contribuir a la paz (Positiva y Transformadora). Pues, en efecto, a lo largo de la historia, la concepción de paz ha adquirido múltiples y muy diversos significados, incluso contrapuestos, dependiendo de quienes hablaran o actuaran por la paz.

Los comunes mortales solemos referirnos a ella, la paz, como si estuviera dotada de un unívoco y universal significado, aceptado por todos y todas. Pero no es así: cuanto menos, es posible reconocer tres concepciones radicalmente diferentes de aquello que se entiende por paz. Paz Negativa, Paz Positiva y Paz Transformadora.

Paz Negativa

La Paz Negativa es un modo limitado y negativo de entender la paz como sinónimo de defensa del grupo de pertenencia (el “nosotros”), y del orden social, político y económico impuesto (sea éste justo, o no). Esta manera de entender la paz hunde sus raíces en la tradición greco-romana clásica. Es decir, en la Eirene griega y en la Pax romana:

La Eirene –Paz, en griego- era entendida como la armonía o la tranquilidad que se experimentaba al interior de los pueblos griegos cuando estos se encontraban en situación de ausencia de guerra y amenazas externas. La Eirene se producía únicamente al interior de los griegos y nunca en relación con los demás pueblos.

Por su parte, la concepción romana de la paz, se asociaba al acuerdo mediante el que se ponía fin a la contienda armada: en la Roma Clásica, la paz nacía con la “firma de la paz”; con el acto jurídico que daba por finalizada la guerra. Pero había algo más… La Pax romana se entendía, también, como sinónimo de orden y control social al interior del Imperio. Esto suponía comprender, como parte de la acción para la paz, el esfuerzo del Imperio por mantener controlada la sociedad. Por ello, en nombre de la Pax romana, se legitimaba, incluso, el uso de la fuerza por parte del ejército como mecanismo válido para imponer dicho orden social, al tiempo que para salvaguardar la integridad del Imperio y procurar su expansión. Por ello, las acciones violentas de represión y control de la población, y las guerras orientadas a la conquista de otros territorios, se entendían como una necesidad para alcanzar la Pax.

La Eirene griega y la Pax romana conformaron las bases conceptuales de la Paz Negativa: paz comprendida como la defensa del “nosotros” frente a la amenaza que representa todo aquello considerado diferente al grupo y al orden social, político y económico establecido. De acuerdo con este planteamiento, se consideraría, hoy, legítimo y necesario, recurrir a la violencia para mantener el Statu Quo vigente y hacer frente a las amenazas que pudieran presentarse.

Según Galtung, padre fundador de la disciplina de los Estudios de la Paz y los Conflictos, la Paz Negativa es la concepción de paz de acuerdo con la que muchos de los Estados del mundo actúan cuando optan por favorecer el militarismo para controlar la sociedad y salvaguardar el orden sociopolítico y económico que les resulta conveniente; cuando potencian la carrera armamentística para repeler las amenazas externas –justificando, incluso las guerras “preventivas”-; y/o cuando monopolizan la toma de decisiones políticas que excluyen sistemáticamente al conjunto de la población y concentran el poder para perpetuándose en él, a como dé lugar.

Desgraciadamente, la Honduras actual se encuentra repleta de ejemplos paradigmáticos de políticas públicas y decisiones presidenciales diseñadas de acuerdo con esta lógica de Paz Negativa: la creación de la Policía Militar, el despliegue del ejército por el territorio nacional y la militarización de las políticas de seguridad, el impulso de la formación para la paz en manos de instituciones o grupos militares, la compra masiva de material de guerra, la subordinación de los diferentes poderes del Estado al poder ejecutivo, la búsqueda de la reelección pese a la explícita prohibición constitucional, o las políticas de promoción de la convivencia ciudadana como los “Barrios Seguros”, que convierten en cárceles las casas y las calles en fronteras con guardias armados entrenados para mantener la tranquilidad al interior del espacio de cohabitación y defender a los vecinos de las amenazas que representan “los otros”; los que viven fuera. Todas ellas son, efectivamente, políticas inspiradas en la Paz Negativa. Por eso, los sucesivos llamados a la paz realizados en los últimos días por los poderes del Estado, no pueden sino comprenderse como lo que son: llamados a la Paz Negativa; a quedarse quietos, a respetar el orden político y económico vigente aunque éste ignore la voluntad de las personas (mediante el presunto fraude electoral), y violente su dignidad (como lo demuestra el hecho de que en 1992 el porcentaje de hondureños viviendo bajo el nivel de la pobreza fuera del 65.73%; y en 2016, del 65.71%).

Frente a ello, vale la pena conocer otras perspectivas de paz; esas que convocan al conjunto de la ciudadanía a rebelarse y actuar, pacíficamente, desobedeciendo los llamados a la pasividad y al acatamiento realizados desde el poder instituido.

