Espíritu emprendedor: notas sobre Emprendedorismo, Neoliberalismo y Subjetividad.

Linea Territorio y despojo

Por: Pablo Delgado. Contrahegemonía

En la actualidad, cada vez es más frecuente escuchar la palabra “emprendedor” y sus derivados en una gran variedad de lugares como un modelo a seguir.

emprendedor

 

Se habla bastante de su importancia y de sus prometedores éxitos en el plano económico o personal, pero no resulta privativo de esos órdenes. Lo presentan siempre de forma positiva y como un concepto natural cuando en realidad contiene una carga histórica, semántica, cultural y, por encima de todo, política. En este sentido, gran cantidad de autores han escrito sobre el tema elaborando manuales y recetas para la economía, las personas y los gobiernos, derivando en toda una serie de programas, políticas públicas e infinidad de técnicas orientadas para fomentar el Emprendedorismo. Y cada vez hay más. A continuación intentaremos politizar la categoría de “Emprendedor” a través de unas breves notas sobre el mismo y su relación con la temática de la producción de subjetividad neoliberal.

Primeras aproximaciones a la idea del emprendedor:

Sabemos bien que el poder, en su lógica y extensión, también se define por su capacidad de producir realidad, de hacer mundo. Modula (cuando no, directamente produce) tanto lo reflexivo como lo pre-reflexivo de nuestro ser, nuestra conciencia como también nuestros sueños y fantasmas, nuestra visión del mundo y de lxs otrxs, nuestras sensibilidades y miedos. Y así hasta incluso configurar determinadas disposiciones interiores. Es decir, no opera solo en la objetividad sino que tiene capacidad de intervenir hasta el último rincón de nuestra subjetividad.

Si a principios de la década de los noventa, en “Post scriptum: sobre las sociedades de control”, el filósofo francés Guilles Deleuze afirmaba perspicazmente que “Se nos enseña que las corporaciones están dotadas de un alma, lo cual constituye una de las noticias más aterradoras para el mundo.”, cuyo núcleo es la mercadotecnia, hoy debemos preocuparnos por la transversalizacion del gran campo de fuerzas que se estructura en torno al mandato social de convertirnos hasta en el último rincón de nuestra alma en un empresario de mí mismo, en un emprendedor y los regímenes de verdad que lo acompañan como el management y el coaching. Parafraseando a Ignacio Lewkowicz (2004), podemos decir que en el agotamiento de la verdad del ciudadanx, el emprendedor aparece como “nueva fuente de razón y justicia”, o soporte subjetivo necesario de grandes transformaciones estatales y económicas mundiales. También relacionado a la teoría del capital humano, el afán emprendedor es celebrado y fomentado no pocas veces por neoliberales contrarios a la regulación estatal porque constituye una forma de gobierno del yo muy distinta y sobre todo eficaz, es decir, siguiendo a Mauricio Lazzarato citando a Foucault:

“Tal y como nos recuerda Foucault, el neoliberalismo tiene necesidad de reconstruir un modelo de homo oeconomicus; pero, como veremos inmediatamente, éste no tiene mucho que ver ni con el artista ni con la “creatividad” artística. El neoliberalismo no busca su modelo de subjetivación en la crítica artista porque tiene el suyo: el emprendedor, un modelo que se quiere generalizar a todo el mundo, artistas incluidos.”(Lazzarato 2008: 109).

Entre sus ideólogos más importantes encontramos a Joseph Schumpeter, Peter Drucker, Fernando Trías de Bes, David Osborne, Ted Gaebler y Gary Becker. En su genealogía como conjunto de saberes, la construcción de este determinado tipo de homo oeconomicus no es producto solamente de la teoría económica, sino que también es un objetivo central de otras teorías y estrategias de conducción social contemporáneas. Una de ellas es la abundante literatura del Management y las técnicas que promulga, en donde encontramos autores como Frederick Winslow, Henri Fayol, Michael Porter, Daniel Goleman y Tom Peters. Otra fuente que encontramos se trata del Coaching y sus diferentes ramas de entrenamiento, allí tenemosa Talane Miedaner, Robert Dilts, Joseph O’Connor y Andrea Lages, entre otrxs. Por último, nos topamos con el boom de la literatura sobre autoayuda y sus guías de consejos para la “realización personal”, allí se destacan algunos autores como Eckhart Tolle, Napoleón Hill, Stephen Covey, Robert Kiyosaki, T. Harv Eker y Anthony Robbins. En este rápido repaso, no podemos dejar de mencionar al representante local Andy Freire, autor de libros como “Pasión por emprender” y “Argentina emprendedora”, ex Ministro de Modernización, Innovación y Tecnología hasta diciembre de 2017 y actualmente legislador porteño por Cambiemos.

