Libro: Actos públicos de pedido de perdón por responsabilidad de la iglesia católica en la violencia de Colombia

Linea Conflicto Social y Paz

Por: Autores

Un significativo grupo de católicos de Colombia realizaron dos actos públicos de reconocimiento de responsabilidad y de petición de perdón por la implicación y la colaboración de diferentes e importantes sectores de la Iglesia católica en la violencia en Colombia. Aquí la experiencia.

 

 

iglesia perdón 

PRESENTACIÓN

EL PERDÓN NECESARIO DE LA IGLESIA CATÓLICA DE COLOMBIA POR SU IMPLICACIÓN EN VIOLENCIA

Juan José Tamayo Acosta y Abilio Peña Buendía

Perdonar y pedir perdón son dos actitudes que revelan el grado de humanidad de las personas y dos virtudes que emanan del mensaje de Jesús de Nazaret. Ninguna persona y ningún colectivo humano están exentos de practicarlas. No hacerlo es caer en una actitud de arrogancia, inhumanidad y desprecio a las víctimas.

La razón moderna es olvidadiza y selectiva. Tiende a considerar la historia como un progreso hacia adelante, olvidándose de cuantos pueblos y personas se quedaron al borde del camino y no pudieron seguir adelante por ser excluidos de la marcha triunfal de progreso. Tiene propensión a recordar sólo aquellos acontecimientos que refuerzan el poder de los vencedores a costa de los vencidos. La memoria de la razón moderna es, por decirlo con un oxímoron, una memoria amnésica.

La Ilustración ajustó las cuentas con el saber racional procedente de Atenas, pero se olvidó del saber anamnético en memoria de las víctimas, cuya cuna es Israel/Palestina y la celebración de la Pascua como recuerdo de la liberación de Egipto. Ese olvido quizá sea una de las causas del fracaso del proyecto ilustrado, que se ha despreocupado de las víctimas, ha ensalzado a los victimarios y ha desembocado en un achicamiento de la razón. Esta ha sido reducida a razón instrumental, científico-técnica, pragmática, calculadora, contante y sonante. Y se ha olvidado de la razón compasiva con las víctimas, de la razón sensible a sus sufrimientos, de la razón utópica en dirección a una sociedad sin victimarios, de la razón simbólica en defensa de la justicia y la reparación.

Pedir perdón constituye un ejercicio de memoria histórica, que toda persona y todo pueblo debe hacer, pero no como añoranza o repetición del pasado considerando que “todo tiempo pasado fue mejor”; un pasado que, por mucho que nos empeñemos, nunca volverá. Nos referimos a la memoria subversiva -en expresión del filósofo de la Escuela de Frankfurt, Walter Benjamin, y del teólogo de la teología política, Johann Baptista- de las víctimas, de las personas sufrientes de la historia, de las crucificadas y los crucificados (Ignacio Ellacuría) de “los condenados de la tierra” (Frantz Fanon), de las mujeres que sufren discriminación por razones de género, etnia, cultural, religión, clase social, identidad afectivo- sexual, procedencia geográfica, discapacidad, etc. Es la memoria histórica subversiva frente a amnesia colectiva.

Eso es precisamente lo que hizo un significativo grupo de católicos de Colombia en dos actos públicos de reconocimiento de responsabilidad y de petición de perdón por la implicación y la colaboración de diferentes e importantes sectores de la Iglesia católica en la violencia en Colombia. Sectores que, en vez de ser agentes de paz y reconciliación en medio del conflicto que ha asolado al pueblo colombiano durante medio siglo, se pusieron del lado del poder opresor y legitimaron religiosamente, con su acción, su silencio o complicidad, los asesinatos de los propios hermanos en la fe.

El primer acto tuvo lugar en Bogotá en septiembre de 2017, durante la misma semana de la visita del papa Francisco al país, y el segundo en Medellín, en agosto de 2018, en el marco de la conmemoración de los 50 años de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en dicha ciudad en 1968, que marcó el tránsito de la Iglesia colonial al cristianismo liberador y el compromiso de la Iglesia latinoamericana con los pueblos empobrecidos del continente.

