No todos los muertos son iguales, la mayoría vestían prendas campesinas.

Linea Conflicto Social y Paz

Por: Omar Eduardo Rojas Bolaños

Ha llegado la hora de rodear y acompañar a todas las víctimas, sin interesar los harapos, las prendas o los uniformes que porten, sin importar de que sean ricos, pobres, negros, blancos o amarillos

 

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No todos los muertos son iguales, la mayoría vestían prendas campesinas. Réquiem por las víctimas no combatientes, y por los que hablaban por los otros, por las otras.

La prudencia invita al silencio. El silencio es el cuerpo de la mordaza.

Sin necesidad de la ballesta, de la metralla, sin derramar los litros de sangre que exigían los generales a sus soldados en campos de batalla reales y ficticios, la debilitada y oprimida democracia le sonríe a los ciudadanos y las ciudadanas. Busca por doquier votos de confianza. Se encuentra atenuada, más no desanimada, de ahí que grite, no a las paredes ni a las montañas, sino a las personas de carne y hueso, que hoy, más que nunca, tienen la oportunidad de comenzar a cerrarle la puerta a la guerra, a la barbarie, a la ignorancia, a la impunidad y a la injusticia.

Para ello se hace indispensable, además de articular esfuerzos, temáticas y el trabajo de organizaciones populares y oficiales, entre otros, que la sociedad en pleno se exprese a través del voto popular.

Sin embargo, este clamor de la sociedad lo quieren silenciar aquellos y aquellas que se han beneficiado de la guerra, quienes han ocultado sus crímenes políticos, económicos y sociales bajo los titulares de algunos medios de comunicación los cuales, como escuderos falseadores de la verdad, señalan a la “guerrilla”, al “castrochavismo” y a la “izquierda” de los problemas sociales. Esos medios desconocen que los que señalan, jamás se han paseado por los pasillos del Palacio de Nariño, puesto que nunca han contado con el poder.

Durante los últimos 53 años, en la frágil democracia, mujeres han tenido que parir sus hijos para la guerra. Otras han logrado levantarse contra el autoritarismo, contra el patriarcado, y otras libran batallas para incorporarse a la vida laboral, política, económica y social del país. Mientras tanto, algunos y algunas, se esfuerzan para que las mujeres sigan prolongando el devenir impuesto.

Las mujeres colombianas, han visto morir, en campos de batalla urbanos o rurales, mal contados, pero muy mal contados, 230.000 de sus hijos, quienes se mataron entre sí. Algunas y algunos de los asesinados vestían uniformes militares, otros y otras prendas insurgentes.

La mayoría de las víctimas, sin tomar partido, perdieron la vida con sus harapos cotidianos, con sus trajes campesinos, con su vestimenta rutinaria de obreros, amas de casa, desempleados, indígenas o estudiantes.

El azadón, la pica y el machete, con los que sembraron papa, café, frijol, caña o maíz, además de otros, dejaron huellas en los sentenciados y las sentenciadas; callosidades en sus manos y la piel curtida, lo evidencian. Los caídos y las caídas tienen sangre campesina, descienden de esa gran estirpe.

No es en vano que familias citadinas todavía sonrían al remembrar la vida campesina de sus abuelos, de sus padres; algunos y algunas sueñan con días libres para recorrer nuevamente los campos colombianos, no obstante, cuando logran pisar nuevamente sus pequeños terruños, los recuerdos los hacen sollozar. Abuelos, padres y parientes perdieron la vida durante la guerra declarada; el registro de 1982 masacres a poblaciones durante los años 1980 y 2010 cometidos por paramilitares, de la mano de soldados que traicionaron el juramento militar, lo evidencian. La guerrilla tampoco se quedó atrás cometiendo estas atrocidades. Cerca de 6´000.000 de víctimas, que provocó el conflicto colombiano, dan fe de ello.

No existe razón evidente para declarar que las masacres realizadas a las poblaciones, de nuestros y nuestras campesinas, se declaren crímenes de guerra. No tardarán, algunos y algunas, desde el Congreso de la República, convocar a la sociedad a marchar, con banderas blancas, para que algunas masacres y asesinatos, no se declaren crímenes de lesa humanidad.

Otras y otros, todavía caen asesinados por su palabra, por su trabajo, por atreverse a alzar la voz por los que no pueden, por los que no quieren, por los que tienen miedo de perder lo que no tienen. Cuando no son asesinados ni asesinadas, por su cosmovisión de mundo, su profesión o su lucha, son objeto de falsos positivos judiciales, de hostigamientos, encarcelamientos y de amenazas. La concepción de “enemigo interno” lleva al señalamiento de “terrorista” a cualquier ciudadano, a cualquier ciudadana.

