Por: Alfonso Insuasty Rodríguez*/ En la era digital, la disputa ya no es solo por el poder, sino por la verdad. La guerra cognitiva redefine la realidad, mientras élites y corporaciones mediáticas moldean percepciones, erosionan la democracia y perpetúan desigualdades estructurales.

En la era digital, la información ha dejado de ser un simple recurso para convertirse en un campo de batalla. No se trata únicamente de quién informa, sino de quién define qué es real. En este nuevo escenario, la guerra ya no se libra exclusivamente con armas convencionales, sino con narrativas, percepciones y arquitecturas de sentido. Es la consolidación de la guerra psicológica y la guerra cognitiva como dispositivos centrales del poder contemporáneo.
Este tipo de conflicto opera sobre la mente humana, sobre los marcos culturales y sobre los sistemas simbólicos que estructuran la vida social. Su objetivo no es destruir al adversario en términos físicos, sino colonizar su capacidad de interpretar el mundo. Se busca moldear la percepción colectiva hasta el punto en que la realidad misma se vuelve disputable, fragmentada y maleable.
La guerra psicológica, históricamente utilizada para desmoralizar y confundir al enemigo, ha evolucionado hacia formas más sofisticadas de intervención. Hoy, en articulación con tecnologías digitales, inteligencia artificial y plataformas globales de comunicación, da paso a la guerra cognitiva: una estrategia orientada a intervenir directamente en los procesos de pensamiento, atención, memoria y toma de decisiones de individuos y sociedades enteras.
En este contexto, el control del relato se convierte en un objetivo estratégico de primer orden. No basta con tener poder material; es necesario construir legitimidad simbólica. Quien impone la narrativa dominante no solo describe la realidad: la produce.
Desde América Latina, esta disputa adquiere características particulares. En sociedades marcadas por profundas desigualdades estructurales, el control de los medios de comunicación por parte de élites económicas, familias tradicionales y grandes corporaciones no es un fenómeno neutral. Por el contrario, constituye un mecanismo de reproducción del poder que limita la pluralidad informativa y restringe la democracia real.
El problema no es únicamente la concentración corporativa mediática, sino su articulación con intereses políticos y económicos que buscan preservar privilegios históricos. En este sentido, la manipulación informativa no es un accidente, sino una extensión de la violencia estructural que atraviesa la región. Se trata de una violencia menos visible que la física, pero igualmente efectiva: la imposición de marcos interpretativos que naturalizan la desigualdad, deslegitiman la protesta social y reducen el horizonte de lo posible.
El reciente pronunciamiento de la Embajada de la Federación de Rusia en Colombia permite ilustrar esta problemática desde un caso concreto. Más allá de la posición geopolítica que representa, el comunicado pone sobre la mesa un fenómeno relevante: la reproducción acrítica de contenidos por parte de medios nacionales, en lo que se ha denominado “periodismo de réplica”.
Según la Embajada, diversos medios colombianos difundieron sin verificación independiente un informe de la agencia EFE sobre una supuesta red de desinformación rusa en América Latina. Este proceso genera una “cámara de eco” donde una afirmación, aun sin pruebas públicas verificables, adquiere estatus de verdad por su repetición masiva.
Lo que está en juego aquí no es simplemente la veracidad de un informe específico, sino la forma en que se construye la realidad mediática. Cuando los medios renuncian a la investigación autónoma y se limitan a replicar agendas informativas externas, se debilita la soberanía informativa y se erosiona la confianza ciudadana.
Este tipo de dinámicas tiene efectos profundos. Por un lado, alimenta la polarización social, ya que las audiencias tienden a refugiarse en narrativas que confirman sus propias creencias. Por otro, contribuye a la estigmatización de voces alternativas, reduciendo el pluralismo informativo bajo la lógica de “fuentes legítimas” versus “fuentes sospechosas”.
En términos de guerra cognitiva, esto implica una reducción del espectro de lo pensable. No se censura necesariamente de manera directa; se condiciona el acceso, la visibilidad y la credibilidad de determinadas narrativas. El resultado es un entorno informativo donde la diversidad aparente oculta una homogeneidad estructural.
El caso también plantea una pregunta fundamental sobre los límites de la libertad de prensa. ¿Hasta qué punto informar sin verificar constituye un ejercicio legítimo del periodismo? ¿En qué momento la reproducción de contenidos sin contraste se convierte en una forma de manipulación?
La guerra de narrativas no es exclusiva de un bloque geopolítico. Tanto potencias occidentales como no occidentales despliegan estrategias de influencia informativa para posicionar sus intereses. Sin embargo, en contextos como el latinoamericano, estas disputas externas se superponen con estructuras internas de desigualdad y concentración de poder, amplificando sus efectos.
