“Del sueldo a la supervivencia: la crisis del sindicalismo chileno y las posibilidades de la organización por venir”

Linea Territorio y despojo

Por Lorenzo. Chile. / ¿Qué pasa cuando el sindicato deja de representar la esperanza de transformación y se convierte en una estructura atrapada por las reglas del mismo sistema que dice combatir?

 

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Este texto propone una mirada crítica, profunda y provocadora sobre el sindicalismo chileno actual: sus límites legales, su burocratización, su incapacidad para responder a un mundo laboral marcado por la precariedad, el subcontrato y la fragmentación de la clase trabajadora.

A través de datos, análisis político y referencias a la experiencia abierta por la rebelión de octubre de 2019, el artículo recorre el tránsito desde la antigua pelea por el salario hacia una lucha más amplia: la defensa de la vida digna frente a un modelo que precariza el trabajo, la vivienda, la salud y las relaciones humanas. Más que una crítica al sindicalismo tradicional, este texto es una invitación a pensar nuevas formas de organización popular, capaces de unir trabajadores, estudiantes, pobladores, feministas y movimientos territoriales en un horizonte común de emancipación.

Una reflexión incómoda, urgente y necesaria para comprender por qué las viejas herramientas ya no bastan y qué posibilidades comienzan a emerger desde abajo.

El sindicalismo ha sido, durante buena parte del siglo XX, la herramienta central de la clase trabajadora para enfrentar la explotación capitalista. En el imaginario obrero y popular, el sindicato representaba la trinchera de resistencia frente al patrón, el espacio de articulación colectiva y, en muchos momentos históricos, la antesala de proyectos políticos de transformación social. En Chile, esa herencia está marcada por décadas de organización combativa, represión, cooptación y también por el rol decisivo que el movimiento sindical jugó en los procesos de cambio social y político hasta el golpe de Estado de 1973. Sin embargo, el sindicalismo actual, aprisionado en los marcos normativos heredados de la dictadura y apenas reformados en democracia, aparece debilitado, fragmentado y sin capacidad real de disputar el orden establecido.

Los datos recientes lo confirman. Según la Encuesta Laboral de la Dirección del Trabajo (ENCLA 2023), la sindicalización se concentra en medianas y grandes empresas, mientras que, en las micro y pequeñas, que constituyen la mayoría de las unidades productivas en el país, la presencia sindical es casi inexistente. El Informe Mensual de Calidad del Empleo de Fundación SOL (IMCE, 2025) añade que más del 70 % de los ocupados se encuentran en condiciones precarias, externalizados o informales, y que apenas un 29,8 % de la fuerza laboral cuenta con empleos protegidos. Esto implica que la mayoría de quienes viven de su trabajo están excluidos de la posibilidad real de organizarse bajo los mecanismos sindicales tradicionales. La normativa chilena, que exige un mínimo de 25 trabajadores para conformar sindicatos en empresas de más de 50, deja fuera de ese derecho a una porción considerable de la fuerza laboral, reforzando la atomización y la desprotección.

Esta constatación nos obliga a replantear críticamente el rol del sindicalismo hoy. Lejos de ser un instrumento de emancipación, la estructura sindical se ha transformado en un engranaje subordinado al orden capitalista, encajonado en marcos normativos que lo obligan a reproducir las reglas del juego patronal. En lugar de abrir horizontes de liberación, aparece reducido a la gestión de mejoras parciales, incapaz de cuestionar el corazón del sistema de dominación. Más aún, la expansión del trabajo precario, la fragmentación productiva y la subordinación de las dirigencias a pactos institucionales han convertido al sindicalismo en un actor funcional, sin potencia real de transformación. Sin embargo, esta debilidad no es absoluta: allí donde las bases se organizan en asambleas, donde las luchas trascienden el salario para cuestionar la vida misma bajo el modelo, y donde los trabajadores se articulan con otros sectores oprimidos, emergen formas que superan al sindicato clásico y anuncian nuevas posibilidades de organización.

El sindicalismo chileno frente a las fuerzas productivas y las limitaciones legales

El sindicalismo chileno de hoy no puede comprenderse sin atender a la forma en que se organiza la producción y cómo se distribuye la fuerza de trabajo en el país. La economía nacional está marcada por una estructura productiva altamente concentrada y, al mismo tiempo, fragmentada. Por un lado, existen grandes conglomerados empresariales que dominan sectores estratégicos —minería, energía, telecomunicaciones, forestal, banca y comercio minorista—. Por otro, convive un vasto universo de micro, pequeñas y medianas empresas que, según datos oficiales, representan más del 98 % del total de empresas. Este doble carácter implica que una gran parte de la clase trabajadora se inserta en espacios laborales de tamaño reducido, con plantillas que muchas veces no superan los diez trabajadores, mientras una minoría se concentra en grandes enclaves productivos con alta capacidad de acumulación.

