Medellín sin urbanismo (O de como desaparecemos como ciudad)

Linea Territorio y despojo

Autor: Memo Ánjel El Mundo

Medellín ha sido construída pero nunca Urbanizada. No sé si tengamos ciudad o un mero aglomerado de construcciones en desorden en la que hay más brechas que uniones, más exclusiones que inclusiones.

 

 

 

¿Es Medellín una urbe, como la soñaron los cánones? El escritor e intelectual Memo Ánjel responde a esa pregunta

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Se proponen espacios públicos, aceras más amplias, sitios que integren el oriente de la ciudad con el occidente, pero todo se da contra la pared

-¿Y si la cabeza crece demasiado alto?

-La picotean los mirlos y la muerden los vientos

Mario Satz. La palmera transparente.

La arquitectura construye la morada del hombre, siendo esta morada lo que le permite llevar a cabo sus costumbres. Del cuaderno del autor.

La arquitectura construye la morada del hombre, siendo esta morada lo que le permite llevar a cabo sus costumbres.

Pequeña introducción

La otra parte es una novela de Alfred Kubin[1], dibujante checo, que recrea una ciudad fantástica con base en la arcadia de los griegos, ese sitio maravilloso en el que todo sería posible. Pero para Kubin, Perla (la ciudad-arcadia) no es un encuentro con lo beneficioso sino un terrible desencuentro entre los ciudadanos y los espacios, lo que da como resultante un miedo continuado y la creación de un lugar del que sería preferible huir antes que habitar. En esa otra parte de la Perla-arcadia, regida por la frustración continuada, que es la que genera la esperanza, Kubin prefigura los miedos urbanos: la carencia de espacialidad exterior, el confinamiento intensivo, los espacios privados que se reducen, las relaciones que se rompen al encerrarnos en nosotros mismos, los obstáculos de la movilidad, la contaminación creciente, las enfermedades psicológicas, la inseguridad, la gente que habla sola y persiste en la mentira. Y, como una terrible fantasía, eso que antes no era en las ciudades comenzó a suceder en muchas partes. Kubin estaba deprimido en esos días y la depresión lo volvió lúcido. La otra parte influyó en Franz Kafka, que descubrió que ya no somos historia sino situaciones, un castillo al que asistimos y al que fuimos llamados para hacer algo, pero nunca nos llaman.

La ciudad

Una ciudad es un plano sobre el cual se colocan edificaciones y espacios, buscando un ordenamiento entre ellos para que puedan ser diferenciados y, en esa diferenciación, usados. Así se definía la civitas romana. Pero, al mismo tiempo, también es una Urbe (los latinos crearon la palabra URB), que está compuesta por las personas que se mueven y moran en esos espacios y edificios. Y ese compuesto urbano de gente que mora y se mueve, es la que le da vida a la ciudad según sea la espacialidad que tenga.

Una ciudad, al igual, es una creación de territorio sobre un espacio del suelo, siendo la territorialidad la apropiación de ventajas comparativas (recursos que hacen posible vivir y trabajar) para construir. Por esto, la ciudad es un espacio en el que se crea un lugar y en ese lugar unos sitios que facilitan las acciones y el intercambio.

1. Un espacio en el que se establezcan lo que permanecerá libre y lo que será ocupado por construcciones, a fin de evitar las conurbaciones y de propiciar la sensación de entrar o de salir, que es lo que da el sentido de pertenencia.

2. Un lugar, que es donde estarán las construcciones y los espacios públicos claramente diferenciados según sean las costumbres públicas o privadas de los ciudadanos.

3. Y un sitio, en el interior y el exterior, que me situé en relación con la otredad (las cosas) y la alteridad (los otros).

Y si bien cada tanto hay que reordenar el territorio debido al crecimiento poblacional y a lo que plantea la modernidad[2] en nuevas competencias (este es el espíritu del POT) con el fin de que la ciudad siga existiendo en calidad de hábitat, pareciera que lo hemos olvidado. O nos ha servido para precipitarnos y, al final, volver a la confusión.

Peter Sloterdijk, el filósofo alemán, sostiene que el espacio de una ciudad (toma a Berlín como ejemplo) está compuesto por esferas que pueden ser habitadas porque, unidas, propician calidad de vida. Esta urbe-esfera se compone de ego-esfera (los lugares a la mano donde solucionamos nuestras necesidades básicas), oiko-esfera (los sitios de producción y de intercambio económico), etho-esfera (espacios de comportamiento público) y myto-esfera (los lugares para ejercer nuestras creencias en comunidad). Unidas estas cuatro esferas, sin que ninguna interfiera en la otra, el resultado sería la ero-esfera, el gusto de habitar la ciudad pues se puede trabajar, ejercer el ocio y crear en ella produciendo conocimiento y moral.

Pero esto que propone Sloterdijk[3], siguiendo las tesis de Christopher Alexander[4], todavía no cuaja. En las ciudades, por ordenadas que sean, siempre se permea el desorden. En ocasiones lo traen los inmigrantes, en otras nace de la corrupción de los dirigentes, las más de diseñar la ciudad en oficinas y no en la calle, que es por donde fluye la ciudad con sus aciertos y contradicciones, con sus vocaciones y reurbanizaciones, entre éstas, la peor de todas: el confinamiento intensivo[5] (esas masas de gente encerrada) y los barrios dormitorio, siempre vacíos en tejido social.