El acto de Bogotá fue una celebración litúrgica en la Plaza del “Voto Nacional”, donde hace cerca de 100 años se firmó el final de la guerra de los Mil Días, en frente de la Basílica Menor. Se quiso celebrar en el templo, pero infortunadamente el arzobispo de Bogotá vio inconveniente su realización alegando que se estaban llevando a cabo obras de remodelación del lugar.

También tuvo lugar un acto académico en la Universidad Javeriana que dio cuenta de la razones profundas que animaron a los convocantes a celebrar este acto, sin ser los responsables directos de las persecuciones, instigación de crímenes, ejecución de asesinatos, excomuniones, despojos de tierras, implicaciones en torturas, conformación de grupos paramilitares con el fin de atacar a liberales, comunistas y diversos grupos sociales que se distanciaban, con sus prácticas e ideologías de la doctrina católica, dictadas desde el propio papado.

Representantes de las víctimas de los pueblos indígenas victimizados en el país y ofendidos e indignados con la presencia de los restos del conquistador español Gonzalo Jiménez de Quezada en la Catedral Primada de Bogotá, responsable de miles de crímenes contra sus ancestros, elevaron su voz en este acto. La hija del jefe del Movimiento Gaitanista Jorge Eliecer Gaitán, asesinado como parte del genocidio contra esa expresión política popular y contra miembros del partido liberal, en el que intervino directamente la Iglesia católica, hizo el mismo llamado de su padre a la restauración moral.

El presidente y una integrante de la dirección del partido comunista dieron cuenta del exterminio y de la persecución directa y velada de la institución católica que generó cientos de crímenes contra su organización política. La esposa de Jacinto Quiroga, líder de las Comunidades Eclesiales de Base, primero torturado y luego asesinado por el Ejército de Colombia, relató cómo a su esposo le infringieron toda clase de tormentos en presencia de sacerdotes de la entonces Vicaría Castrense, hoy diócesis, que atendían “espiritualmente” -¡qué sarcasmo y blasfemia!- a los militares.

Una familiar de la víctima del grupo paramilitar conocido como “Los 12 Apóstoles” relató cómo un sacerdote estuvo implicado en la conformación del grupo armado y desde el confesionario confeccionó las listas   de   los supuestos guerrilleros de civil, mujeres prostituidas, consumidores de drogas, que luego eran asesinados y desaparecidos. Qué contraste con la actitud de acogida de Jesús de Nazaret a las personas pecadoras, prostitutas, publicanos y con la denuncia de los “príncipes de este mundo” que oprimen a los pueblos!

Ante tamaños y   gravísimos   hechos que ofenden la conciencia de la humanidad, promovidos por algunos miembros de una Iglesia cuyo mensaje cala en las conciencias de sus feligresías, ilustrados solo con algunos testimonios, miembros de la Iglesia católica, sin contar con la presencia institucional de sus jerarquías, de rodillas, pidieron humildemente perdón, leyendo una petición en la que solicitaron al papa que emitiera un decreto para clausurar la Diócesis Castrense y retirar de la catedral primada de Colombia los restos del conquistador implicado en tantos crímenes de indígenas.

Tanto el acto litúrgico como el académico estuvieron   precedidos   por   la   publicación de una investigación de la Pacific School of Religion de Berkeley, California, y su programa de Changemaker Fellowship titulado “Casos implicación de la iglesia en   la   violencia   en Colombia, insumo para la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad”, que se elaboró para entregar a la Comisión de la Verdad creada como consecuencia del Acuerdo de Paz firmado en noviembre de 2016 entre el Estado de Colombia y la guerrilla de las FARC-EP y que inició funciones para un periodo de 3 años, desde noviembre de 2018.

Se espera que uno de los Encuentros de la Verdad propuestos por la Comisión para recibir testimonios y propiciar escenarios de reconciliación, pueda tener la presencia de miembros de la jerarquía que expresen su palabra sobre la violencia del pasado en la que ha estado implicada la institución eclesiástica.