Y bien ¿qué es ser un emprendedor? Es un modelo normativo de estilo de vida individual. Y allí el quid de la cuestión, porque no se trata de un trabajo más o una profesión, es un modo de concebirse a sí mismo y de orientarse para uno y para con otrxs. Ser emprendedor depende más de un “enfoque de vida” que del estado laboral particular. Nos dice Ulrich Bröckling:

“el actuar emprendedor designa menos un estado de cosas que un campo de fuerza: es una meta a la que apuntan los individuos, una medida según la cual juzgan su actividad, un ejercicio cotidiano que cultivan, y un generador de verdad, ante el cual se reconocen. Esta forma de subjetivación… es una exigencia que se le hace a todos y cada uno. El llamado a convertirse empresario de sí mismo y actuar en forma correspondiente debe ser un constante proceso de trabajo con uno mismo” (2015).

Dicho esto, la entrada en escena del modelo de subjetivación del emprendedor tiene varias implicancias. Si bien el actual “espíritu del capitalismo” tiene más de una cara, como la del sujeto endeudado de Lazzarato, con lo cual se pueden encontrar diferentes mixturas y pliegues, el Neoliberalismo otorga “prioridad ontológica” al “hombre empresa”, una categoría de persona particular cuyas mutaciones antropológicas reproducen, profundizan y diversifican las jerarquías y relaciones de dominación de clase, raciales y sexo-genéricas, privilegiando ciertas dimensiones de dicho modelo antropológico en detrimento de otras. A su vez, este “empresario del yo” necesita un “ecosistema” con ciertas estructuras y normas, con una cultura, que le facilite su despliegue. En este sentido, la noción de empresa va a ocupar un lugar radicalmente crucial de la mano de las transformaciones en los modos de producción y de gestión de la mano de obra, pero también estatales, que redefinen fuertemente las relaciones laborales. Siguiendo a Paul du Gay citando a Graham Burchell, ese conjunto de condiciones se pretenden lograr con la “generalización de la “forma empresa” a todos los modos de conducción: la conducción de organizaciones antes consideradas como no económicas, del gobierno y de los propios individuos” (Hall, S. y Du Gay, P. 1996). De allí la idea de que el sector público necesite reformarse y que se empresarize bajo la egida de la “Nueva Gestión Pública” y el “gobierno empresarial”. Pero también la economía a través de términos como la “New Economy” y la “economía del conocimiento”. El resultado: una determinada tipología de persona, el empresario de sí mismo, correspondiente a un determinado campo de la vida, el mercado, se impone a las demás dimensiones de la vida. Sobre este fenómeno, pone su atención Wendy Brown en su último libro “El Pueblo sin atributos” y lo denomina “economizacion de la vida”: la racionalidad neoliberal disemina el modelo de mercado a todas las esferas y actividades y configura a los seres humanos exhaustivamente como actores del mercado, siempre, solamente y en todos lados como homo económicus.

Postfordismo y regulación mediante la libertad:

Este proceso obedece a una serie de redefiniciones y transformaciones que poco a poco lograron alcance mundial. El escenario, a partir de la década de los ´70 cambia profundamente: comienza la transición hacia un modelo postfordista de producción donde predominan la automatización, informatización, deslocalización y la tercerización de la economía, lo cual ha generado un desempleo masivo debido a la notoria reducción de la cantidad de Trabajo Vivo que se necesita para la valorización del Capital, combinando el uso generalizado de trabajadores/as interinxs, de empleos temporales y una creciente flexibilización. Por consiguiente, han aumentado la precarización de las condiciones de vida de los sectores populares; la fuerza laboral se desestructura y se fragmenta en un archipiélago de figuras laborales atípicas para conseguir fuentes de ingresos alternativos (De Giorgi, A. 2002:93). A su vez, ante el rechazo de la “disciplina de la fábrica” y la crisis del fordismo, se elabora una respuesta capitalista: se horizontaliza el ciclo productivo, haciendo de “la innovación y de la creación los fundamentos del conjunto del proceso productivo”, y se pone el foco en los actos lingüísticos, en interacciones simbólicas haciendo que la materia prima pase a ser la información, el saber, la cultura, las relaciones sociales, el intelecto y sus capacidades inventivas, expresivas, creativas y comunicativas. Es decir, toda una serie de habilidades y actitudes se mercantilizan, devienen recurso productivo y este “trabajo inmaterial” ogeneral intellect (del cual ya hablaba Marx en los Grundrisse) pasa a constituir el núcleo de la productividad postfordista (De Giorgi, A. 2002:100). Si bien como sostiene Virno (2003:111) “la actual organización del trabajo es siempre en manchas de leopardo”, estas consideraciones son ya el horizonte de nuestra existencia social.