Esta configuración tiene efectos directos en la sindicalización. Allí donde las empresas concentran cientos o miles de trabajadores, la organización sindical tiende a tener mayor presencia, aunque muchas veces con prácticas burocráticas y acuerdos que limitan su capacidad de movilización. En cambio, en las micro y pequeñas empresas, que constituyen el corazón de la estructura productiva nacional, la sindicalización es prácticamente inexistente. No se trata de falta de voluntad, sino de imposibilidad estructural: las exigencias legales para constituir sindicatos no se corresponden con la realidad de empresas de tan reducido tamaño. Así, los trabajadores de este segmento, que representan un porcentaje significativo de la fuerza laboral, quedan marginados del derecho de organización colectiva.

La normativa chilena, diseñada bajo la dictadura y apenas maquillada en democracia, constituye un cerrojo que perpetúa esta exclusión. Para formar un sindicato en empresas de hasta 50 trabajadores, la ley exige un mínimo de 8 afiliados que representen al menos la mitad de la dotación. Para las empresas con más de 50 trabajadores, el requisito sube a 25 afiliados, siempre que constituyan al menos el 30 % del total. Estas cifras, aparentemente razonables, se vuelven un obstáculo insalvable cuando se observa que la mayoría de las empresas en Chile tienen menos de 10 trabajadores. La legislación, en consecuencia, blinda al empresariado pequeño y mediano frente a la organización sindical, al mismo tiempo que reduce la sindicalización a nichos específicos de la economía formal.

A ello se suma que, incluso donde existen sindicatos, su campo de acción está estrictamente acotado. La negociación colectiva, tal como está regulada, se restringe a la empresa o, en el mejor de los casos, al establecimiento. No existe la posibilidad de negociar por rama de actividad ni a nivel sectorial, lo que debilita de manera sistemática el poder de los trabajadores frente a conglomerados empresariales que actúan de forma integrada y concentran capital en múltiples sectores. La fragmentación sindical es, por tanto, no solo el resultado de la dispersión de la fuerza de trabajo, sino también de una estructura legal diseñada para impedir su convergencia.

Este cuadro explica la paradoja de la sindicalización en Chile: a pesar de que formalmente existe libertad sindical, en la práctica la gran mayoría de los trabajadores queda fuera de su alcance. El sindicalismo está confinado a espacios específicos, sobre todo en grandes empresas, mientras el resto de la fuerza laboral queda abandonada a relaciones individuales de contratación, muchas veces en condiciones precarias e informales. El resultado es un sindicalismo minoritario, con tasas de afiliación bajas y con capacidad limitada de incidencia en la vida nacional.

A esto se agrega la creciente precarización del trabajo. La expansión de formas de contratación flexible, el subcontrato, la externalización y la llamada “uberización” de la economía han multiplicado las dificultades de organización. Millones de trabajadores independientes, por cuenta propia o en plataformas digitales, simplemente no tienen cabida en el esquema sindical vigente. En este sentido, el sindicato chileno aparece como una institución anclada en un modelo de relaciones laborales que ya no corresponde a la realidad contemporánea de la producción y el empleo.

Las consecuencias políticas de esta situación son evidentes. El sindicalismo, lejos de ser un actor capaz de disputar poder al capital, se ha transformado en un interlocutor débil y funcional. Sus luchas se reducen a demandas parciales, en gran medida absorbidas por el juego institucional, y rara vez alcanzan a cuestionar los fundamentos del modelo económico y social. No es casual que las grandes reformas del país en las últimas décadas no hayan surgido de la presión sindical, sino de movimientos sociales más amplios: estudiantes, feministas, ambientales, territoriales. El sindicalismo chileno, atrapado en su marco legal y en su inserción limitada, carece de fuerza para plantearse como vanguardia en la lucha por la emancipación.