El acto litúrgico de Medellín se celebró en el atrio del Centro de Memoria de la ciudad y convocó a familiares y amigos de miembros de la propia Iglesia católica que, al haber sido fieles a los lineamientos de la Conferencia del CELAM de 1968, padecieron persecuciones por parte   de la jerarquía de su propia Iglesia. Estuvieron las misioneras de la Madre Laura, acusadas de vínculos con la guerrilla por proteger a los pueblos indígenas; amigas y amigos del “Grupo del Nus” del que hacían parte el sacerdote Jaime Restrepo López, quien, tras recibir amenazas, fue obligado a trasladarse a un lugar rural donde terminó asesinado; y la religiosa Teresita Ramírez, asesinada pocos meses después. Así mismo, familiares del obispo de Buenaventura, uno de las más importantes impulsores y protagonistas de la Conferencia Episcopal de Medellín, Gerardo Valencia Cano, quien, tras padecer persecución tanto política como religiosa de parte de no pocos colegas en el episcopado colombiano, murió en un extraño accidente aéreo. Estuvieron presentes, también, miembros de las Comunidades Eclesiales de Base de Ocaña Santander perseguidos por su obispo y por organismos de Seguridad del Estado.

En la misma liturgia, se pidió perdón por la responsabilidad de la iglesia en el martirio y la persecución a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, en El Salvador y en Roma; y por la persecución eclesial de la que fue objeto Monseñor Samuel Ruiz por parte de la Nunciatura Apostólica, los dos fieles practicantes de la opción por la justicia afirmada en el documento de Medellín, 1968.

De los actos de petición de perdón y las reflexiones académicas da cuenta esta publicación, ofreciendo una metodología y un itinerario litúrgico que puede inspirar a otras comunidades de fe en otras latitudes a celebrar actos similares. Actos que son muy necesarios para recordar la muerte de tantos hermanos y hermanas, que ha estado recubierta con el escudo institucional y que está lejos del querer del Dios de Jesús de Nazaret, hacerles justicia, rehabilitar su dignidad, repararlos y denunciar a quienes colaboraron en tan antievangélica e inhumana matanza.

En sintonía con estos actos que reclaman una petición de perdón expresa y pública por parte de la Iglesia institucional, se encuentra la carta que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha enviado al rey de España, Felipe VI, heredero de la monarquía de los Reyes Católicos y al Papa Francisco, pidiéndoles se excusen por la conquista y el saqueo a los pueblos indígenas. Queremos recordar al presidente de México que él también debe revisar su comportamiento en relación con las comunidades indígenas de  su país y su actitud permisiva con las empresas multinacionales que llevan a cabo proyectos extractivistas en las territorios indígenas deteriorando sus condiciones de vida.

En sintonía con los actos de petición de perdón de Colombia se encuentran los colectivos de teólogos y teólogas, de cristianos y cristianas de base, así como de los movimientos sociales   y académicos españoles que llaman a la Iglesia católica del país, y muy especialmente a sus dirigentes religiosos, a pedir perdón por haber apoyado el golpe de Estado de Franco contra la República, la legitimación de la dictadura durante los 40 años de Franquismo con su implicación en la represión y en los numerosos crímenes cometidos después de la guerra civil.

Dichos colectivos se están movilizando en apoyo de la exhumación de los restos mortales de Francisco Franco, enterrados en la Basílica del Valle de los Caídos, que durante 44 años ha fungido como “sepulcro del dictador”. Exigen también a los monjes benedictinos, guardianes de la tumba de Franco, faciliten la exhumación y posterior entrega de dichos restos a la familia, a la jerarquía católica y al Vaticano que se muestre favorable a dicha medida, y al cardenal de Madrid que renuncie a su ambigüedad e impida que Franco sea enterrado en la catedral madrileña de la Almudena.

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PORTADA Kav V10 Jul 18

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