Por: Alfonso Insuasty Rodríguez* // La desigualdad extrema es el núcleo del sistema. Año tras año, una élite milmillonaria concentra riqueza, poder político y control informativo, mientras los Estados facilitan su dominio. Los pueblos enfrentan una disyuntiva histórica, sometimiento u organización para transformar esta realidad.

La Desigualdad y el feudalismo corporativo.
La desigualdad extrema se ha consolidado como uno de los principales dispositivos de dominación del capitalismo contemporáneo. Lejos de ser una anomalía corregible, constituye hoy su arquitectura central, una forma de feudalismo corporativo global que concentra riqueza, poder político, control informativo y capacidad de violencia en manos de una élite milmillonaria transnacional.
El informe “Contra el Imperio de los Más Ricos” (Oxfam, 2026), informe que se emite cada año antes de la cumbre de los más ricos en Davos, examina las causas estructurales de la desigualdad, identifica a sus actores y responsables, y denuncia la complicidad, activa u omisiva, de los Estados.
Sus conclusiones preocupan y advierten sobre la degradación de occidente, logra demostrar y advertir que, la desigualdad actual representa una regresión histórica profunda a la humanidad, no asistimos a una crisis coyuntural de la democracia, sino a su captura oligárquica, bajo nuevas y sofisticadas formas de servidumbre.
La humanidad atraviesa una coyuntura límite. La desigualdad ya no es únicamente un problema social o económico: es una amenaza directa a la democracia, a la vida digna y a la continuidad misma de la civilización. En paralelo a la catástrofe climática, se despliega una catástrofe política: la concentración obscena de riqueza y poder en una minoría ínfima que ha secuestrado los Estados, los sistemas de información y los marcos normativos globales.
Como advierte Oxfam (2026), la desigualdad extrema como tambien la crisis climática no son fenómenos independientes, sino dos manifestaciones de un mismo orden extractivista, colonial y patriarcal.
El capital concentrado no solo depreda territorios y cuerpos, también erosiona las bases materiales y simbólicas de la soberanía popular. Desde el Sur Global, esta realidad se expresa con mayor crudeza, desposesión territorial, endeudamiento estructural, represión estatal, precarización masiva y silenciamiento sistemático de las mayorías.
Una oligarquía global al mando.
Los datos del informe son contundentes, en los 136 países analizados, una mayor desigualdad en la distribución del ingreso se traduce directamente en una mayor desigualdad en la distribución del poder político. No se trata de una correlación accidental, sino de un círculo vicioso deliberadamente construido, la riqueza compra poder y el poder protege, reproduce y profundiza la riqueza.
El caso de Estados Unidos resulta paradigmático, en 2024, uno de cada seis dólares del financiamiento político provino de tan solo 100 familias milmillonarias. La narrativa liberal del “un ciudadano, un voto” ha sido reemplazada por el principio real que rige al capitalismo contemporáneo, un dólar, un voto.
En el Sur Global, esta lógica adopta formas aún más descarnadas, primeros ministros impuestos por “consenso” oligárquico, presidentes empresarios, tecnócratas formados en universidades del Norte global y gobiernos que administran los Estados como si fueran filiales corporativas, subordinadas a intereses financieros y geopolíticos ajenos a sus pueblos.
Feudalismo corporativo: una regresión histórica.
Una categoría clave para comprender este momento histórico es la de feudalismo corporativo, en tanto, todo indica que no avanzamos hacia una mayor democratización, sino hacia una regresión estructural acelerada. Las corporaciones transnacionales y los ultrarricos operan como nuevos señores feudales, concentran tierras, datos, tecnologías, medios de comunicación, ejércitos privados y capacidad normativa, mientras los pueblos son empujados a formas renovadas de servidumbre y despojo.
Este feudalismo no requiere castillos, se sostiene en territorios urbanos hiper-concentrados, territorios rurales hiper-explotados, tratados de libre comercio, sistemas fiscales regresivos, la deuda externa como mecanismo disciplinador, plataformas digitales que extraen valor y moldean subjetividades y Estados reducidos a funciones policiales, represivas y administrativas.
En este marco, la desigualdad no es una consecuencia indeseada, sino que se traduce en la condición misma de posibilidad del orden inmoral vigente.
Los pilares del poder oligárquico:
Oxfam (2026), en su informe relaciona características de este orden basado en la desigualdad y la hiper-explotación:
Compra de voluntades y captura del Estado. Oxfam documenta que un milmillonario tiene 4.000 veces más probabilidades de acceder a un cargo político que una persona común. No gobiernan a pesar de la democracia, sino mediante su vaciamiento. El Estado se convierte en gestor de intereses privados: privatiza ganancias, socializa pérdidas y criminaliza la protesta social.