Estas líneas tienden a erigirse como paradigma de la fuerza de trabajo actualmente, a lo cual se suman condiciones de incertidumbre y de neoesclavismo como aspectos existenciales. Mucho ha contribuido a ello la erosión profunda del Estado de Bienestar Keynesiano por parte del asalto neoliberal y el advenimiento del Estado de Competencia, el cuales una formación estatal que no se achica ni “retrocede” como versan ciertas discusiones, sino que “modifica radicalmente el modo de ejercicio del poder gubernamental” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:190), es decir, se reorienta la intervención gubernamental para promover las condiciones económicas y extraeconómicas consideradas necesarias para el nuevo régimen de acumulación postfordista. Esto es, por un lado, la sistemática promoción de la competitividad en sus respectivos espacios económicos frente a la cada vez más intensa competenciaen todas sus escalas (Jessop, B. 2003) tratando de asegurar condiciones loables para la valorización del Capital, pero no reduciéndose a una cuestión tecnológica, sino extendiéndose hasta el cultivo y promoción de una cultura de empresa y de sujetos emprendedores, hasta en sus propias estructuras. Y, por otro lado, esto va íntimamente conectado con una profunda transformación en el “arte de gobernar”: bajo el término gubernamentalidad, Foucault indica que en el Neoliberalismo se gobierna mediante el impulso a las libertades, lo cual no es ninguna contradicción, sino más bien: “una forma sofisticada, novedosa y compleja de enhebrar, de manera a la vez íntima e institucional, una serie de tecnologías, procedimientos y afectos que impulsan la iniciativa libre, la autoempresarialidad, la autogestión y, también, la responsabilidad sobre sí.” (Gago, V. 2015), una “liberación de los modos de hacer y como forma de promover la innovación” que da cuenta de profundos cambios cualitativos en el modo de regulación y de gobierno. En palabras de Verónica Gago: “La clave foucaultiana es justamente esa: la fuerza del neoliberalismo como gubernamentalidad es incluir la «libertad», eso que modernamente ponía en peligro todo orden, en el corazón mismo de un nuevo dispositivo de orden libre”. Dicho esto, no hay “menos Estado”, el mundo político no se suprime por el reino de la economía sino que se reestructura en base a las reglas del mercado de competencia/eficiencia y los saberes que citamos arriba. Como afirmara Paolo Virno, se trata de “una innovación drástica de la economía y de las instituciones con el fin de lanzar de nuevo la productividad y el dominio político” (2003:103).

Esto nos permite mostrar algunas singularidades del Neoliberalismo: poner a la libertad como centro del modo de regulación es una novedad política porque a priori significa la introducción de otra lógica y porque se pone en tensión al soberano hobbesiano. Más que limitar la acción de las personas, la libertad y el deseo pasan a ser punto de apoyo del gobierno de las conductas y de las cosas. Una especie de “poder hacer, hacer”. De esta manera, siguiendo a Gago (2014), la relación entre libertad y seguridad se vuelve cada vez más extrema porque se pasa del laissez faire a una intervención permanente, una especie de imperialismo maquínico capaz de politizar en determinada dirección la libertad y el deseo. En línea con Foucault, el objetivo es conducir la conducta, tanto la que se tiene hacia uno mismo como la que se tiene hacia los demás:

“Por eso el gobierno requiere la libertad como su condición de posibilidad: gobernar no es gobernar contra la libertad o a pesar de ella, es gobernar mediante la libertad, o sea, jugar activamente con el espacio de libertad dejado a los individuos para que acaben sometiéndose por sí mismos a ciertas normas.” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:16).