Así, la ciudadanía queda atrapada en una doble tensión: por un lado, la presión de narrativas globales en competencia; por otro, la mediación de sistemas informativos locales que no siempre garantizan pluralidad ni independencia. En este cruce, la verdad se vuelve un terreno inestable.
La consecuencia más grave de este proceso es la degradación de la democracia. Sin acceso a información diversa, verificada y contextualizada, la deliberación pública se debilita. Y sin deliberación real, la democracia se vacía de contenido, convirtiéndose en una formalidad que convive con profundas asimetrías de poder.
En este escenario, la guerra cognitiva no solo redefine la forma en que se ejerce el poder, sino también la forma en que se percibe y se legitima. Se trata de una disputa por el sentido común, por la memoria colectiva y por la capacidad de imaginar futuros alternativos.
Frente a ello, la soberanía ya no puede entenderse únicamente en términos territoriales o económicos. También es, y cada vez más, una cuestión informativa y cognitiva. La capacidad de una sociedad para producir, verificar y debatir sus propias narrativas es un componente esencial de su autodeterminación.
*Docente investigador Universidad de San Buenaventura Medellín, parte de REDIPAZ y grupo autónomo Kavilando.
Comunicado de la Embajada de la Federación de Rusia en Colombia
6 de abril de 2026
Durante los últimos días, la prensa colombiana, al igual que la de muchos otros países de la región, difundió prácticamente sin modificación ni verificación alguna el artículo publicado por EFE, sobre un tal informe de la llamada "Digital News Association". Este "documento", si lo podemos caracterizar así, según afirma la agencia española, supuestamente contiene "pruebas" de que "Rusia ha entrenado a más de 1.000 creadores de contenido, periodistas o 'influencers' para desinformar en ocho países de Latinoamérica", incluida Colombia.
Se nota a simple vista que se trata de una campaña organizada que tiene por objetivo desprestigiar a nuestro país y a los medios rusos. No se presentan pruebas, solamente se lanzan acusaciones: este es hoy el "estándar" de la prensa investigativa occidental, cuando el tema está relacionado con Rusia. Lo más curioso es que el "informe fantasma", elaborado por una organización poco conocida y con dudosa reputación, nunca se publicó en el Internet. Así que todos los artículos de la prensa colombiana se basan exclusivamente en lo que escribió la EFE. Siguiendo la fe ciega en la veracidad de lo que publicó la agencia española, los medios de este país no se molestaron en validar profundamente los hechos, que en efecto constituyen fantasías que no tienen contacto con la realidad.
Nos entristece que la prensa nacional se encuentre susceptible a la influencia del flujo de la información políticamente sesgada procedente del occidente. Es lamentable ver que, en esta ocasión, incluso algunos políticos destacados de Colombia se hayan dejado llevar por esta farsa, publicándola en sus redes sociales.
La explicación de lo ocurrido no podría ser más sencilla. Se ha comprobado nuevamente que los países del occidente no pueden aceptar que existan fuentes de opiniones alternativas a las que imponen ellos al resto del mundo. Es por eso que buscan toda oportunidad para dañar la imagen de los medios rusos con cobertura internacional.
En los países de Europa y Norteamérica, las autoridades occidentales gozan de las herramientas administrativas y simplemente prohíben la transmisión y operación de los medios como RT o Sputnik en el territorio nacional. En América Latina, como vemos, utilizan otras tácticas y canales para difamar a los medios citados y a nuestro país.
Conclusiones finales
Nos alegra que una gran parte de los colombianos que leyeron las absurdas noticias sobre nuestro país, publicadas este fin de semana en los medios nacionales, hayan expresado en comentarios su desacuerdo con estos bulos.
Hacemos un llamado a la prensa colombiana a adoptar un enfoque más responsable a la hora de publicar noticias de este tipo que lanzan acusaciones graves, pero infundadas, en contra de otros países. Asimismo, quisiéramos alentar a que los autores consulten las fuentes de origen de tales materiales.
Por fin, aprovechando esta ocasión, invitamos a todos a seguir las cuentas de RT y Sputnik en español para tener acceso a la visión alternativa de la actualidad. Una versión que, aparentemente, no les cae bien a las élites occidentales por no coincidir con la narrativa que promueven ellas.
📝❗️Ante la masiva e infundada campaña antirrusa iniciada por los medios de comunicación occidentales y, por desgracia, apoyada por algunos medios colombianos, nos vemos obligados a hacer un comunicado público
— Embajada de Rusia en Colombia (@RusiaColombia) April 6, 2026
Se nota a simple vista que se trata de una campaña organizada que… pic.twitter.com/hLMyA6G7pG
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