Por: Alfonso Insuasty Rodríguez* / En un país con más de diez millones de víctimas, la universidad no puede ser neutral. El 9 de abril interpela su papel: ¿formar sin memoria o asumir un compromiso activo con la verdad, la justicia y la dignidad? El silencio también es una postura.
En el marco del 9 de abril, Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, establecido por la Ley 1448 de 2011, se nos plantea una interpelación ineludible como comunidad académica. No se trata simplemente de una fecha conmemorativa, sino de un llamado ético, político y pedagógico a reconocer el lugar que ocupan las universidades en una sociedad profundamente atravesada por la violencia, la desigualdad y la persistencia de múltiples formas de exclusión.
Colombia cuenta hoy con más de diez millones de víctimas reconocidas. Esta cifra no solo evidencia la magnitud del conflicto armado, sino también su carácter estructural y sus continuidades en el presente. No es una estadística distante: atraviesa nuestras aulas, habita nuestros campus.
Muchos estudiantes han accedido a la educación superior gracias a políticas derivadas de esta ley; otros son hijos, hijas o familiares de víctimas; no pocos provienen de territorios donde la violencia no ha cesado o donde aún no ha sido plenamente reconocida. También lo son docentes, personal administrativo, trabajadores y las propias instituciones. La universidad, por tanto, no es un espacio ajeno: es territorio vivo de memoria, de dolor, pero también de dignidad y resistencia.
La ley establece un deber de memoria que compromete a toda la sociedad, y de manera particular a la academia. En este punto, la pregunta es directa y necesaria:
- ¿qué estamos haciendo, como universidades y como docentes, para responder a este mandato?
- ¿Estamos impulsando procesos sistemáticos de reconstrucción de memoria histórica desde los territorios?
- ¿Promovemos pedagogías críticas que permitan comprender las causas estructurales del conflicto, más allá de sus efectos?
- ¿Acompañamos a las comunidades en sus luchas por verdad, justicia y reparación?
- ¿O estamos permitiendo que el silencio institucional y pedagógico se instale como forma de evasión?
Esta reflexión no desconoce que existen experiencias valiosas: cátedras de paz, investigaciones comprometidas, procesos de extensión y educación popular que dignifican la memoria. Sin embargo, también es evidente que, en muchos espacios, esta sigue siendo marginal, episódica o instrumentalizada. Allí donde hay vacío, urge actuar; donde hay avances, es necesario profundizar, articular y proyectar.
La persistencia de condiciones estructurales de inequidad, especialmente en territorios rurales y periferias urbanas, nos recuerda que la violencia no es únicamente un hecho del pasado, sino una realidad en transformación. En este contexto, la formación universitaria no puede limitarse a la transmisión de conocimientos técnicos: debe asumir la responsabilidad de formar sujetos críticos, sensibles y comprometidos con la dignidad humana.
Durante la semana previa y posterior al 9 de abril de 2026 realizamos un ejercicio sencillo pero revelador: indagar por las actividades conmemorativas en diversas universidades sobre todo privadas. La sorpresa fue contundente: en los casos revisados, el silencio fue la constante.
Este silencio no es menor. Resulta profundamente problemático cuando sabemos que buena parte de la comunidad universitaria ha sido directa o indirectamente afectada por el conflicto, algunas instituciones en si, fueron victimas. Cuando la memoria no se nombra, no se trabaja y no se dignifica, se corre el riesgo de normalizar el olvido.
Por ello, esta es una invitación abierta —y a la vez una interpelación— a las universidades, a sus docentes y a la comunidad académica en su conjunto:
- A fortalecer la memoria como práctica viva, situada y colectiva.
- A integrar en los currículos lecturas críticas del conflicto y sus continuidades.
- A reconocer en sus estudiantes no solo aprendices, sino sujetos históricos atravesados por estas realidades.
- A construir vínculos reales y sostenidos con las comunidades y territorios.
- A asumir la educación como parte de un proyecto más amplio de justicia social y construcción de paz.
Porque en un país con esta historia, el silencio no puede ser la respuesta.
Callar es, de algún modo, reproducir la negación.
Hablar, investigar, enseñar y acompañar son, en cambio, formas concretas de dignificar la vida y de hacer de la memoria no solo un ejercicio de recordación, sino una apuesta transformadora.
El reto es enorme. Y es ahora.
*Docente investigador Universidad de San Buenaventura Medellin, integrante REDIPAZ y grupo autónomo Kavilando
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