La ciencia advirtió durante décadas que el colapso climático podía evitarse. Sin embargo, las grandes potencias eligieron financiar la guerra, expandir el extractivismo y desacreditar la investigación antes que proteger la vida. La catástrofe ya no es una amenaza futura, es la consecuencia política de un modelo civilizatorio que decidió ignorar sus propios límites.

La expansión militar de Estados Unidos en América Latina responde a la profundización de la disputa geopolítica por el control de territorios, recursos estratégicos y soberanías, facilitada por gobiernos subordinados a intereses externos. Mientras se invoca la seguridad como justificación, se consolida una arquitectura de dominación cuyos costos recaen sobre los pueblos. ¿Quiénes terminan poniendo los muertos, los territorios y el futuro de Nuestra América?

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