Reflejo de los ladrones en Medellín.

Linea Conflicto Social y Paz

Por: Sara Kapkin Las2Orillas.com

Paradójicamente en la ciudad para mostrar de Colombia se estima que hay 350 bandas integradas por más de 12 mil jóvenes. Pero lo que más preocupa a los paisas por estos días es el bandidaje callejero.

 

—Yo lo hice por necesidad. Nadie sabe lo de nadie —dice Diego Alejandro de 18 años  mientras espera nervioso su primer ingreso a la cárcel de Bellavista.

—El que roba por necesidad pierde por obligación —Le responde su compañero de celda Orlando Steven, quien apenas tiene 24 años y llevaba libre tan solo 6 meses pero en la tarde ingresará al penal por tercera vez.

Es un día como cualquiera en Medellín. Un poco de sol, algo más de calor y mucha inseguridad. En la calle no cesa la preocupación porque aquí se están robando todo: el celular, la plata, las joyas, las mascotas, motos, carros y hasta la carretilla a un reciclador. El modus operandi es el mismo: te ven parado en un semáforo, el ladrón se te arrima en una moto, te intimida y te quita tus pertenencias de valor. Hasta en el bus se sigue sintiendo la inseguridad.

Ante la ineficacia de las autoridades, las personas han decidido tomar justicia por mano propia creando paginas en redes sociales para denunciar como anónimos casos particulares. Cuando es posible también se publican fotos. Además, han sido varios los casos donde las víctimas arrollan con sus vehículos a los ladrones motorizados. A esto se le suma la iniciativa “sicarial” que pretendía hacer una limpieza social. Los días van pasando y la situación no parece mejorar.

Para Jorge Carmona, integrante de la Mesa de Derechos Humanos del Valle de Aburrá, uno de los principales factores de inseguridad y delincuencia es la falta de oportunidades. “Uno empieza a evidenciar que estamos viviendo primero en un país que no genera oportunidades y la gente termina delinquiendo por eso. Porque en este país somos muy jóvenes para jubilarnos a los 62 años pero muy viejos para conseguir un trabajo a los 30. La gente termina sin trabajo, sin salud, sin educación, sin oportunidades y la ultima opción que ven la gran mayoría, es empezar a delinquir porque no hay más que hacer”, dice el funcionario.

En el sótano del edificio de los juzgados de Medellín se encuentran los calabozos que a diario reciben a los victimarios que están en proceso de audiencia para recibir su sentencia. En la segunda celda están aquellos que el juez determinó como un peligro para la sociedad y serán posteriormente trasladados al penal. Como si fuera algo poco común, la celda se encuentra más vacía de lo normal. Solo hay cinco. Henry de 19 años, Diego de 18, Orlando de 24, Albeiro de 28 y José Gustavo de 57. Además de estar presos, tienen en común un tatuaje en el ante brazo derecho, además, ninguno terminó el colegio, consumen drogas y no viven con sus padres (unos por malas relaciones con ellos, otros por sus maltratos y otros por padres ausentes).

Henry vive en un hotel del centro de la ciudad con una novia de su misma edad, quie tiene cuatro meses de embarazo. Vende bolsas de basura e incienso, lo que le deja un ingreso de 15 a 20 mil pesos diarios. Estudió hasta 7º y quería ser oficial como su papá. Se fue de la casa por problemas con los combos que mataron a su hermanito de 13 años por cruzar una frontera invisible. “Vea mami, la ley allá arriba no llega, allá no hay ley”, dice Henry refiriéndose al barrio, mientras llora y recuerda a su hermanito. “Me gustaría que me dieran una oportunidad para que vean que uno no es de los maleantes que hay en estos momentos en la calle. Allá si están los verdaderos malos. En cambio uno desesperado por conseguir plata porque no hay  trabajo ni nada y vea lo que pasa.  Lo que hice fue por desespero porque mi mujer está en embarazo”. Henry fuma marihuana desde los 10 años

Diego vive con su novia que es mayor y tiene dos hijos que él ayuda a sostener económicamente. Se fue de la casa hace un mes y dejó de estudiar. “Me pase a vivir a Castilla y allá hay mucho vicio y me dañé, dejé de estudiar, y empecé a meter. Yo estoy arrepentido de lo que hice, todos los días me arrepiento. Yo me había prometido que no iba volver a robar”. Diego es el menor de 8 hermanos.