Crítica al sindicalismo y experiencias de superación

Hablar del sindicalismo chileno hoy es como hablar de un futbolista viejo que fue estrella y que ya no corre la cancha completa, y no es capaz de convertir un solo gol y ponerse la camiseta por el equipo que es el pueblo. Y ojo, no se trata de desprecio gratuito: las organizaciones sindicales fueron parte central de la historia obrera, estuvieron en las huelgas que forjaron derechos básicos y en los procesos políticos que marcaron el siglo XX. Pero la pregunta es inevitable: ¿qué queda de todo aquello en el Chile del siglo XXI? La respuesta, aunque duela, es poco y nada.

La raíz del problema no está solo en la represión histórica ni en las reformas neoliberales que cercenaron el derecho a huelga y a negociación colectiva. Está en el hecho de que la estructura sindical fue diseñada para fracasar. Fue pensada como un sistema de válvulas de escape: un mecanismo para contener el malestar, administrarlo en cuotas de salario o beneficios menores, y devolver a la fábrica, al supermercado o a la oficina a trabajadores obedientes. El sindicato terminó encajonado en un marco legal que le exige jugar con las cartas del patrón. Y ahí está la trampa: si cumples las reglas, estás condenado a perder. Y si rompes las reglas, te declaran ilegal, te aísla la institucionalidad y te caen con todo encima.

Por eso la CUT, lejos de ser un espacio de articulación nacional de los oprimidos, terminó pareciéndose más a un club de dirigentes que reparten cuotas, se sientan en mesas de diálogo social y celebran victorias que no cambian nada. ¿A quién le sirve un sindicalismo así? Al patrón, al Estado, al orden establecido. A la clase trabajadora, muy poco. Y cuando aparece algún dirigente más combativo, ese que grita, golpea la mesa y jura que va a dar la pelea, el sistema ya sabe qué hacer: cooptarlo con prebendas, con negociaciones individuales, con la posibilidad de ser “interlocutor válido”. La historia de los últimos cuarenta años está llena de esos casos. El problema no es la falta de valentía individual, sino una estructura sindical que convierte a cualquier dirigente en rehén de la burocracia.

Pero sería injusto decir que todo está perdido. Cuando el pueblo se sacude, surgen formas de organización que rompen ese amarre. En la rebelión de octubre de 2019 lo vimos con claridad: miles de trabajadores salieron a la calle, no porque su sindicato los llamara, sino porque la vida era insostenible y muchas veces salieron porque fueron convocados desde otros lados que ni siquiera fue el sindicato. En algunos lugares, se dieron asambleas sindicales y se transformaron en espacios de debate político real, donde no solo se hablaba de bonos o reajustes, sino del pacto de dominación que atraviesa el trabajo, el Estado, la casa, la educación y la vida cotidiana. Se discutía cómo enfrentar no solo al patrón, sino al modelo en su conjunto. Y eso fue un salto cualitativo: de la pelea chica por el salario, a la gran pelea por la liberación, duró solo el tiempo que duró la rebelión y nuevamente volvimos al amarre.

Esa experiencia mostró que la superación del sindicalismo no es una fantasía teórica, sino una práctica que emerge cuando la base asume protagonismo y se conecta con otros sectores oprimidos. Ahí está la clave: cuando el sindicato se abre, cuando se junta con los del puerto, con los del retail, con los municipales, pero también con las organizaciones feministas, ambientales, barriales, con los estudiantes y con los pobladores. Cuando se sale del metro cuadrado de la empresa y se empieza a dar respuesta a problemas de vivienda, salud, educación y cuidado, el sindicato deja de ser sindicato y se convierte en otra cosa: una organización social de nuevo tipo, capaz de pensar la vida entera y no solo el sueldo a fin de mes.

Claro, esa potencia también genera miedo. El poder sabe cómo aplastar estas experiencias: a veces con balas y represión abierta, pero más peligrosamente con la rutina del día a día. Con la burocracia sindical que ofrece estabilidad a costa de domesticación, con el financiamiento a ciertos dirigentes dóciles, con la alianza con sectores religiosos o morales que legitiman la obediencia y el sacrificio. El peligro mayor no es el golpe visible, sino el abrazo invisible que adormece la rebeldía. El orden establecido ha sido experto en convertir al sindicalismo en un engranaje más de su maquinaria, en hacer que las bases crean que su única esperanza es negociar “dentro de lo posible”. En la burocracia sindical nacional, estamos llenos de esos, que por más vestimenta de rebeldes tengan los hechos dicen lo contrario.

