El ocaso de la prevención policial. Control social y Falsos Positivos de Policía.

Linea Conflicto Social y Paz

Por: Omar Eduardo Rojas Bolaños*

¿Qué honor puede tener un servidor público de policía que carga con marihuana a un joven estudiante para judicializarlo, qué honor tiene el voltear las ollas a los indígenas o campesinos cuando preparan sus alimentos durante sus movilizaciones, qué honor tienen cuando sus bastones de mando rompen, como vándalos, ventanales de residencias, oficinas estatales o de automóviles, qué honor tienen cuando para reducir la protesta asesinan a quienes participan en ella?

 

 

esmad agresiones

Teórica y constitucionalmente las fuerzas armadas no solamente tienen la misión fundamental de la defensa de la soberanía y la integridad territorial. Los Estados invierten significativos rubros en fortalecer la imagen de la institución encargada de proteger la seguridad y la convivencia de los ciudadanos.

En algunos países la estrategia estatal posiciona a soldados y policías como los héroes de la patria puesto que ellos, tanto en principios, códigos y discursos, expresan que defienden a la población de amenazas. En el colectivo social, los integrantes de la fuerza pública son quienes defienden en el terreno a los habitantes de cualquier agresión internalizando que el primer defensor de los derechos humanos deben ser militares y policías.

Existe una separación conceptual y operativa entre lo militar y lo policial, no obstante, en algunas sociedades más que en otras, existe un claro oscuro entre las funciones militares y las funciones de policía. Operativamente los militares recorren las calles como policías y los policías recorren las fronteras como militares.

En Colombia hasta comienzos del presente siglo, el Estado se esforzaba por contar con una policía más próxima a la población, es el caso de la importancia otorgada a la policía comunitaria. Durante las dos últimas décadas del siglo XX la policía nacional invirtió importantes recursos en la formación de la policía comunitaria, o policía de proximidad como es conocida en España.

Con la implementación de la política de seguridad democrática, como eje central de gobierno, estratégicamente el claro oscuro entre lo militar y lo policial se definió. El patrullero de policía, aunque por estudios, formación y rol constitucional, se diferencia de sus “primos”, fue ubicado, tanto por el gobierno como por la ciudadanía, al mismo nivel de los militares.

El anhelo de convertir la policía en la cuarta fuerza militar, comenzó a estructurarse. En el colectivo social, policía y soldado representan lo mismo, algunos lo llegan a considerar como guardias de seguridad al servicio de empresas nacionales o transnacionales.

Durante la primera década del presente siglo la policía comunitaria se diferenciaba de la policía de vigilancia. Durante los consejos municipales del gobierno Uribe la población se quejaba constantemente del actuar de la policía de vigilancia. Atendiendo el postulado que la policía colombiana es nacional, asesores recomendaron acabar con la policía comunitaria entregando sus funciones a la policía por cuadrantes. La policía comunitaria, y su esencia desapareció, quedando sus funciones en el diligenciamiento de formularios.

La atención, mínimo de diez minutos, que el policía le otorgaba a una reunión con un presidente de junta de acción comunal, la atención prestada a un director de escuela o colegio o el escucha a un ciudadano, se redujo a una firma. Hoy en día los policías del cuadrante andan con un portafolio de servicios debajo del brazo para ser firmados por los ciudadanos. Las estadísticas de la institución dan cuenta de ella, manipulando tanto al personal como a la ciudadanía.

Bajo la premisa que se esta en guerra, quienes son reclutados para hacer parte de la policía nacional cuentan con un perfil más hacia lo militar que hacia lo policial. Sueñan con uniformes de guerra, armas de largo alcance, y sus pechos enaltecidos con medallas de orden público. El lenguaje técnico policial es reemplazado por el lenguaje técnico militar. Se refieren a los ciudadanos, que no comparten su cosmovisión, como “enemigos”. De igual manera que se habla de un currículo oculto en la formación de policías hay un conjunto de premisas no democráticas en la cultura de policías al desarrollar sus funciones.

El “enemigo” no es únicamente el que se alza en armas sino el defensor de los derechos humanos, el líder social, el estudiante – aún más cuando es de un colegio o universidad pública -, el sindicalista, el integrante de partidos políticos alternativos - comunistas, socialistas -, profesores y escritores. En los últimos años han incorporado a la lista a los integrantes de la Colombia Humana, el partido verde y a quienes entregaron sus armas gracias al Acuerdo de Paz Estado – Farc-Ep.

Aunque la institucionalidad se esfuerce por opacar las inconformidades por el desempeño policial presentadas en las oficinas de atención al ciudadano o despachos judiciales, el aumento de violaciones a los derechos humanos es cada vez mayor.

Mientras que la constitución nacional orienta a la policía nacional, como cuerpo armado permanente de naturaleza civil a cargo de la Nación, cuyo fin primordial es el mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas, y para asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz, sus comandantes desarrollan estrategias que imposibilitan el ejercicio de los derechos y libertades.

La infiltración en la protesta social, no para garantizar su desarrollo sino para desprestigiarla; el fomento guerrerista en la formación de los grupos de choque; y el blindaje del gobierno, además de jurídico, hacia actuaciones que violan los derechos humanos, además de enlodar la imagen generan pérdida de confianza y credibilidad.

El asesinato de Dilan Cruz por parte del ESMAD durante el paro nacional, la noche de terror en algunos barrios de Bogotá donde no fueron las piedras arrojadas por descontentos ciudadanos las que rompieron vidrios de residencias y autos sino bastones de mando y la quema de productos alimenticios sembrados por los campesinos en el departamento del Meta durante los últimos días, son señales de la barbaridad a que está siendo llevada la policía.

Si los militares perdieron el honor militar con el asesinato de no combatientes, ni activistas, en campos de batalla ficticios, los policías pierden el honor policial en su diario devenir profesional con violaciones de derechos humanos de los ciudadanos.

¿Qué honor puede tener un servidor público de policía que carga con marihuana a un joven estudiante para judicializarlo, qué honor tiene el voltear las ollas a los indígenas o campesinos cuando preparan sus alimentos durante sus movilizaciones, qué honor tienen cuando sus bastones de mando rompen, como vándalos, ventanales de residencias, oficinas estatales o de automóviles, qué honor tienen cuando para reducir la protesta asesinan a quienes participan en ella?

¿Qué honor tienen militares, policías y operadores de justicia, al orquestar falsos positivos judiciales para reprimir el pensamiento o la protesta social?

Postdata: Dadas las innumerables evidencias, y a fin de reducir la estigmatización de medios independientes que siguen el devenir social, conscientemente omito fuentes referenciales. En una democracia, el reflexionar sobre el debilitamiento institucional no nos hace enemigos de la institucionalidad.

*Sociólogo, investigador, Consejero de Paz Medellín (CONPAZ), Grupo de Investigación Kavilando e  Integrante de la Red Interuniversitaria por la Paz REDIPAZ.

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