Orlando también vive en un hotel del centro. Aprendió a robar cuando tenía 10 años. Cuando no está robando se monta a cantar rap en los buses. Se fue de la casa a los siete años por los maltratos de su madre. Consume drogas desde los 11. Su novia tiene seis meses de embarazo y las Convivir lo tiene amenazado por ladrón. “A mi me hubiera gustado tener otra vida, sería otra persona, pero todo toca recibirlo como viene, además, uno también escogió mal unas cosas” dice.

Mientras conversamos, en el televisor al frente de la celda pasan un noticiero local que muestra una nota sobre la cárcel Bellavista, su próxima residencia.

Orlando ve las imágenes del penal y comenta:

—vea el hueco, pa allá es que vamos mijo, vea!

—A no parce, Dios me libre de eso allá gonorrea —contesta Henry angustiado por su primera vez en el penal.

—Ahorita entramos por esa puerta.

—Por la misma, no tiene otro color.

—Ya no lo libra ni dios.

Luego está Albeiro. Es de Urabá, roba desde que tenía 12 años, cuando escapó de un internado donde lo había mandado su mamá. “La cucha mía me internó porque era muy cansón. Luego me fui a vivir a la calle y desde eso estoy robando, he pagado tres ‘canazos’, ¿y sabe que? si ella me interno allá es porque no me quiere y desde eso no hablo con ella”. Tiene dos hijos y su conyugue también está en embarazo. Luego alega que la vida en Urabá es un problema, “por allá lo que hay es mucho paraco, y si uno no trabaja en eso le toca venirse para Medellín a ver qué, porque yo le digo, esa es una tierra donde nacen muchos pero se crían pocos”.

Por último está José Gustavo. “Yo toda la vida he vivido en la calle, me enseñaron no ha trabajar sino a robar. Toda la vida he sido ladrón, para que le voy a decir mentiras”. Lleva 45 años viviendo en la calle.  “Mis papás se fueron para el cielo y yo quede solo a los 12 años”. En todos esos años habitando las calles, las visitas a Bellavista han sido recurrentes.

Todos se quejan de la falta de oportunidades, aunque esto no justifica sus acciones y ellos lo saben. “Yo siento rabia de verte a vos allá afuera y yo aquí adentro. Pero vos te manejas bien y yo me maneje mal”, declara Orlando mientras agrega “a mi me gustaría que la gente también tuviera en cuenta las condiciones de uno, ellos pueden decir que esa rata o lo que sea, pero no saben lo que uno está sufriendo, lo que uno está necesitando. Cuántas veces me he subido yo a un bus a trabajar y la gente me ha mirado feo”. Los otros cuatro están de acuerdo con lo que sentencia Orlando. “La gente nos menosprecia y nos tienen  muy estigmatizados, y eso lo llena a uno mucho de rencor y lo vuelve un antisocial y ladrón”, remata. Pero para completar la idea Albeiro sentencia: “la calle no se la desea uno ni a su peor enemigo”.

Historias como las anteriores las conoce Jorge Carmona de memoria, y aunque por su trabajo con presidiarios ha sufrido atentado contra su vida, él no se rinde. “Cuando uno comienza a ingresar a estos sitios, cuando comienza a conocer historias de vida, uno va viendo la cosa más distinta…  y estamos lastimosamente enseñados a vivir en medio de una sociedad que juzga, que señala y no da oportunidades, una sociedad que no escucha, que difícilmente perdona, pero no sabe todo lo que viene detrás de una persona de estas”.