Producción de Subjetividad y racionalidad Neoliberal: el modelo de subjetivación emprendedor.

Ahora bien, para poder lograr esta “dirección moral y política” de los comportamientos es necesario poner atención en la siguiente sentencia: no hay plusvalor sin subpoder (Foucault. 1996). El poder “corre por abajo”, al ras de los territorios modulado y produciendo subjetividadesal compás de los nuevos tiempos para “alinear el deseo popular sobre el meta-deseo del capital” (Lordon, F. 2015). O es decir, no hay grandes transformaciones económicas sino se modifican las disposiciones subjetivas de lxs ciudadanxs. Como expone Jorge Alemán, esto es más radical que la alienación tal como la describía Marx, porque no se trata ya de una parte de sí que se torna extraña, sino de algo más grave que es inventar y producir la subjetividad misma.Y tal como lo sostuvieran Deleuze y Guattari, la producción de la subjetividad es la mercancía más importante para el capitalismo actualmente, se encuentra en el centro.

Dicho esto, las transformaciones hondas y de largo aliento mencionadas dan cuenta del surgimiento y diversificación de nuevos instrumentos de poder, de su difusión temporal y espacial, hasta llegar a un nivel mundial como culminación de un proceso de experimentación puesto en marcha desde 1970, así como de su codificación institucional.Todo un proceso de coagulación y articulación, no sin tensiones y muchas veces contradictorio, que condujo finalmente a la instauración de una nueva racionalidad verdaderamente global, no solo por su alcance sino por su carácter inmanente. Lejos de miradas superestructurales o meramente estatalistas del Neoliberalismo, su capacidad de subsunción real de todo ámbito/actividad de la vida al Capital o, retomando a Lewkowicz, el “desplazamiento de la determinación económica, desde la secreta última instancia hacia la confesa y hasta obscena primera instancia” como principio cuasi rector de lo social, de lo político y de lo estatal, implica necesariamente pensar su dimensión micropolítica y que en realidad, más que un conjunto de políticas de ajuste, una doctrina económica o una ontología naturalista, se trate de una racionalidad planetaria, de una lógica normativa, que se despliega tanto a nivel molar como molecular. Como bien identifican los franceses Pierre Dardot y Christian Laval, el Neoliberalismo es La Nueva Razón del Mundo, parafraseando a Marx, un modo de producción de subjetividad porque no solamente somete, sino que también establece dependencias, marcos de conducta, encuadramientos y ciertas relaciones sociales, donde la subjetividad queda inscripta en una nueva versión de la servidumbre voluntaria, y se la produce configurándola según un paradigma empresarial, competitivo y gerencial de la propia existencia (Alemán, J. 2016:15). Es decir, según una serie de mandatos e imperativos propios del carácter “ilimitado” del Capital (en su afán por perpetuarse y expandirse hasta el último rincón) que deben ser cumplidos para tener un lugar en el orden simbólico del Mercado. La sujeción a la mejora constante es central. Allí el Mercado se erige como medio de integración social y constituye un dispositivo poderoso que impacta profundamenteen nuestras vidas, nutriéndose de una constante presión: el deber de tener una vida “feliz”, “completa”, “placentera”, etc. Tal es así que “El mercado se concibe, en consecuencia, como un proceso de autoformación del sujeto económico, como un proceso subjetivo auto-educador y auto-disciplinario mediante el cual el sujeto aprende a conducirse. El proceso de mercado construye su propio sujeto.” (Dardot, P. y Laval, C.2013:140) y la sociedad pasa a concebirse como una empresa formada por empresas, ya no de intercambio, donde la interpelación emprendedora queda salvaguardada como algo dado.

Para cumplir con los diferentes mandatos, nuestras vidas se ponen al servicio del dispositivo rendimiento/goce, y para ello toda una serie de aspectos de nuestra existencia deben ser abolidos es pos de privilegiar la dimensión antropológica del “hombre-empresa”. Surge así un nuevo tipo de subjetividad neoliberal, el “empresario de mí mismo”, el sujeto “emprendedor”, de la competencia y del rendimiento:

“No alguien que tiene una empresa, sino que gestiona su propia vida como un empresario de sí mismo, como alguien que está todo el tiempo desde su propia relación consigo mismo y en su relación con los otros, concibiendo, gestionando, organizando su vida como una empresa de rendimiento” (Alemán, J. 2016:33).