Una Paz Positiva y Transformadora

Galtung, en la década de los ‘60, escribió: “mientras existan injusticias y no se atiendan las necesidades humanas básicas (bienestar, libertad, identidad y supervivencia), no existirá la paz aunque no nos agredamos directamente”. Gracias a este planteamiento, se logró proponer una concepción de la paz relacionada con dos necesarias y complementarias condiciones: por un lado, con la ausencia de las tres tipologías de violencia distinguidas por el propio Galtung (1985) -Violencia Directa (entendida como los actos de destrucción cometidos entre personas); Violencia Estructural (aquella derivada del sistema político o económico cuando dificulta o imposibilita la atención de las necesidades); y, Violencia Cultural (aquella que se produce cuando se normalizan las anteriores tipologías de violencia y se fomenta su reproducción)- y, por otro lado, con la presencia efectiva de sus opuestos -Paz Directa (presencia de mecanismos efectivos de regulación de conflictos); Paz Estructural (existencia de un sistema político y social que garantice la justicia); y, Paz Cultural (existencia de ideas, símbolos, relatos y valores universales que impulsen la Paz Directa y la Paz Estructural)- como las tres dimensiones de la Paz Positiva.

Gracias a esta propuesta, en la disciplina de los “Estudios de la Paz y los Conflictos” dejó de comprenderse la paz como un estado de tranquilidad alcanzado mediante políticas militaristas capaces de aplacar las amenazas externas e internas al Statu Quo, para pasar a comprenderse como un fenómeno relacionado con el desarrollo de los pueblos, con la lucha contra la pobreza, con la promoción de los Derechos Humanos, y con la búsqueda de un sistema político y económico justo.

A principios de Siglo XXI, Francisco Muñoz subrayaría la importancia de valorar la paz por sí misma; como un fenómeno independiente de las violencias. Este autor abogó por reconocer la paz como una manifestación palpable, presente en las acciones, los sentimientos y pensamientos de los seres humanos -tales como la fraternidad, la solidaridad, el diálogo amistoso, el amor, la filantropía o la cooperación- que podía producirse, incluso, en presencia de graves violencias estructurales, culturales y directas. De ahí que Muñoz considerara la paz como una expresión humana imperfecta, como un proceso inacabado, en constante desarrollo y perfeccionamiento.

Este último aporte permitió, posteriormente, concebir la paz como el proceso vivo y activo, en permanente transformación, que se concreta cuando los seres humanos logramos atender las necesidades, sinérgicamente. Cuando logramos, en nuestros espacios de convivencia, cristalizar el Buen Vivir. Es decir, facilitar la atención de las necesidades propias y las de los demás, en armónica relación con la naturaleza, sin violentar la posibilidad de que el conjunto de la ciudadanía pueda atender sus necesidades efectivamente.

En otras palabras: la paz, entendida desde la perspectiva de la Paz Transformadora, es una construcción colectiva permanente que se estimula cuando nuestro comportamiento no sólo permite atender nuestras necesidades, sino que, además, potencia las de los demás; como, por ejemplo sucede, cuando una madre, para alimentar a su criatura, opta por darle el pecho. Tal acción, no sólo atiende la necesidad de alimentación de la criatura, pues, además, propicia la atención de la necesidad de afecto y relacionamiento de la criatura, y de la propia madre. Esta particular forma de atender las necesidades se conoce con el nombre de atención sinérgica de las necesidades. Su impulso, en cada uno de los espacios en los que nos relacionamos los seres humanos, potencia la construcción de Paz Transformadora.

Por ello, parafraseando a la poetisa Magdalena Sánchez Blesa, el llamado a la Paz Transformadora para Honduras es un llamado a amar hasta ese sitio donde no se llega nunca, a no darnos la vuelta, a nunca huir por muchos que sean, a no rendirnos cuando fallan las fuerzas, a no vencernos cuando el miedo acecha; a resistir, con la mano tendida y las puertas abiertas, mirando a los ojos y regalando la vida entera para cambiar este sistema, el mismo que espolea la pobreza de la mayoría y magnifica la riqueza de la minoría, el mismo que en frágil se convierte cuando a los de arriba conviene y en sanguinario brutal coloso cuando los de abajo exigen…

… Y si el mundo se para, y el ánimo decae, el llamado es a remangarnos el alma, a ser palanca y rueda, a tirar de la vida nuestra y de quien sea, con las manos bien grandes, dejando huella. Porque se hace la Paz, Transformadora, perseverando.

Jamás una huida, por muchos que sean.

*El autor es Doctor en Ciencia Política, “Paz, Conflicto y Cambio Social” por la Universidad de Valladolid. Coordina el Área de Paz del Instituto Universitario en Democracia, Paz y Seguridad de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Es miembro delegado por el Consejo Latinoamericano de Investigación para la Paz (CLAIP) al Council de la International Peace Research Association (IPRA).

Nota telacionada:

Honduras intenta retornar a la normalidad tras crisis postelectoral

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