Por eso, hablar de superar el sindicalismo no significa renegar de la organización de los trabajadores, sino llevarla a otro nivel. Significa construir estructuras donde la democracia sindical no sea un trámite, sino una práctica cotidiana, donde las asambleas decidan y las comisiones ejecuten, donde la dirigencia sea un reflejo y no un sustituto de la base. Significa entender que la fuerza no está en un dirigente que grite más fuerte, sino en la capacidad colectiva de sostener un proyecto de liberación.

El sindicalismo se supera cuando deja de ser un sindicato. Cuando se articula con otros, cuando rompe las fronteras legales y normativas, cuando se atreve a pensar en grande, cuando en vez de defender solo salarios empieza a pelear por el derecho a la vida digna en todas sus dimensiones. Ese momento ya lo vivimos, y aunque lo intentaron aplastar, las semillas están esperando volver a ser nutridas para futuramente germinar. La cuestión es si seremos capaces de regarlas para que crezcan en nuevas formas de organización popular.

Conclusión: hacia una organización que supere al sindicato

El sindicalismo en Chile, tal como lo conocemos, es un instrumento envejecido. Nació en un siglo en que la contradicción central se pensaba en términos de capital y trabajo, donde la gran industria concentraba a miles de obreros bajo un mismo techo y el sindicato era la forma natural de organización. Hoy, esa realidad ya no existe: la fuerza de trabajo se encuentra fragmentada en microempresas, externalizada en cadenas de subcontrato o dispersa en plataformas digitales que precarizan hasta lo más básico. La propia legislación laboral, heredera de la dictadura, asegura que el sindicato permanezca reducido, impotente y funcional al orden establecido. La conclusión, aunque dolorosa, es clara: el sindicalismo en su forma actual está condenado al fracaso como herramienta de emancipación.

Sin embargo, la historia nunca se cierra en un punto final. Incluso en este panorama, hemos visto cómo las grietas del modelo permiten vislumbrar nuevas formas de organización. En octubre de 2019, miles de trabajadores y trabajadoras descubrieron que la lucha no se limitaba a negociar un bono o un reajuste, sino que se trataba de cuestionar el pacto de dominación que atraviesa todos los aspectos de la vida. Las asambleas, las coordinadoras y uniones con nombres que quizás no se conocieron pero que existieron, mostraron que la fuerza de los oprimidos no está en adaptarse a las reglas del juego, sino en romperlas. Allí emergió, aunque sea fugazmente, la posibilidad de una organización mayor, una que no solo defienda salarios, sino que se atreva a pensar en salud, vivienda, educación, medio ambiente, feminismo, cuidados y democracia real.

El desafío, entonces, es transformar esa chispa en fuego organizado. La superación del sindicalismo no significa abandonar la organización de los trabajadores, sino expandirla hasta que desborde los marcos legales y las categorías del siglo pasado. Significa construir espacios donde la democracia no sea delegada, sino ejercida directamente en asambleas, donde la dirigencia sea un reflejo y no un reemplazo de la base, y donde la articulación con otros sectores oprimidos permita levantar propuestas para la vida en común. Se trata de avanzar desde lo gremial hacia lo colectivo, desde lo local hacia lo global, desde la defensa de intereses parciales hacia la lucha por la emancipación integral.

Esa organización aún no tiene un nombre fijo, y probablemente no lo necesite. Lo importante es reconocer que ya existe en germen: en las asambleas que se multiplicaron en barrios y sindicatos, en las coordinaciones que unieron públicos y privados contra las AFP, en los vínculos entre trabajadores, pobladores, estudiantes, mujeres en lucha y comunidades ambientales. Esa experiencia no puede ser vista como un accidente, sino como un anticipo de lo que está por venir si somos capaces de sostenerlo.

El sindicalismo tradicional fue útil en su tiempo, pero hoy es insuficiente. Superarlo es la condición para abrir un nuevo horizonte de organización popular. Un horizonte donde los oprimidos se reconozcan como parte de un mismo proyecto, donde el trabajo no sea solo empleo asalariado, sino toda forma de reproducción de la vida, y donde la organización se convierta en herramienta de liberación y no en engranaje del poder. Ese es el desafío: dejar atrás al viejo futbolista cansado y darle paso a una fuerza nueva, joven, colectiva, capaz de volver a poner en jaque al orden que nos explota.

Tomado de: https://escuelapopularpermanente.cl/del-sueldo-a-la-supervivencia-la-crisis-del-sindicalismo-chileno-y-las-posibilidades-de-la-organizacion-por-venir/

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