Resistencia, miedo y terror.

Linea Conflicto Social y Paz

Por: Omar Eduardo Rojas Bolaños

De igual manera como le temen a la verdad, le temen a la dignidad.

 

 

resistencia dignidad

A la verdad la quieren callar a toda costa. Recurren a estrategias legales e ilegales; a emisarios del imperio quienes amenazan sutilmente en nombre de la pseudodemocracia occidental; a pasquines amenazantes auto firmados con el pseudónimo de águilas negras; a abogados inescrupulosos vividores y defensores de la mafia; a ideólogos de extrema derecha agazapados dentro de las trincheras de campos de guerra reales e irreales; a integrantes de la Fiscalía colocados mañosamente para defender sus intereses; a integrantes de las fuerzas armadas que ilusionados con casa, finca, beca y vacaciones se alejan de la misión de ser custodios de la constitución y de los derechos humanos convirtiéndose en sus principales violadores.

Quienes temen a la verdad y se le esconden a la dignidad recurren a acciones inhumanas y de dolor. Apelan a los de abajo, a los que buscan el pan para llevar a la mesa; a aquellos que ilusionados con un trabajo digno se les coacciona a través de él para que sean obreros leales a su patrón, a su organización criminal. No es gratuito que los de abajo empuñen armas para asesinar a campesinos, indígenas, obreros, desempleados, líderes sociales o defensores de los derechos humanos. Inclusive empuñan armas para eliminar a quienes le dieron el pan para su subsistencia. A los de abajo se les condiciona para ser hambrientos y se les fuerza para que integren ejércitos regulares e irregulares. Se les enseña a asesinar a sus próximos, sin miedo, sin vergüenza, sin temor a la justicia divina o penal. Para que sientan libres sus espíritus cuentan con religiosos que les bendice las armas para alcanzar una mejor puntería. Los sicarios, aquellos dibujados con cierta estética literaria por Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios, no son únicamente aquellos que el día domingo usurpaban la iglesia de Sabaneta para ofrecerle a la virgen las víctimas ordenadas por el cartel de Medellín.

Le temen a la verdad, de ahí que intenten silenciar la voz de militares que golpean las puertas de la Justicia Especializada para la Paz. Los soldados, aquellos que se dejaron seducir y manipular como títeres, no en palacios de gobierno o de justicia, sino en campos de batalla, quieren dar a conocer la verdad. Quieren limpiar las conciencias por recibir deshonrosamente los trofeos de guerra entregados bajo recompensas. Pero no solamente la verdad de militares quiere salir a la luz pública, también la verdad de quienes han sido sus cómplices. Los denominados paramilitares también quieren contar la verdad, aquellos que acompañaron y acompañan al ejército regular en la guerra sucia eliminando a los de abajo, a los que no tienen la oportunidad de ingresar a sus ejércitos. Un grito por la verdad quiere salir de cárceles, penitenciarías, brigadas, batallones, inclusive de hoteles y casas asignadas como centros carcelarios.

A la verdad en la JEP le temen los mafiosos, los criminales, los de la extrema derecha y los particulares que, escondidos entre negocios legales e ilegales, han apoyado la guerra en el país. Ellos también son responsables que los campos y la urbe se encuentre nuevamente bañada con la sangre de líderes y lideresas sociales, indígenas, campesinos, soldados, policías y profesores, entre otros. Estos últimos están siendo ajusticiados porque el patrón del mal los sentenció al afirmar que adoctrinan en las escuelas, los colegios y las universidades. La verdad quiere dibujar la realidad en nombre de la memoria, aquella que se ha escapado de los análisis de medios de comunicación vendidos al régimen. La verdad quiere brotar como elemento conciliador para la construcción de una sociedad más inclusive, más justa, más democrática y con menos impunidad.

Pero no solamente le temen a la verdad, también a la dignidad. Le temen a la voz de más de un millón de indígenas comprometidos con la tierra y la biodiversidad. Sienten miedo ante la voz de la Minga que proclama inclusión de las comunidades indígenas en el Plan Nacional de Desarrollo; que pide reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos; que solicita la protección de líderes y lideresas sociales; que grita por el respeto de la soberanía; que busca un uso de la tierra para la alimentación, para que selva y campo sean un pulmón del mundo; que pide consultas previas a las comunidades para que sus terruños no sean devastados a través del fracking o la minería; que grita y se encuentra comprometida en la defensa de la paz.

El miedo a la dignidad genera que ese poder hegemónico que se esconde ante la contundente verdad, no ceda en al menos escuchar a los pueblos dignos que protestan por tanta injusticia. La palabra dada a los indígenas no se honra. Ni el presidente honra a ese pueblo que se niega a ser esclavo. El y los de su clase se encuentran con el pensamiento esclavista, de ahí que una de sus mandatarias abiertamente y sin temor, se refiera a los Arhuacos, wiwas, koguis y kankuanos como si fueran de su propiedad. Es la misma que grita que los indígenas del Cauca no están aterrizados y que no son inteligentes ni se encuentran preparados por enontrarse en la Minga por la defensa de la vida, el territorio, la democracia, la justicia y la paz. Sus palabras únicamente han provocado que la resistencia indígena, a nivel nacional, se fortalezca. Los indígenas del Magdalena, César y la Guajira han dado su palabra que, si el gobierno nacional no se sienta con ellos a hablar sobre los compromisos, saldrán a los pueblos desnudos para que sean escuchados. Si el presidente no honra la palabra dada a las comunidades indígenas, el mundo se encantará al ver más de un millón de indígenas desnudos resistirse a su desaparición. Al contrario que el Estado, las comunidades indígenas si honran su palabra.

 

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