El empuñar una pluma para escribir, o una tiza o marcador para enseñar, lo convierten en amenaza para el Estado, los planteamientos realizados por la extrema derecha hacia los maestros y las maestras lo confirman. Ante la ausencia de noticias amarillistas, de masacres, asesinatos de la guerrilla o atentados contra la población, las autoridades escuchan las injurias de los promotores de la guerra, con ello logran opacar vergüenzas nacionales.

Para seguir sobreviviendo jóvenes colombianos, amenazados supuestamente por organizaciones paramilitares inexistentes para el Estado como las águilas negras se ven en la necesidad de recurrir al exilio. Colombianos y colombianas son asesinados y asesinadas por osar hablar en nombre de los desposeídos, de los desarraigados, de los impotentes, de los trabajadores. Líderes y lideresas sociales, de igual manera que defensores y defensoras de los derechos humanos, vienen siendo acribillados.

Desde diciembre del 2016, fecha de la firma del Acuerdo de paz, entre el gobierno y la antigua guerrilla FARC-EP, han sido asesinados 271 colombianos y colombianas, y su asesinato, como lo han querido presentar, no es por líos de faldas o líos de pantalones, no obedece a problemas personales. Los asesinan por lo que son, por lo que gritan, por lo que luchan, porque su voz se alza en contra de los promotores de la guerra, en contra de la élite gobernante que vive lucrándose a través de la corrupción.

No por todas y todos los asesinados, se llora, se reza, o se le acompaña a su última morada en campos religiosos. Se llora y se reza por los que portan el uniforme de la patria, y se putea, se madrea, a los muertos de los otros, de las otras, de los que no lograron portar el uniforme militar o policial. El país entero, rodea a las Fuerzas Armadas, llora y reza por sus muertos, soldados y policías. Se les despide con honores, con gloria.

El minuto de silencio por el soldado caído suena en campos ceremoniales provocando que la piel de los y las más valientes se erice. Los hombres y las mujeres cornetas, expresan el dolor por la pérdida del o de la compañera muerta en servicio, soplando con vigor y a la vez con tristeza, el instrumento musical que les ha sido asignado. Durante las ceremonias las notas musicales hacen llorar hasta el más valiente, me han confesado quienes han asistido a despedir sus muertos. Esposas, esposos, hijas, hijos, padres, madres, hermanos y hermanas de los asesinados, reciben por la actividad soldadesca o policial de sus parientes, y como gratitud, además de una medalla en algunos casos, una pensión pagada con los impuestos de los y las colombianas. Esta retribución sólo se logró hasta después de la década del noventa del siglo inmediatamente anterior, antes no, como bien lo denuncie en su momento en la obra Entre el fuego y la ceniza. Violencia contra las autoridades policiales, mi primera investigación sociológica. Pero mientras algunos y algunas reciben sepultura de acuerdo a sus convicciones religiosas, otros y otras no tienen ese privilegio. Algunos cuerpos no son entregados, otros son arrojados a fosas comunes, muchos y muchas sin identificar. Otros y otras, a pesar de ser entregados a sus familias, no tienen el derecho de ser rezados, como tampoco de ser enterrados en un ataúd digno.

Si algún pariente los llega a llorar, corre el peligro de ocupar al otro día, el puesto del difunto. Sus parientes no han tenido derecho a conocer la verdad, a recibir justicia y reparación, ni mucho menos de escuchar a los victimarios a comprometerse con la no repetición.

En nuestra sociedad, muy pocas y muy pocos de los asesinados han muerto engalanados, con trajes de paño, corbata y zapatos, puesto que la seguridad y la protección que les brinda el Estado, o que ellos se dan el lujo de pagar, no los expone, al igual que a sus parientes. Los poseedores de las riquezas no se preocupan por la vida de sus hijos ya que estos no van a la guerra. Los que no tienen absolutamente nada y caen en los combates, alimentan las cifras oficiales, con ellas se muestra ante la sociedad efectividad en la lucha armada.

Ha llegado la hora de rodear y acompañar a todas las víctimas, sin interesar los harapos, las prendas o los uniformes que porten, sin importar de que sean ricos, pobres, negros, blancos o amarillos. Es el momento de un compromiso por la vida, de que las mujeres se rehúsen a parir hijos para la guerra.

La democracia le sonríe a los y las colombianas.

El voto de confianza permitirá consolidar un país Digno y Humano donde todos y todas tengan la oportunidad de contribuir en su devenir, en su historia. Me aparto de los que no quieren tomar partido porque ellos también son responsables de la vida y de la muerte de campesinos, campesinas, obreros y obreras, empleadas y desempleadas, soldados y policías, además de otros y otras.

 

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