El destierro de los sociólogos. A la memoria de Alfredo Molano

Linea Formación, Género y luchas populares

Por: Omar Eduardo Rojas Bolaños*

No podemos seguir viviendo en la zozobra, en la parálisis, en la oscuridad del miedo. Estamos a punto de dar el paso que el país, su gente de tierra, barro y sudor merece y no aplaza ni endosa.  Alfredo Molano

 

 

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El sargento Rodríguez, sin ningún pudor ni temor, recalcó que de igual manera como habían desterrado a Alfredo Molano lo harían conmigo, y con todos los sociólogos. La amenaza me hizo sonreír toda vez que él ya no se encontraba en servicio activo, sin embargo, conocedor de sus habilidades, y que toda la vida laboró en inteligencia, no podía pasar por alto el ultimátum. Sin darle la espalda, y sin perderlo de vista, lo vi desaparecer. Año y medio después, el emisario sería un antiguo discípulo con grado de coronel quien me recomendó, por la amistad que teníamos, abandonar el país, no sin antes mencionar que el problema radicaba en que fuera más sociólogo que oficial.

El día de la amenaza del suboficial, insistió que Molano era un peligro para el país, que sus escritos eran incendiarios que invitaban al comunismo, que no entendía porque no se comportaba como Alfredo Rangel, leal al sistema. La institucionalidad encasilló a Alfredo Molano, porque, como él mismo expresó: “El país está lleno de prejuicios, sometido a ellos. Han sido construidos con método, calculadamente, a mansalva y sobre seguro. Surgen de los miedos e intereses de los poderosos. Y avasallan, envuelven y destruyen. No sólo no dejan oír, sino que tampoco dejan ver. O más bien, dejan ver sólo lo que a través de sus oscuros cristales quieren ellos que se vea: un mundo de buenos y malos donde estos no son nunca ellos” (El Espectador, 2019).

Las amenazas contra los sociólogos, y los Falsos Positivos Judiciales que se les construye, provienen de un mismo sector en donde se les encasilla como comunistas, terroristas o guerrilleros. Al sociólogo Miguel Ángel Beltrán, un Falso Positivo Judicial, lo llevó a las rejas. El 23 de mayo del 2009 el presidente Uribe declaró: “En México se acaba de capturar a uno de los terroristas más peligrosos de la organización narcoterrorista de las FARC. Se hacía pasar por ´Jaime Cienfuegos´, su nombre es Miguel Ángel Beltrán Villegas, profesor de Sociología dedicado al terrorismo”. La Corte Suprema lo absorbió (Noticias Caracol, 2019). El pensar y reflexionar sobre los problemas de la sociedad visibilizan al sociólogo, para la inteligencia del país, como un “enemigo interno” más.

El que piensa, reflexiona, escribe o critica, es hostil para el régimen. Ante amenazas, Alfredo Molano decidió denunciar, optando por abandonar el país al escuchar a la comisión del ejército que le ofreció protección, que talara todos los árboles que rodeaban su casa, instalara reflectores y garitas y usara carros blindados y guardaespaldas (El Espectador, 2019). De no abandonar el país hubiera terminado su vida de igual manera que el sociólogo Alfredo Correa de Andreis, asesinado por la alianza criminal entre paramilitares y el antiguo Departamento Administrativo de Seguridad DAS, el 17 de septiembre del 2004, durante el periodo de la seguridad democrática (RCN Radio, 2019).

A quien me amenazó le debo el impulso para reencontrarme con el legado de Molano. Leer por segunda, tercera o cuarta vez los libros del maestro, genera reflexionar nuevamente acerca de los problemas del país desde la ruralidad, desde las voces de quienes han sido silenciados, desde las víctimas no solamente del Estado sino de gran parte de la sociedad que considera a los campesinos ciudadanos de segunda o tercera mano. Mientras Alfredo los dignifica a través de su trabajo, estos sufren una injusta marginalización por parte del Estado, empresas transnacionales y sectores de la derecha quienes los ven como amenazas frente al “desarrollo” y el “progreso”. Molano revela, descarnadamente, la lucha del campesinado, a nivel individual y colectivo, en búsqueda de seguridad para los suyos, con el anhelo, a punta de jornales, comprar una fanegada de tierra donde cosechen esperanzas y alimentos.

Al ser considerados como ciudadanos de tercera deben dedicar esfuerzos para alcanzar reconocimiento en espacios sociales y políticos, de ahí que también se encuentren encasillados dentro de la lista de los “enemigos internos” del país. Pero las fuerzas estatales no se quedan únicamente con encasillarlos, sino que les vulneran todos sus derechos. En una muestra de 1.176, la Coordinación Colombia – Europa – Estados Unidos, revela que durante el periodo 2002 – 2010, el 57.56% de los asesinados en los Falsos Positivos eran campesinos y líderes campesinos (CCEEU, 2012, p. 105), ello sin contar los campesinos asesinados en campos de batalla ficticios durante el primer gobierno de la seguridad democrática. De igual manera como la Justicia Penal Militar y la Justicia Ordinaria, la Jurisdicción Especial para la Paz, no logrará que los victimarios cuenten la verdad acerca de los cientos de campesinos asesinados en los Falsos Positivos del primer gobierno de Uribe.