Las palabras del Defensor de Derechos Humanos las respaldan cifras de la ONU, que en su último informe de 2013, señala a Medellín como la ciudad con el mayor índice de inequidad urbana seguida por Cali, Montería y Bogotá. El resultado del informe evidencia también que aunque la economía ha crecido, la ciudad no ha enfrentado los sistemas de acaparamiento de la riqueza, por lo tanto dicho crecimiento no penetra los niveles más pobres.  Mientras un habitante pobre gana 1 peso, un rico recibe 56 veces más y la brecha sigue aumentando.

Pero estas cifras se camuflan fácilmente cuando se dice que bajó el desempleo y se afirma, sin precisar, que creció la economía. Según el senador Jorge Robledo, el 70% de los trabajadores del país están sin empleo o en la informalidad. Además el DANE y Planeación Nacional consideran pobre a una persona cuando esta tiene ingresos por debajo de 187.079 pesos mensuales lo que da un ingresos diario de 6.235 pesos.

A la cobija del Estado los pies se le quedaron por fuera y la inequidad, la falta de oportunidades y el cubrimiento de las necesidades básicas como salud, educación, alimentación y dignidad, parecen partir a la ciudad en dos; la de aquellos que se levantan para vivir y la de los otros que sobreviven cada día y están dispuestos a matar o morir en cualquier momento por un celular, una moto, un dinero, una comida, un techo.

En esa otra Medellín es donde desaparecieron 1272 personas en los último 4 años, donde  grupos ilegales como los Urabeños y las oficinas cuentan con alrededor de 350 bandas con un promedio entre 8 y 13 mil hombres, donde el 70% de la ciudad esta bajo el control de estas organizaciones, que además controlan entre el 15 y 25% del presupuesto participativo y el famoso pacto del fusil, a través del cuál los bandidos ponen las reglas y han dado la orden de incrementar la criminalidad, la delincuencia y los robos, como explica Fernando Quijano, director de Corpades.

Esta vez la policía actuó a tiempo y la justicia hará su trabajo, estos cinco hombres se sumaran al hacinamiento de  la cárcel Bellavista y serán parte de esos 20 o 30 presos que entran a diario al penal (el 85% de los presos oscila entre los 18 y los 35 años). Tal vez les toque turnarse para que los amarren y poder dormir parados, porque allá no cabe un cuerpo más. Serán cinco personas menos robando en las calles y unos padres ausentes más. La historia se repite de nuevo pero la delincuencia no disminuye y triunfa la inseguridad.

Medellín se ha convertido en referente mundial por su infraestructura de transporte, bibliotecas públicas y zonas recreativas. Pero detrás de esas grandes obras está tapada con humo esa otra ciudad donde reina la criminalidad.

Antes de dejar los calabozos, Orlando canta uno de los versos con los que trabaja en los buses.

A pesar de mil mandatos nada cambia todavía,

engendros del demonio con su gran psicología,

esto no para, es que la vida no es rara,

solo dios ampara cuando pillos te disparan,

Niños en avenidas con el gale que aspiran,

otros con cuentos raros dicen salvar vidas,

la libertad del pueblo sigue siendo vendida,

mujeres que venden el cuerpo no importando el sida,

Secuestro, malicia, milicia, hipocresía,

son avaros gobiernos, derechos e izquierdos,

con fines monetarios, no se si hay más infiernos,

el alma de los crédulos es un negocio y veo,

abortos y muertos en medio del rodeo,

una AK 47 para otros es su credo,

Médicos, otra mentira ya lo ven,

si vos te estas muriendo te dan un Ibuprofen,

en plan de desarrollo no hay seguridad social,

si dios nos da la vida el gobierno que va a cobrar,

 viviendo siempre, como animales,

y nos perdemos en los bienes materiales,

la pobreza es el colmo de los males,

y de que hablamos si todos somos iguales.

FUENTE: http://www.las2orillas.co/reflejo-de-los-ladrones-en-medellin/

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