La cruda realidad de estos días destruye el mito de que los desastres sacan lo peor de la humanidad. La angustia por ayudar es palpable y no se limita a quienes están alrededor de los escombros: atraviesa a todo el país. Al mismo tiempo, las catástrofes hacen visibles nuestros propios límites y muestran cuánto necesitamos fortalecer nuestras capacidades para responder de manera organizada, solidaria y eficaz.