Los presidentes neoliberales comprometidos con Washington en revivir
el ALCA mediante la Alianza del Pacífico: Enrique Peña Nieto de México;
Juan Manuel Santos de Colombia; Sebastián Piñera de Chile; y Ollanta Humala del Perú.
Los presidentes neoliberales comprometidos con Washington en revivir
el ALCA mediante la Alianza del Pacífico: Enrique Peña Nieto de México;
Juan Manuel Santos de Colombia; Sebastián Piñera de Chile; y Ollanta Humala del Perú.
“Las siete bases militares adicionales de Estados Unidos en Colombia elevarán su total planetario a 872, lo cual no tiene equivalente con ninguna potencia pasada o presente: ¡Estados Unidos invadió literalmente al Mundo!”. Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada. 10-08-2009.
Para la maquinaria propagandística imperial, los gobiernos y dirigentes de izquierda en América Latina son demasiado izquierdistas, falsos izquierdistas, fanáticos ciegos, astutos Machiavellos, capitalistas vestidos de rojo, enemigos jurados del libre mercado y muchos otros pares de cosas contradictorias a la vez.
Esto es así porque el propósito de la propaganda es el de hacerle imposible a su población-blanco el comprender la realidad. Al promover la desconfianza, la ansiedad y la confusión entre aquellos sectores del público que en los países imperialistas podrían ofrecer resistencia a los planes de sus gobernantes, los estrategas de la guerra esperan poder neutralizar cualquier esfuerzo de solidaridad con sus víctimas.
En Colombia se disputan tres modelos de paz: la que esgrime El ex presidente Uribe desde la extrema derecha, la que impulsa el presidente Santos desde la derecha y la paz popular.
La paz de Uribe es el sueño de una parte del bloque dominante, que empieza y termina con la eliminación de la insurgencia armada y la oposición política de izquierda, ésta se propone lograrla mediante dos formas de lucha: con la derrota militar o mediante la desmovilización en la mesa de diálogo. El propósito es mantener todas las estructuras económicas y políticas intactas a través de la neutralización del opositor. Esta paz se logra con la profundización y continuación de la guerra contra-insurgente.
El chileno, autoridad mundial en educación, asegura que los profesores de hoy no entienden cómo aprende la mente de los jóvenes entre los 18 y los 25 años.
Cada paso del chileno José Joaquín Brunner Ried —exministro de Estado de ese país, sociólogo— es cuidado por dos mujeres que “le hablan al oído”. Se preocupan porque tenga su café en la mesa a tiempo, y porque por lo menos coma fruta y queso al desayuno. Brunner es una especie de celebridad mundial en el sector educativo. Una autoridad. Un investigador juicioso y reputado.
Hasta el final del siglo XX, se extendía la percepción respecto de que los derechos humanos eran un concepto terminado y que en adelante solo bastaba interpretar una ley que permitiría realizarlos. Algunos autores se apresuraron a señalar que con la entrada de los derechos humanos a los cuerpos normativos la batalla estaba asegurada. En paralelo se extendía la sensación de que con el fin de la segunda guerra y la derrota del nazismo y del fascismo y la puesta en evidencia de la barbarie engendrada en el seno del capital, todo sería paz hacia el futuro. Las situaciones inimaginables de tortura, humillación y sevicia practicadas por la maquinaria de guerra del capital que incluyó en su estrategia la destrucción de lo humano corporal pero también de su conciencia, mediante el uso de campos de exterminio y hornos crematorios, así como la confinación en hospicios a intelectuales, artistas y críticos al régimen, se daban por superadas e irrepetibles. Se presagiaba que después del terror, vendría la paz duradera y una pacífica era de los derechos que daría lugar a la conquista de la felicidad.
Uno tendría que ser inhumano y sin sentido de solidaridad y de compasión para no indignarse y no condenar el ataque perpetrado en Boston con dos muertos y cientos de heridos. Pero eso no nos exime de ser críticos. Hubo una teatralización mundial del atentado con objetivos ocultos que deben ser descubiertos. En el mundo se producen muchos atentados, especialmente en Afganistán e Irak, en presencia de las tropas norteamericanas y aliadas. Siempre con muchos muertos y cientos de heridos. Casi nadie da importancia al hecho, ya naturalizado y trivializado. Muchos piensan: es gente terrorista o personas cercanas a ellos, incómodas al sistema de dominación occidental. Pueden morir. Reconozcámoslo: son seres humanos igual que los de Boston. Sin embargo, las medidas son diferentes.