De los más 2.000 militares que se acogieron a la JEP tan sólo un puñado de militares han contando la verdad, los otros simplemente buscaban su libertad, la que ya obtuvieron (El Espectador, 2019). El Falso Positivo Ideal se ejecutó durante el periodo 2002 – 2006. Nadie se atreve a dudar que entre los 10.473 reportados dados de baja en combate por parte de las Fuerzas Militares, existan más casos de Falsos Positivos puesto que solo se han investigado 1.776 (Alto Comisionado de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, 2015. En campos de batalla ficticios, a los campesinos les cambiaron el machete y el azadón por fusiles, las mochilas por equipos de campaña, y sus prendas de vestir por uniformes de fatiga.

Durante la formación académica, algunos docentes son reiterativos al insistirle a los nuevos sociólogos que los artículos e informes se deben escribir en tercera persona, de ahí que Molano, con sus propias palabras, sintiera que en la universidad su escritura se volviera acartonada y seca, no encontrando ni el tono ni el tema porque sus lectores eran profesores. Alfredo Molano nos enseñó que no se pierde objetividad alguna al escribir en primera persona. Su estilo narrativo logró atrapar. No buscaba contar sino contarse. “Mi oficio de escribir se reduce a editar voces que han sido distorsionadas, falsificadas, ignoradas. No puedo escribir una línea que, de alguna manera, yo no haya vivido. Por eso no escribo una sola sobre tecnología de la comunicación, sobre química o sobre jurisprudencia. Y por eso escribo con gusto cuando lo hago en primera persona” (El Tiempo, 2016). De haber conocido de manera personal a Alfredo Molano, le hubiera preguntado que, si con la misma fuerza con que borraba hasta traspasar las hojas, leía en voz alta sus escritos antes de enviarlos al editor puesto que, ante la ausencia de tener un interlocutor para leer lo que se escribe, para escucharse así mismo, no hay como la lectura en voz alta.

De igual manera como impuso su estilo en primera persona, mostró que no puede existir investigador social alguno que no se comprometa con su entorno, con el dolor de quienes son ultrajados u olvidados por su condición social. En esto existe una fuerte relación con Orlando Fals Borda, quien postuló que no se puede desconocer el impacto social, político y económico del investigador quien debe escoger lo más armónico en su trabajo con la visión que tiene de responsabilidad social (Fals Borda, 1985). En su discurso, al recibir el Premio a la Vida y Obra de un Periodista, otorgado por los organizadores del Premio Nacional Simón Bolívar 2016, Molano expresó: “He tomado partido contra las imputaciones criadas por el interés privado contra la gente que anda por las trochas, por las calles sin asfaltar, y que nada esconde porque nada tiene que perder” (El Espectador, 2019).

Molano partió y el país sigue siguiendo el corte, viviendo los años del tropel; los desterrados son cada vez más; el incumplimiento a los Acuerdos, aunque gritaron que ahí les dejo esos fierros, llevó a un grupo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias a seguir entre trochas y fusiles, selva adentro. El volver a las armas conduce a que se siga hablando de conflicto y negociación en Colombia; aguas arriba: entre coca y oro continúan colombianos buscando, otros rumbos, y el destino de la luz, y otros, ante la ausencia de políticas públicas continúan en el rebusque mayor: entre mulas, traquetos y embarques.

*Sociólogo, comisionado de paz Medellín CONPAZ. integrante de la Red Interuniversitaria por la paz REDIPAZ e investigador grupo Kavilando

Referencias:

Alto Comisionado de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (2015). Apéndice. Informe anual, 23 de enero.

Coordinación Colombia-Europa-Estados Unidos (2012). Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002 – 2010. Crímenes de lesa humanidad bajo el mandato de la seguridad democrática. Bogotá.

El Espectador (2019). Alfredo Molano Bravo: testigo y caminante.

El Espectador (2019). ´El 95% de los miembros del Ejército que estaba en las cárceles hoy está en libertad´: general Javier Ayala.

El Tiempo (2016). El emotivo discurso de Alfredo Molano en los premios Simón Bolívar.

Fals-Borda, O. (2009). El problema de cómo investigar la realidad para transformarla. CLACSO.

Molano, A. (2019). El oficio del periodismo y la escritura. “Escribir, vivir”. El Espectador.

Noticias Caracol (2019). Profesor Miguel Ángel Beltrán pide ser indemnizado por los tres años que estuvo detenido.

RCN Radio (2019). Estado pide “perdón” por el asesinato del sociólogo Alfredo Correa de Andreis.

Rojas B, Benavides, F. (2017). Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002 – 2010. Obediencia ciega en campos de batalla ficticios. Universidad Santo Tomas. Bogotá, Colombia.

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