En palabras de Dardot y Laval:

“El emprendedor… Es un ser dotado de espíritu comercial, en busca de cualquier oportunidad de provecho que se le presente y de la que pueda sacar partido gracias a las informaciones que posee y que los demás no tienen…” (2013:146).

Es decir, alguien que se explota a si mismo sintiéndose en libertad, que busca permanentemente información para descubrir nuevas oportunidades y adelantársele a sus competidores, que es su propio empleador, un especulador en un relación de uno consigo mismo que se gobierna como empresa. Ya no se trata del sujeto productivo de las sociedades industriales, ahora se centra el discurso en torno a la figura del “hombre-empresa” buscando “que el individuo trabaje para la empresa como si lo hiciera para él mismo, suprimiendo así todo sentimiento de alienación, incluso de distancia entre el individuo y la empresa que lo emplea” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:332) y que los mismos sean capaces de soportar, cada vez más, las nuevas condiciones creadas en el marco del postfordismo. Como bien expone Bröckling: “El Self emprendedor denomina la racionalidad micropolítica sobre la cual convergen las tecnologías contemporáneas de la autoconducción y conducción externa”. Para el emprendedor, dejan de existir las separaciones fordistas de trabajo/tiempo libre, vida laboral/vida privada, producción/creatividad, obligación/placer y pasa a identificarse con la empresa. En relación, Lordon sostiene que el neoliberalismo extrema la capacidad de hacer-desear dentro de la norma del Capital e inmanentiza la relación producción-consumo-alegría. Por lo tanto, ya no habrá más contradicción entre la aspiración a la realización y el éxito económico, se refuerzan mutuamente. Crecimiento personal y acumulación de capital humano o entrenamiento para el trabajo pasan a ser uno mismo. Lo que interesa es fomentar las capacidades de competencia propias mediante la siguiente ecuación: a más dominio de la competencia, tanta más oportunidad tienen lxs protagonistas de acomodar su actuar hacia la competencia (Bröckling, U. 2015:119). Resuenan aquí las cínicas palabras de Margaret Thatcher cuando explicaba las transformaciones neoliberales que Inglaterra emprendió en los años 80: “La economía es el método. La finalidad es cambiar el corazón y el alma”.

Así, la racionalidad neoliberal cala hondo en nuestro cuerpo y mente, no solo por sus prácticas gubernamentales, sino también en un nivel micropolítico mediante el “gobierno de si” y el trabajo ético-político sobre unx mismx (prácticas de autogobierno) que encarna la figura del emprendedor, cuyos dispositivos de sujeción y sus tecnologías de gobierno generan una ética,“cierta disposición interior, cierto ethos, que es preciso encarnar mediante un trabajo de vigilancia que se ejerce sobre uno mismo y que los procedimientos de evaluación se encargan de reforzar y verificar.” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:336). Esta es una ética empresarial, emprendedora, que vehiculiza la maximización del capital humano de una persona, a la cual se le exigen ciertas características como la de tener talente de “guerrero”, de éxito, de combate, orientación al cliente, creatividad e innovación, y que coloca al trabajo como medio de realización de sí. Una ética del sí mismo pero neoliberal que trasciende las fronteras de la empresa, cuyo primer mandamiento es “ayúdate tú mismo”. Esas exigencias, en palabras de Ulrich Bröckling, dilucidan diferentes facetas del actuar empresarial que a su vez, junto a la literatura que mencionamos, se transforman en tecnologías sociales y del yo. Otros mandatos para el “Self-emprendedor” son los de autonomía y empoderamiento, necesarios para su autoconfianza y para “humanizar” los puestos de trabajo, lo que plantea todo un desafío a los movimientos de base que, muchas veces, llevamos como bandera esas dos palabras.

Se espera del emprendedor que sea tanto una especie de contador que calcula beneficios y costos de su propia vida como también un genio motivacional e innovador que ambiciosa constantemente nuevos altos rendimientos. Y se requiere del nuevo sujeto que:

“produzca «cada vez más» y goce «cada vez más», que esté así conectado con un «plus-de-gozar» que ya se ha convertido en sistémico. La vida misma, en todos sus aspectos, se convierte en objeto de los dispositivos de rendimiento y de goce” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:360).

