Control social y la situación de la Mujer.

Linea Formación, Género y luchas populares

Por: Yeny Pino. Kavilando

Hombres y mujeres somos el principal vehículo para el control social; control de las ideas y el comportamiento de los demás.

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Sin reflexión, ni critica, cada uno aportamos, día a día, para el manteniendo del “orden natural-capitalista y patriarcal” de las cosas. Todos, vivimos en la cotidianidad de muchos “males” de raíz común, pero pocos “consciente de ello”.

Nunca hablamos de nuestros dolores y miedos personales con los otros, y llegamos a creer, erróneamente, que no hay nadie más que los viva; que no es posible transformarlo; que es irremediable, ejemplo de ello, la forma como nos han enseñado a relacionarnos hombres y mujeres.

El machismo es un comportamiento heredado, generalizado entre todos; los conservadores y los más “progresistas”, hombres y mujeres, por igual.

En nuestro contexto colombiano la brutalidad del machismo se mantiene; las cifras de sometimiento y abuso hacia las mujeres, niños y niñas está en un punto vergonzoso; sometimiento físico, emocional, intelectual y económico, a partir de la degradación de la mujer, como tal mujer y como ser humano, hasta el punto de llevarlas al suicidio como viene ocurriendo en las comunidades indígenas y campesinas, o a una muerte en vida, donde ellas son anuladas completamente de la vida social.

En las ciudades, a diferencia de los trabajadores, muchas de nosotras, además de la explotación, debemos asumir como normal las insinuaciones sexuales de los jefes.

Algunas personas dicen “que las mujeres son más machistas que los hombres”, pero el machismo de la mujer se debe al sometimiento en que nos encontramos; el miedo y la falta de conciencia, de manera que es más fácil para las mujeres cuestionar y violentar a quien es igual o más débil que yo, en este caso otra mujer, que cuestionar al “poder”.

Al atacar al más débil descansamos, por lo menos mentalmente. Endosamos angustias a alguien que está más vulnerable, desatamos la frustración y la ira provocada por el jefe, las deudas, la economía, el marido, los hijos, etc, lo que nos lleva a dejar intactas las relaciones sociales establecidas y por el contrario, a reafirmarlas.

La individualidad y la soledad de nuestra “vida privada”, por tanto, son un mecanismo de control infalible, mantiene el divisionismo, no permite replantear nuestros comportamientos a nivel social, aunque estemos incomodos con ellos, mantiene el sentimiento de incapacidad frente a las situaciones, las angustias, la creencia en un dios salvador que vendrá algún siglo por nosotros, no permite entender la raíz común de los problemas, ni adquirir la fuerza suficiente para remediarlos.

Por ello, cuando alguien se atreve a proponer algo diferente, a cuestionar la autoridad física o simbólica que nos somete, son más los obstáculos que ponemos a ese ser que las posibilidades que aportamos. Es el miedo a cuestionar la autoridad, a DESOBEDECER al poder, independiente de que sea justo o no; y esto nos lo interiorizaron en nuestra infancia, y a ello se suma el desconocimiento de cómo funciona la sociedad, como es el movimiento de la naturaleza. Es un miedo igual al que sienten los cristianos por el infierno.

Hoy, hay una necesidad por cambiar esta ética del sometimiento, y principalmente frente a las relaciones entre hombres y mujeres, si avanzamos en esto, sumamos un grupo considerable, más de la mitad de la humanidad, a la transformación, las mujeres, a su vez potencializando ese ser con las diferentes capacidades y aportes que ha hecho y puede hacer a la humanidad.

Unas mujeres activas en todas las tareas que requiere la sociedad y no solo en las domesticadas. Mujeres y hombres que en vez de estar contribuyendo al sometimiento de las demás mujeres, sean vehículo para la transformación de ese machismo embrutecedor y violento en el que nos encontramos ¡ahogados!

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