Por: Alfonso Insuasty Rodríguez* / La ONU reconoce la esclavitud como crimen contra la humanidad, pero su incapacidad actual revela una contradicción estructural, memoria sin justicia efectiva. Entre reparaciones pendientes y violaciones impunes, el sur global interpela un orden que no transforma.
La reciente aprobación, por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de una resolución que condena de manera inequívoca la trata transatlántica de africanos esclavizados como una de las injusticias más inhumanas y duraderas de la historia, con 123 votos a favor, 3 en contra (Estados Unidos, Israel y Argentina) y 52 abstenciones, constituye un hito político y ético que, sin embargo, exige ser interpretado críticamente desde una perspectiva del sur global.
En términos normativos, la resolución reafirma un consenso histórico, la esclavitud y la trata transatlántica no solo fueron violaciones masivas de derechos humanos, sino pilares estructurales de la economía-mundo moderna.
Asimismo, introduce un elemento de especial relevancia contemporánea, el reconocimiento de las reparaciones como un horizonte legítimo de justicia histórica. Este punto desplaza el debate desde el terreno simbólico hacia el campo material, al admitir que los efectos del esclavismo y el colonialismo no pertenecen únicamente al pasado, sino que configuran desigualdades persistentes en el presente (Beckles, 2013).
No obstante, esta afirmación, necesaria, convive con una paradoja estructural. La misma Naciones Unidas que hoy nombra el crimen opera dentro de un orden internacional históricamente constituido por las relaciones de poder que hicieron posible dicho crimen.
En este sentido, la resolución puede leerse simultáneamente como un avance en la conciencia jurídica global y como un gesto limitado por las condiciones geopolíticas que restringen su eficacia.
En diálogo con Enrique Dussel, la modernidad no puede comprenderse sin su “lado oscuro”: la colonialidad. La trata transatlántica no fue un fenómeno marginal, sino constitutivo de la acumulación originaria del capital y de la formación del sistema-mundo moderno (Dussel, 1994).
En términos convergentes, Eduardo Galeano había señalado que el desarrollo de Europa y, posteriormente, del norte global, se edificó sobre la explotación sistemática de África y América Latina, consolidando una estructura de dependencia que hoy perdura (Galeano, 1971) y se intensifica recientemente
En este marco, la resolución de la ONU adquiere un carácter ambivalente, por un lado, cumple una función fundamental, inscribe la memoria de la esclavitud en el espacio público internacional, deslegitima las narrativas racistas y reconoce la centralidad histórica de los pueblos afrodescendientes. Por otro lado, revela los límites de un sistema internacional que, en la práctica, continúa reproduciendo asimetrías estructurales.
Esta tensión se vuelve evidente al examinar la capacidad real de la Naciones Unidas para actuar frente a violaciones contemporáneas del derecho internacional. La selectividad en la aplicación de normas, la parálisis ante crímenes masivos y la influencia desproporcionada de las grandes potencias cuestionan la coherencia ética del sistema multilateral (Moyn, 2018).
A ello se suma un elemento decisivo: el desfinanciamiento progresivo del organismo, que ha debilitado su capacidad operativa y ha contribuido a que sus resoluciones sean crecientemente ignoradas. La ONU aparece así no solo limitada, sino desatendida, con una autoridad erosionada en un orden internacional donde el poder prevalece sobre el derecho.
Esta crisis se expresa en su incapacidad de acción frente a escenarios críticos: el genocidio del pueblo palestino, las agresiones de potencias occidentales, las sanciones y bloqueos, como el impuesto a Cuba, así como las presiones geopolíticas sobre países del sur global, incluyendo Venezuela e Irán. En estos casos, la legalidad internacional se muestra subordinada a intereses estratégicos.
En consecuencia, la contradicción es estructural, un sistema que proclama derechos universales, pero carece de mecanismos efectivos para garantizarlos. Esta brecha se traduce en la persistencia de formas contemporáneas de dominación, extractivismo, precarización laboral, jerarquización migratoria, hiper-acumulación de la riqueza, que reproducen la lógica histórica de la colonialidad del poder (Quijano, 2000).
La ONU queda así situada entre la legitimidad normativa que encarna y la insuficiencia práctica que la limita, necesaria, pero incapaz; imprescindible, pero desbordada por un orden mundial que no logra regular.
Como ha señalado Aníbal Quijano, la colonialidad del poder continúa organizando el mundo en torno a clasificaciones raciales y divisiones internacionales del trabajo (Quijano, 2000).
En este sentido, la cuestión de las reparaciones emerge como un punto nodal. No se trata únicamente de compensaciones económicas, sino de un proceso integral que incluya reconocimiento histórico, justicia distributiva y transformación estructural. La pregunta por “quién paga” remite a responsabilidades históricas concretas y a la necesidad de reconfigurar las relaciones globales de poder.
Asimismo, la memoria de la esclavitud no puede disociarse del genocidio de los pueblos originarios en América. Ambos procesos forman parte de una misma matriz colonial que implicó despojo territorial, destrucción cultural y subordinación epistémica. La continuidad de estas dinámicas en el presente refuerza la necesidad de una memoria activa, orientada no solo a recordar, sino a transformar.
Sin embargo, la historia no es únicamente historia de dominación. También es historia de resistencia.
Desde las rebeliones de esclavizados hasta la Revolución Haitiana, pasando por los movimientos afrodescendientes e indígenas contemporáneos, los sujetos históricamente oprimidos han sido agentes activos en la construcción de alternativas. Esta dimensión es central para evitar una narrativa victimista que invisibilice las luchas y las capacidades políticas de estos pueblos.
En consecuencia, el Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud debe ser resignificado como un dispositivo político de memoria crítica. No como una conmemoración que clausura el pasado, sino como una herramienta que lo reactualiza en función de las luchas presentes. Una memoria que incomode, que interpela y que moviliza.
En términos normativos y ético-políticos, esto implica asumir que nombrar no equivale a reparar, y recordar no garantiza transformar. La justicia en acción, tal como propone el lema de la conmemoración, exige traducirse en políticas concretas que aborden las desigualdades e hiper-acumulación estructurales heredadas del esclavismo y el colonialismo.
Por ello, la invitación no es meramente conmemorativa, sino profundamente política, transformar la memoria en praxis, disputar las narrativas hegemónicas, y articular luchas por la verdad, la justicia y la reparación. Solo así la memoria dejará de ser un gesto simbólico para convertirse en una fuerza histórica capaz de incidir en el presente.
El comercio transatlántico de esclavos fue, efectivamente, un crimen contra la humanidad que atentó contra la dignidad humana en su forma más radical. Pero reconocerlo implica también confrontar sus continuidades y asumir las responsabilidades que de ello se derivan.
La historia no está cerrada. Y la justicia, si ha de ser tal, no puede permanecer en el lenguaje, debe encarnarse en transformaciones y reparaciones justas-reales.
*docente inverstigador Universidad de San Buenaventura Medellin. Parte de REDIPAZ y grupo Autónomo Kavilando
Referencias (formato APA)
Beckles, H. (2013). Britain’s Black Debt: Reparations for Caribbean Slavery and Native Genocide. University of the West Indies Press. https://books.google.com.co/books/about/Britain_s_Black_Debt.html?id=_oydMQEACAAJ&redir_esc=y
Dussel, E. (1994). 1492: El encubrimiento del Otro. Hacia el origen del “mito de la modernidad”. Plural Editores.
Galeano, E. (1971). Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI Editores.
Moyn, S. (2018). Not Enough: Human Rights in an Unequal World. Harvard University Press.
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Revista Internacional de Ciencias Sociales, 153, 533–580.
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