Por: Sven DaSilva / En el transporte público de Medellín, los anuncios por altavoz animan a los pasajeros a ser corteses con sus compañeros y a ofrecer ayuda cuando sea necesario. Durante mi trabajo de campo, al analizar los encuentros entre quienes ejecutan el proyecto Metro de la 80 y quienes se ven afectados por él, “Cultura Metro” también desempeñó un papel destacado. La mayoría de las reuniones comenzaban con una orgullosa introducción de lo que esto implicaba.

En el transporte público de Medellín, los anuncios por altavoz animan a los pasajeros a ser corteses con sus compañeros y a ofrecer ayuda cuando sea necesario. Los carteles en las plataformas agradecen a los usuarios por contribuir a que la ciudad sea más limpia y sostenible. He escuchado la frase “Yo Soy Cultura Metro” tantas veces que incluso en la noche, en la cama, escucho la famosa voz del anuncio. Durante mi trabajo de campo, al analizar los encuentros entre quienes ejecutan el proyecto Metro de la 80 y quienes se ven afectados por él, “Cultura Metro” también desempeñó un papel destacado. La mayoría de las reuniones comenzaban con una orgullosa introducción de lo que esto implicaba. En esos momentos, mi respuesta instantánea y espontánea era otra voz, como la de un maestro, que gritaba con enojo en mis oídos: ¡No puedes SER 'cultura'! ¡La cultura, por definición, no es lo que ERES ni lo que TIENES!
¿Cómo puede ser—a pesar de que el tono sigue siendo positivo, sin énfasis en prohibiciones, y a pesar de que todo esto parezca inocente—que esto se sienta tan incómodo? ¿Es porque rechazo los carteles municipales que dicen, “Contágiate del orgullo paisa"? ¿O es porque hay mucho más en juego?
En una obra de arte de Fernando (la imagen), encontré una forma de contemplar estas preguntas. ¿No contradice de manera interesante “Arrieros Somos” con “Yo soy Cultura Metro”? Y, a diferencia de la publicidad de la Empresa Metro, ¿no es la combinación del icónico Metro con este grafiti una representación mucho más sutil y realista de la ciudad y sus inconsistencias? Entonces, contacté a Fernando para hablar sobre esta obra y más tarde ese mismo día lo encontré en la galería de arte. Nuestra conversación fue algo así:
Sven: Lo que veo es una forma de crítica a la Cultura Metro. Por ejemplo, todo debe estar limpio y ordenado. El graffiti en el Metro o en sus estaciones es el pecado más grande.
Fernando: Precisamente. Puedes considerar este cuadro un homenaje a los grafiteros que fallecieron en el metro.
Sven: He leído sobre esto. La peor parte para mí fue ver en los comentarios de las noticias cuántas personas culpaban a los grafiteros, diciendo que era su propia culpa y que no respetaban la Cultura Metro.
Fernando: Pero debe haber habido algo más. ¿Cómo es que no pudieron escapar? ¿O no había mecanismos de seguridad?
Sven: También me hice esas preguntas. Pero me sorprendió lo fuerte que fue la defensa de esta Cultura Metro.
Fernando: Déjame preguntarte. ¿Alguna vez has entrado al Metro en hora pico? Todo apretado. Me pregunto: ¿Eso es cultura? Durante las horas pico, las mujeres sufren acoso. La falta de cultura por parte de la empresa en horas pico conlleva que personas oportunistas cometan actos de abuso y cosquilleo.
Sven: Sí, lo he visto. Pero creo que algunos que defienden la Cultura Metro ni siquiera viajan en metro. ¿Has visto esos ejercicios de 'Practiquemos la Cultura Metro, respira profundo'? Todo eso para esconderse, para que la gente no piense en las decisiones políticas que tomó la empresa del metro. Es más fácil señalar la responsabilidad individual y decirle a la gente que primero se cuide a sí misma.
Fernando: Exactamente. Puedes considerar este cuadro como una contrapropuesta a la cultura metro. Como el metro no puede grafitear directamente, lo que estoy haciendo es grafitear el metro en mis cuadros.
Luego discutimos el proyecto del Metro de la 80. Aunque sigue la narrativa de la 'milagrosa' transformación de la ciudad, de la violencia al desarrollo inclusivo—promoviendo una cultura ‘cívica' (el #culturametro) que fomenta el orgullo y el sentido de pertenencia en la ciudad—, los residentes locales enfrentan la pérdida de sus hogares. Fernando lo resumió de manera concisa: “Estas personas no solo venden sus casas, sino que también venden sus historias.”
De regreso en mi apartamento arriendado—esta vez sin la combinación de lavadora y secadora—me pregunté sobre el acto de hacer grafiti en un cuadro de arte. Temo que incluso una crítica de esa forma de arte sea promovida por quienes defienden a Cultura Metro como una forma de autoexpresión no disruptiva, una especie de meditación, un viaje en tu propio mundo o como espíritu emprendedor. Como “relación positiva con uno mismo, con los demás y con el entorno”, el todopoderoso Cultura Metro aspira a ser integral. ¿De qué otra forma podría alguien usar este “modo positivo de relación” para justificar la muerte de tres grafiteros?
En resumen, Cultura Metro es lo que convence a la gente de que pintar un edificio es un acto de vandalismo que merece castigos severos, pero que destruir la vida de las personas que viven alrededor de la Avenida 80 forma parte de algo como el #hacer_realidad_el_sueño_de_Cultura_Metro y debe ocurrir lo antes posible. La vieja táctica es 'pintar' a los que se quejan (de manera metafórica pero también violenta), como 'oportunistas' y 'polemicos' que solo quieren beneficiarse económicamente de esta intervención en la infraestructura que beneficiará a 'todos'.
Mientras tanto, los verdaderos oportunistas—que están en posición privilegiada de decidir qué es bueno para 'todos'—están protegidos por esta ideología de Cultura Metro. Me refiero al papel creciente de los actores privados en la gestión del Metro de Medellín y todos aquellos que se beneficiarán del Metro de la 80: centros comerciales, supermercados, centros estéticos/salud, hoteles, y otros. En este proceso, permanecen en la seguridad de sus oficinas y, como mucho, supervisan lo que sucede mediante mapas y hojas de cálculo de Excel.
____________________