Estas exigencias no conocen fronteras de clase, también van para millones de laburantes que cotidianamente deben actuar así para sobrevivir. El Emprendedorismo no es monopolio de jóvenes líderes de start-ups de la nueva economía, lxs excluidxs de la economía informal, lxs tenidxs por nada para el sistema, también adquieren estas prácticas, o se ven atraídos por las promesas del imaginario emprendedor, incluso lxs empleadxs que si bien no son emprendedores estrictamente siguen este modelo de conducta como norma social, pero nada de esto habilita a caer en visiones moralistas y re-victimizantes de los sectores populares, menos pensar en términos de pura impotencia, sería un error porque perdemos de vista que las formas de servidumbre neoliberales se mixturan, se combaten y se resignifican con diversas resistencias, contra-conductas, redes comunitarias y demás expresiones de construcción de poder popular que le disputan y las ponen en crisis. El sujeto es un campo de batalla (Virno, P. 2003:79).

El capitalismo neoliberal se constituye, por lo tanto, en un régimen de existencia de lo social que transversaliza y universaliza el Emprendedorismo, su estilo de existencia y el riesgo propio de esa condición: “El sujeto empresarial está expuesto en todas las esferas de la existencia a riesgos vitales a los que no puede sustraerse y su gestión depende exclusivamente de decisiones estrictamente privadas. Ser empresa de sí supone vivir enteramente en riesgo” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:351). Entonces, el riesgo se propone como dimensión ontológica de la lógica bursátil con la que se maneja el sujeto neoliberal y se mercantiliza, porque ante la creciente desestructuración de los lazos sociales, de ayuda mutua y de los mecanismos estatales de solidaridad, hay “una fabricación social y política de riesgos individualizados, de tal manera que puedan ser gestionados… por empresas, cada vez más numerosas y poderosas, que proponen servicios estrictamente individuales de «gestión de riesgos».” (Dardot, P. y Laval, C. 2013:352) en virtud del supuesto de que la responsabilidad es pura y exclusivamente del individuo. Una responsabilidad de sí en torno al riesgo y sus soluciones que transfieren todos los costos a este sujeto a través de esa ética. Esta forma de autogobierno de las conductas indica un gobierno empresarial cuya modalidad es de dirección “distante” en donde ya no es necesario que alguien esté al lado nuestro con un látigo para mandar, y que implica un autocontrol surgido de la racionalización técnica de la relación “consigo mismo”. En otras palabras, “Los Self emprendedores no se fabrican con los medios de la vigilancia y el castigo, sino activando los potenciales de autoconducción” (Bröckling, U. 2015:75).

Por último, este poder gerencial hace concordar el microcosmos del sujeto con el macrocosmos empresarial o del Capital produciendo algunos efectos como el estrés, acoso, debilitamiento de los colectivos de trabajo o aislamiento de los asalariados, decepciones profesionales, la erosión de la personalidad, depresión generalizada, flujos de tensiones al ritmo de la economía financiarizada, estigmatización de los “fallidos” o del “fracaso social”, fatiga de “ser empresa”, etc. Los académicos Dardot y Laval a su vez también sostienen que hay un proceso de medicalización y psicologización que recae en este “neosujeto” en articulación con el discurso securitario y económico para reforzar los instrumentos y dispositivos del Management social (2013:381).

En síntesis, el Neoliberalismo como orden de razón normativa (Brown, W. 2015:35) se va apropiando, no sin tensiones o crisis, de diferentes aspectos de nuestras vidas hasta configurar lo más íntimo de nuestra subjetividad en base a una lógica empresarial/financiera y un imaginario emprendedor. Así, la figura del Emprendedor es el sujeto de referencia de la racionalidad neoliberal porque es un modelo de subjetivación que se puede extrapolar a los diversos aspectos de la vida, constituyendo una eficaz técnica de gobierno no solo del mundo del trabajo, dados los cambios acaecidos a nivel del régimen de acumulación y del Estado, sino también de la constelación del precariado y del desempleo. Por otra parte, al desacoplar dominio de coacción, esta figura logra que las personas se autogobiernen como empresas, que el conjunto de la sociedad encuadre su comportamiento en base a las pulsiones de la empresa como modelo de vida.

Pablo Delgado es estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Villa María.

Bibliografía:

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