Nuestra Medellín

No sé si tengamos ciudad o un mero aglomerado de construcciones en desorden en la que hay más brechas que uniones, más exclusiones que inclusiones. Y digo que no sé. Porque la ciudad de hoy es su urbanismo y antes que construida su origen deben ser los espacios urbanizados, es decir, los previamente tenidos en cuenta para que la ciudad sea y se pueda vivir en ella. Y una ciudad es por los espacios públicos, por sus vías y aceras, por sus parques y plazas, por la conservación de su patrimonio y por el censo permanente de ella para una buena utilización de los servicios públicos.

Mirando a Medellín, en la que los dirigentes creen que se hace ciudad con campañas publicitarias y no con hechos, la ciudad es un desorden continuado. Es una manera de pensar de acuerdo a una especulación desmedida del suelo y al desconocimiento de lo que significa vivir. El Poblado, por ejemplo, en lugar de una zona de habitación, tiene una disposición tugurial del suelo: no aceras, no parques, no espacios culturales y cada vez menos predisposición al tejido social. Para cualquier urbanista, es increíble que en un lugar así viva la gente con más dinero. Se supone que el metro cuadrado más caro de la ciudad debería proveer de paisaje, movilidad fácil, aire limpio y silencio. Pero no es así. Solo es un conglomerado (como el de las malas maderas) de edificios, uno de esos lugares apropiados para el confinamiento intensivo, con una ego-esfera fatal, pues para satisfacer cualquier necesidad se debe acudir al carro y desplazarse por entre gente desconocida.

Medellín ha destruido el centro (quizá los dirigentes busquen deprimirlo para luego comprar barato) dejándolo en las peores manos. Ya no es necesario viajar a un país exótico para ver lo peor, solo basta aventurarse por el centro para ser testigo de lo insólito del tercer mundo. Y si bien ahí está la estación central del metro y del tranvía, lo cierto es que ese modernismo parte de un sitio que no es ciudad. Como tampoco es ciudad las laderas de las montañas, habitadas con el mismo desorden de El Poblado, en las que el desgobierno es permanente y por eso aparecen los para-gobiernos.

Medellín ha sido construida pero nunca urbanizada, a pesar de los esfuerzos de arquitectos y gobernantes como Pedro Nel Gómez y Carlos E. Restrepo (en el pasado) y de muchos hoy en día, que gritan en el desierto. Se proponen espacios públicos, aceras más amplias, sitios que integren el oriente de la ciudad con el occidente, pero todo se da contra la pared. Y lo peor, esto se da en nombre de una bandera de innovación que construye infraestructura para los carros y no para la gente, que permite la corrupción en la construcción y atrae, con su publicidad y soberbia, más gente a una ciudad que ya está sobrepoblada y carece de oportunidades de trabajo, desordenando más lo que está hecho.

A pesar de los urbanistas, el gobierno de la ciudad no ha entendido el urbanismo. Y al no entenderlo, la ciudad se destruye como ese dinosaurio que engorda y ya sufre de artritis, furias imprevistas y movimientos pesados que conducen al error.

Los departamentos de planeación urbana, que parecieran trabajar inspirados por Alfred Kubin (si no por lo más delirante de Kafka), calculan mal la carga vehicular que resiste la ciudad, lo que nos lleva a una contaminación móvil muy alta. Igual, permiten el hacinamiento urbano, la mezcla de lo residencial con lugares de divertimento, la proliferación de construcciones con errores de cálculo y, a la vez, no ven la carencia de espacios deportivos, de puertas urbanas (que diferencien un barrio de otro), el peligro en el que se han convertido los corredores aéreos y la imposibilidad de planear bien por falta de censo. Porque una ciudad, en este caso Medellín, no es una montonera de cosas, como en un cuarto útil, sino un hábitat. Y un hábitat es lo que no hay. Hay gente que se mueve malamente por entre las edificaciones, que agrede y grita, que no es ciudadano porque la ciudad no le ha enseñado a serlo.

Innovar no es hacer solo infraestructuras. Primero hay que hacer estructuras, formas de creación de ciudadanos, posibilidades de vida digna, identidad con la ciudad. Y esto lo propicia el urbanismo, ese enemigo de los constructores codiciosos que solo ven espacio de suelo vendible y no habitable.

La ciudad que tenemos, carente de geografía, fauna, flora, fuentes de agua; de patrimonio histórico, arquitectónico, intelectual y cultural (que a veces renacen en congresos y después desaparecen), es un hacinamiento constante. Y en ese hacinamiento, tanto en el espacio público como en el privado (hay que ver lo que sucede en las viviendas de interés social), todo es posible. Nos acercamos mucho al pandemoniun de John Milton, esa ciudad de los demonios, en la que las cosas se hacían para verlas destruir.

Si una ciudad no innova en urbanismo, en hacer que la gente se encuentre y haga cosas beneficiosas, es un fracaso. Lo sabemos desde Aristóteles y los innovadores no parecen entenderlo. Sueñan más con ciudades imposibles de crear acá, con premios de los que se desconocen los jueces y con irse a un buen sitio de vacaciones. Mientras tanto, la ciudad se infla de manera acromegálica. Y es claro, lo que se infla sin control explota.


[1] Alfred Kubin escribió esta novela cuando estaba deprimido y no podía dibujar. La novela apareció en 1909 con el título de Die Andere Seite. Ein phantasticher Roman.

[2] Lo moderno es lo que es bueno hoy aquí. No es lo nuevo del mundo, es lo que nos es necesario ahora.

[3] Autor también del parque humano.

[4] Autor de La ciudad no es un árbol.

[5] Tesis de Konrad Lorenz, premio Nobel de medicina.

tomado de: https://www.elmundo.com/noticia/Medellin-sin-urbanismo-O-de-como-desaparecemos-como-ciudad-/380000

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