El problema no está en que el Estado combata el crimen organizado, proteja a la población o fortalezca sus capacidades de investigación y justicia. La cuestión fundamental es qué concepción de seguridad orienta estas decisiones, qué diagnóstico territorial las sustenta y cuáles son sus límites jurídicos, políticos y humanitarios.

En un contexto marcado por la persistencia de las hostilidades, la disputa territorial y el riesgo de respuestas que profundicen la violencia en las periferias, Colombia debe volver a los principios de la Constitución de 1991. La paz no es una opción coyuntural ni una herramienta del gobierno de turno: es un derecho y un deber constitucional, como establece el artículo 22.

El reconocimiento estatal de la Operación Europa implica admitir que estructuras de inteligencia fueron utilizadas para perseguir, estigmatizar y sabotear a defensores de derechos humanos más allá de las fronteras colombianas. La verdad, la reparación y la no repetición exigen desmontar las doctrinas que hicieron posible esa persecución.

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