La Vida Campesina en Micoahumado Sur de Bolívar: reflexiones en medio de la pandemia

Observatorio K.

Por: Marlon Osorio*

En medio de ésta pandemia las comunidades seguimos insistiendo en la importancia importancia política, económica y socio-cultural de la soberanía alimentaria. El Covid19 nos ha causado temor además de la guerra que vivimos en ésta región, pero, como algunos dicen en forma sarcástica “el coronavirus es como el gobierno, por acá no llega, y si llega, llega es para hacernos daño”.

 

 

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Han pasado varios meses desde que Colombia empezó a sufrir los efectos de la pandemia. Desde un inicio, se podía observar el temor que causaba el hecho de que el covid-19 había llegado a nuestro país, un temor que se convirtió en pánico debido a las cadenas de mensajes que comenzaron a circular en las redes respecto al covid-19.

Como consecuencia, las personas comenzaron a comprar en mayor medida productos de la canasta familiar, creyendo que estos productos iban a escasear, ocasionando un alza en los precios.

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La situación se fue tornando compleja, las universidades suspendieron las clases presenciales, además de que se escuchaba los rumores de una cuarentena. Ante esto, decidí regresar de Medellín a mi pueblo, Micoahumado; un pueblo campesino ubicado en la serranía de San Lucas, al Sur de Bolívar.

Allí, la gente estaba atenta a las noticias, pendiente de cada informe que salía. Cuando regresé, las personas me molestaban diciendo “te viniste de Medellín a traernos el Coronavirus”. Yo sonreía y esperaba que eso no fuera así. Pasaron unos días, cuando la comunidad en cabeza de la junta de acción comunal y los líderes, organizaron una reunión para analizar la situación que vivía el país y tomar algunas medidas para minimizar las posibilidades de que la pandemia llegara a la región.

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Se acordó dar un plazo para que las personas que estaban aún en las ciudades y querían regresar, lo hicieran lo antes posible. Del mismo modo, se acordó restringir la salida del territorio, autorizando en un principio, por un lado, la salida por situaciones de salud o trámites personales que realmente lo requirieran.

Por el otro, se autorizó la movilidad de los camiones que salían hacia ciudades como Aguachica (Cesar) y Ocaña (Norte de Santander), desde dónde se traen productos como aceite, arroz, sal, café, azúcar; de esa manera, se podía no solo seguir trayendo este tipo de productos que no se producen al interior de la comunidad, sino también sacar la producción propia del territorio, como el plátano, la yuca y el cacao; en cuanto a los cultivos de frijol y maíz (que tienen gran presencia en la región) los campesinos decidieron aumentar la producción, sembrando en mayor cantidad, a la vez, que aumentó el semillero de hortalizas, la cría de gallinas y marranos.

Todo esto motivado, por la crisis generada por la pandemia, esperando no padecer una crisis alimentaria. En ese sentido, se escuchaban frases como las siguientes: “así sea yuca sola o con huevo comemos” “tenemos por lo menos el platanito, el frijol, el maíz y con eso nos defendemos”. 

Esas expresiones, tan populares en comunidades campesinas, son expresiones que representan las voces de lucha y resistencia de este sector tan olvidado y golpeado por el propio Estado colombiano. Voces que siguen insistiendo en la importancia de la soberanía alimentaria, una soberanía cada vez más mal trecha, pero que hoy a partir de la crisis global generada por la pandemia, las personas vuelven a reconocer la importancia política, económica y socio-cultural de la soberanía alimentaria.

En ese sentido, es importante, que la sociedad y el mundo en general pueda replantear las políticas bajo las cuales se ha configurado el mundo actual, un mundo que vive en la ficción del espectáculo, un mundo donde el hambre y la pobreza sigue siendo un problema de voluntad política, un mundo que es necesario transformarlo desde abajo. Este no es un llamado nuevo, aunque para algunos lo sea, sino que es un llamado que han venido haciendo históricamente, los campesinos, indígenas, trabajadores, mineros artesanales, cocaleros etc.

Es una lucha social y política que tiene su fuerza en los procesos comunitarios y sociales, que siguen dando la pelea por la defensa de los territorios y por la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, por una sociedad no en función del mercado sino de la vida. Y para ello, es importante, que se siga fortaleciendo el tejido social, que las personas se vinculen a los procesos locales y regionales, para tener mayor incidencia y capacidad de transformación.

En esa perspectiva, en Micoahumado, y en la serranía de San Lucas (Sur de Bolívar) como tal, continuamos luchando por la defensa de la vida y la permanencia en el territorio, partiendo desde una acción básica del ser humano, el trabajo, un trabajo del que no nos avergonzamos y nos sentimos orgullosos, porque entendemos que, sembrando la tierra, sembramos la vida y la esperanza de un mundo mejor. Si bien la crisis actual que está atravesando el mundo, ha sido lamentable, es también una oportunidad para redireccionar el curso de la vida, de las cosas.

No negamos que la pandemia nos produce cierto temor, sobre todo por las condiciones precarias de salud en el territorio, donde no hay un médico siquiera para atender los problemas de salud que se puedan presentar.

Nos aferramos entonces a la fe en Dios, la cual ha sido nuestro sostén incluso en los momentos más duros de la violencia producto del conflicto armado que hay en la región. Como dijo una mujer campesina mientras conversaba con ella “bien complicados que tenemos la vida por la guerra que padecemos, y ahora se nos viene esto”.

Sin embargo, hasta ahora, el covid-19 nos ha afectado mínimamente y de manera casi indirecta. Algunos dicen incluso, en forma sarcástica “el coronavirus es como el gobierno, por acá no llega, y si llega, llega es para hacernos daño”.

*Marlon Osorio, Estudiante Universidad de Antioquia, habitante de Micoahumado Sur de Bolivar.

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