Por: Ana Gabriela Rojas. Gatopardo
Hace 30 años varias toneladas de químicos tóxicos se fugaron en las instalaciones de una fábrica de pesticidas de la empresa estadounidense Union Carbide, ubicada en Bhopal, una ciudad en el centro de India. Miles de personas murieron
.. y más de medio millón fueron afectadas por graves problemas de salud. Las nuevas generaciones de bhopalíes nacen con enfermedades y malformaciones. La zona aún no ha sido descontaminada y los tóxicos se filtraron en el agua y el subsuelo. Las víctimas piden justicia, pero los culpables siguen sin castigo.
Un paciente en Sambhavna Trust, una clínica que les da tratamiento médico gratuito a los afectados.

Muchos no despertaron después de esa noche. Muchos otros despertaron para vivir vidas marchitas. Bhopal, en el centro de India, tiene dos caras. Por un lado está la ciudad de los lagos, limpia, verde, moderna, que avanza hacia el progreso. Como en muchas otras ciudades de India, sus habitantes miran hacia el futuro, pero pocos se atreven a mirar el pasado.
Por otra parte, está la vieja Bhopal, gris, sobrepoblada y descuidada, donde es imposible olvidar el accidente que hace tres décadas sembró la ciudad con muerte. Todavía hoy miles de sus habitantes sufren las secuelas. La noche del 2 de diciembre de 1984 se fugaron 42 toneladas de gas tóxico de las instalaciones de Union Carbide, la empresa norteamericana que una vez prometió a la ciudad cumplir sus sueños de desarrollo. Esa fuga, uno de los peores desastres industriales de los últimos años, desató una pesadilla que, 30 años después, sigue teniendo secuelas.
Ese día Omvati Yadav se despertó en medio de la noche. La sorprendió la tos de sus hijos pequeños. Sintió como si el aire que respiraban tuviera picante, y le cerraba la garganta. Su esposo, Pana Yadav, también despertó. Los niños lloraban más fuerte, mientras que la neblina que había entrado a su casa se volvía más densa. Los ojos le ardían y la vista se le nublaba. Entonces la familia escuchó que sus vecinos salían a la calle. Se oían quejidos y, entre ellos gritos, Omvati y Pana salieron como pudieron con sus cinco hijos. La más pequeña, Sashi, de dos años, iba en los brazos de su madre. Al salir a la calle, la niebla, la gente desorientada, los gritos, el caos hicieron que la familia se separara. “Vi que las personas caían al suelo como moscas. Se quedaban tiradas en la calle y los demás teníamos que seguir corriendo. Sin saber qué estaba pasando, sin saber a dónde íbamos”, dice Pana.
En esos momentos no se imaginó que la nube tóxica venía de la fábrica de Union Carbide, que se había instalado 15 años antes en su ciudad, y que se suponía que traería prosperidad junto con los mil empleos que había creado y los químicos baratos que producía para las cosechas. La explosión en uno de los tanques provocó que escaparan, en forma de gas, 42 toneladas de isocianato de metilo, un compuesto utilizado para la fabricación de pesticidas.
La nube que se expandía por los barrios pobres cercanos a la fábrica iba matando a su paso. El frío del invierno evitó que el gas se dispersara. Se concentró en los alrededores de la fábrica, ensañándose contra los más pobres de la ciudad, que vivían en casas hechas con poco más que bambú y láminas.
En medio del río de gente y la oscuridad de la calle, Omvati se encontró a uno de sus tíos, que la llevó a un hospital. Podía ver poco, pero sabía que allí había cientos de personas como ella, desorientadas, perdidas, que no sabían lo que había pasado. No había comida, no había medicina, algunos doctores y enfermeras atendían, pero no eran suficientes. Cuando pudo ver, se dio cuenta de que los ojos oscuros de su niña se habían vuelto blancos. Gritó de espanto. Alguien le puso unas gotas a la pequeña, pero sólo sirvieron para que su llanto arreciara.
En el hospital la familia se reunió poco a poco. A todos les costaba respirar, estaban cansados y traumatizados. Sashi nunca mejoró. Sus ojos dejaron de ver. No quería comer y la piel se le fue cayendo a trozos. “Era tan pequeñita. Y se fue mermando en mis brazos. Cada vez ocupaba menos espacio y su piel quedaba en los trapos con los que la envolvía. Un día se murió sin que yo pudiera hacer nada”, cuenta Omvati comiéndose las lágrimas. Está sentada en el piso desnudo del oscuro y frío salón de su casa, ocupado sólo por una pequeña televisión y algunas sillas de plástico. Treinta años después todavía guarda la ropa de su hija.
Como Sashi miles de personas murieron ese día y en los siguientes de la tragedia, que muchos llaman la peor catástrofe industrial de la historia, que por el número de afectados sólo puede ser comparado con Chernobyl. “Tantas personas murieron que en las calles había montañas de cadáveres. Ni siquiera recibieron los rituales funerarios. Fueron quemados con gasolina para evitar que se propagaran las enfermedades”, recuerda Omvati.
El médico forense D.K. Satpathy, que trabajaba en el hospital Hamidia, del gobierno, reconoce que no todos los cadáveres pasaron por la morgue. Dice que cuando él llegó al hospital, la madrugada del 3 de diciembre, había 500 cuerpos. Para el final del día ya eran 876. Solo había cuatro expertos forenses disponibles, y no se daban abasto. Así que escogieron una muestra de cuerpos a los que les practicaron la autopsia: todos habían muerto de fallo respiratorio, tenían espuma en la boca y la nariz. Los pulmones, ojos y piel estaban muy dañados.
A pesar de que ha pasado tanto tiempo, todavía hay muchas incógnitas. Cada vez es menos probable que se sepa con exactitud el número de personas que murieron. La cifra oficial de muertos es 5 295, pero los activistas a favor de las víctimas hablan de más de 20 mil y de medio millón de personas que estuvieron expuestas al gas y que sufren secuelas. La fábrica fue abandonada, sin limpiar.
En ella y sus alrededores quedaron toneladas de desechos tóxicos. Con las lluvias y el paso del tiempo, estos contaminantes se han filtrado al subsuelo y al agua. En un reporte que hizo en 2009 el Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente, un prestigioso think-tank en Nueva Delhi, se demostró que dentro y alrededor de la fábrica la tierra y el agua contienen grandes cantidades de pesticidas, clorobenceno y metales pesados.
La concentración de pesticidas encontrada en el agua en promedio fue de 12 veces la permitida para los estándares del país, y en los peores casos es de hasta 59 veces. “Los pesticidas que se encontraron en el agua subterránea 25 años después de que la planta cerrara, demuestra que ésta actúa como una fuente continua de contaminación. Por más de 25 años los residentes han sido expuestos a agua que ha sido contaminada con químicos”, concluye el reporte.