Control de la narrativa y colonialismo informativo. Más de la mitad de los grandes medios globales pertenecen a milmillonarios, y solo seis de ellos controlan nueve de las diez principales redes sociales del planeta.
Este monopolio informativo fabrica-produce consenso, miedo y resignación, mientras invisibiliza las luchas de los pueblos. En América Latina, apenas el 3% de las personas que aparecen en la cobertura mediática son indígenas, evidenciando la persistencia de una profunda colonialidad del poder, de la palabra y de la imagen.
Cuando la desigualdad genera estallidos sociales, la respuesta estatal no es redistribución, sino violencia. Kenia, Argentina bajo el gobierno de Javier Milei, Colombia, Chile y Perú confirman un patrón común, el Estado actúa como brazo armado del capital, administrando la vida y la muerte de las poblaciones consideradas excedentes.
Estados ausentes, cómplices o subordinados.
Los Estados nacionales, incluso aquellos que se autodefinen como progresistas, han demostrado una incapacidad estructural para enfrentar la desigualdad extrema.
Las reformas son débiles, fragmentarias o meramente simbólicas. La fiscalidad sigue favoreciendo a los ultrarricos, la evasión y los paraísos fiscales permanecen intactos, y las políticas sociales operan como paliativos que no alteran la estructura de acumulación.
Esta inacción es una forma de violencia estructural, gobernar sin tocar los privilegios del capital es, en los hechos, gobernar contra los pueblos.
Organizar la vida frente al imperio
La evidencia es inequívoca y se confirma año tras año, la desigualdad se profundiza, la riqueza se concentra en pocas manos, la democracia se vacía de contenido y los Estados no solo son incapaces de frenar este proceso, sino que lo facilitan, lo administran y lo legitiman.
No estamos ante una crisis coyuntural ni ante un desvío corregible del sistema, sino frente a una tendencia estructural del capitalismo contemporáneo, que convierte la vida en mercancía y la política en un instrumento del capital concentrado.
Sin embargo, la historia demuestra que ningún poder es eterno y que los imperios, por más invencibles que se presenten, han sido derrotados cuando los pueblos decidieron organizarse.
Así ocurrió cuando las mayorías esclavizadas de Haití derrotaron al imperio colonial francés en 1804, lideradas por Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines, inaugurando la primera república negra libre del mundo. Así sucedió cuando los pueblos de América Latina quebraron el dominio colonial español a inicios del siglo XIX, con figuras como Simón Bolívar, José de San Martín y Manuela Sáenz, impulsados por la movilización popular.
Así ocurrió también en el siglo XX, cuando los pueblos de Vietnam derrotaron al colonialismo francés (1954) y luego al imperialismo estadounidense (1975), o cuando Sudáfrica logró desmontar el régimen del apartheid gracias a décadas de lucha popular encabezadas por Nelson Mandela y los movimientos de base.
En todos estos procesos, la constante fue la misma, ningún privilegio fue cedido voluntariamente, ninguna transformación nació de acuerdos entre élites, y ningún cambio profundo se alcanzó sin organización colectiva, sacrificio y horizonte común.
Las conquistas que hoy sostienen la vida, derechos laborales, soberanía, educación pública, autodeterminación, fueron el resultado directo de pueblos organizados enfrentando estructuras de dominación que parecían inamovibles.
Hoy, frente al feudalismo corporativo global, la tarea histórica vuelve a recaer en los pueblos.
No existen soluciones tecnocráticas ni salidas individuales capaces de revertir un sistema construido para concentrar riqueza y poder. Solo la organización consciente, sostenida y radical de las mayorías puede disputar el control de la economía, de la política, de la palabra y abrir caminos reales hacia la justicia social, la dignidad, el buen vivir y la paz participativa y transformadora..
La disyuntiva es ineludible, oligarquía o participación autónoma-deliberativa, dominación o dignidad, muerte o vida.
*Docente investigador Universidad de San Buenaventura Medellín. Red Interuniversitaria por la paz REDIPAZ, Grupo Autónomo Kavilando.
Referencias.
Insuasty Rodríguez, A. (2025). Colapso civilizatorio, feudalismo corporativo y fascismo . Revista Kavilando, 17(1), 72–90. https://doi.org/10.69664/kav.v17n1a538
OXFAN (2026). Contra el imperio de los más ricos. Informe. https://oi-files-d8-prod.s3.eu-west-2.amazonaws.com/s3fs-public/2026-01/ES%20-%20Resisting%20the%20Rule%20of%20the%20Rich.pdf
_____














