La movilización va más allá de la calle

Linea Formación, Género y luchas populares

Por: El Colectivo. Editorial

Así, estas movilizaciones evidenciaron también la distancia enorme que hay entre los jóvenes, que parecen hoy el sector más consciente y beligerante de la sociedad colombiana, y la clásica organización obrera. La juventud, y sobre todo la juventud universitaria, ha sido la gran protagonista de este ciclo de movilización, pero estuvo prácticamente huérfana de conducción política.

 

 

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Sin Título/Mio Lockett

 

La de finales del año pasado fue, sin lugar a dudas, una gran movilización y una radiografía fiel de los niveles que ha alcanzado el inconformismo social frente al actual gobierno y, sobre todo, frente al modelo de desarrollo que nos han venido imponiendo en las últimas décadas y hunde cada vez más al pueblo en la pobreza y desesperación. Dos meses de movilizaciones multitudinarias y permanentes en las calles de las principales ciudades del país no tienen muchos precedentes en Colombia; sin embargo, sería un despropósito compararlo con un paro cívico, así sea el lejano paro de 1977 que, a pesar de la legitimidad de sus reivindicaciones, la determinación de las movilizaciones y la articulación de las organizaciones populares, tampoco logró hacer tambalear siquiera al gobierno de López Michelsen, que ahogó la protesta a sangre y fuego. Y eso que entonces no existía el Esmad.

El paro ha sido en principio una de las formas de confrontación privilegiadas de los trabajadores contra el capital, una forma de presión eficaz para alcanzar sus reivindicaciones en la medida en que la parálisis de la producción afecta realmente los intereses de los capitalistas. Pero es esta la figura que el movimiento obrero, al menos en Colombia, no está en capacidad o en disposición de implementar. Las razones son evidentes: como resultado precisamente de ese modelo de desarrollo que tiene a la gente protestando en las calles, el movimiento obrero ha sido diezmado de forma impresionante, pues más de la mitad de los trabajadores en Colombia trabajan informalmente o están desempleados, y los empleados en su mayoría están precarizados, con contratos basura que los pone en una situación de inestabilidad permanente. Por eso, los trabajadores no fueron realmente los protagonistas de las pasadas movilizaciones, sino más bien sus víctimas, en la medida en que dichas movilizaciones, al bloquear la movilidad en las vías, les impedía llegar a sus lugares de trabajo o regresar después a sus casas.

Así, estas movilizaciones evidenciaron también la distancia enorme que hay entre los jóvenes, que parecen hoy el sector más consciente y beligerante de la sociedad colombiana, y la clásica organización obrera. La juventud, y sobre todo la juventud universitaria, ha sido la gran protagonista de este ciclo de movilización, pero estuvo prácticamente huérfana de conducción política. Fue realmente el único sector que paró sus actividades, pero terminó haciéndolo en contra de sus propios intereses, en tanto la producción que se para en las universidades es la del conocimiento. El paro estudiantil, como ha ocurrido siempre en los últimos años, se manifestó en un vaciamiento de la universidad, lo cual es un contrasentido en la medida en que los recintos universitarios dejaron de ser espacios de convocatoria de los jóvenes para avanzar en procesos de formación, organización y lucha.

También la falta de dirigencia y proyección política de las movilizaciones tiene una explicación que se conecta directamente con la debilidad actual del movimiento obrero y sus clásicas organizaciones, los sindicatos. Y es que una de las estrategias de lucha de la burguesía en Colombia ha sido la eliminación sistemática de esta dirigencia; el asesinato y la desaparición de sindicalistas y líderes populares se convirtió, desde hace ya mucho tiempo, en la principal estrategia del Estado en favor de la élite, bien sea a través de sus propias fuerzas militares o mediante la creación de estructuras paramilitares. Otros dirigentes han sido encarcelados mediante montajes judiciales y unos cuantos más, exiliados. Buena parte de los que hoy se mantienen al frente de las organizaciones obreras parecen haberse acomodado perfectamente al orden de cosas existentes y en vez de luchar por la eliminación de las injusticias y la desigualdad parecen enfocarse en la conservación de sus privilegios burocráticos, ajenos a la suerte real de la mayoría de trabajadores. Esta dirigencia ha terminado por copiar las prácticas clientelares y corruptas del más rancio gamonalismo criollo, con lo cual se ha hecho parte de la clase que dice combatir.

Así las cosas, lo que evidencian también las pasadas movilizaciones es la ausencia de sólidas organizaciones obreras y populares que puedan ponerse al frente de un proceso político de largo aliento. Los jóvenes han dado pruebas de su inconformidad y de su voluntad concreta para movilizarse por un mundo mejor. Y la diversidad y amplitud de sus reclamaciones no constituye, como han creído muchos, una falta de definición política de la lucha, sino el nuevo marco en el que se han de llevar a cabo las futuras luchas revolucionarias. Ya no es posible defender la idea de que primero hacemos la revolución proletaria para combatir luego el machismo, ni puede sentirse revolucionario quien no abraza la causa ecológica y entiende que de la salud del planeta depende la vida en general, tampoco quien se niega a reconocer las diversidades sexuales y otras reivindicaciones que anteriormente parecían ofender al propio movimiento obrero.

Articular todas estas reivindicaciones en un proyecto político coherente implica avanzar en la construcción de un nuevo sujeto político. Y esa es precisamente la lucha que tenemos por delante y que puede encumbrarnos por encima de lo que somos hoy como sociedad. En estos momentos vale la pena recordar a la revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo, cuando exaltaba el papel de la espontaneidad de la lucha callejera por reivindicaciones económicas y sociales concretas. Para ella, estas luchas callejeras eran también el primer paso para provocar un salto en la conciencia y en la capacidad de lucha de los sectores populares.

Ese salto debía ser facilitado por la dirigencia del movimiento obrero-popular; para nosotros, al parecer, el salto consiste justamente en la reconstrucción de esa capacidad directiva que nos permita consolidar en la sociedad un consenso sobre un nuevo modelo ético, político y económico donde la vida digna sea el faro que anime todas las luchas cotidianas. En este sentido, la calle no es ni puede ser el único escenario de confrontación política (aunque es muy importante): también está la universidad, la casa, el trabajo y todos los lugares de encuentro, en donde debemos avanzar en la construcción de ese sujeto y su articulación como clase. Por eso creemos que la lucha apenas comienza y que los jóvenes con sus bríos intactos tienen mucho que enseñarnos. Y mucho que aprender.

tomado de: https://elcolectivocomunicacion.com/2020/02/05/editorial-no-49-la-movilizacion-va-mas-alla-de-la-calle/

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