Las banderas del hambre, trapos rojos. Visibilizando la pobreza.

Linea Conflicto Social y Paz

Por: Omar Eduardo Rojas Bolaños

Hasta los moradores de estrato cuatro, como saliendo del closet, manifiestan encontrarse viviendo de apariencias. Las deudas, los servicios y la comida los están ahogando.

 

 

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Trapos rojos ondean ventanas y puertas de viviendas de Colombia. No solamente aparecen en viviendas paupérrimas cimentadas con latas, cartón o desechos de construcción. Los trapos son izados en barrios populares, en viviendas de ladrillos de estrato socioeconómico uno, dos o tres donde aparentemente sus moradores se puede dar el lujo de comprar alimentos, pagar arriendo y servicios públicos.

Moradores de estrato cuatro, como saliendo del closet, manifiestan encontrarse viviendo de apariencias. Las deudas, los servicios y la comida los están ahogando. Mientras algunos se solidarizan ante el trapo rojo, alcaldías responden con mano dura. La solución ha sido la represión. Ante los trapos rojos, el escuadrón móvil antidisturbios ESMAD.

Se izan trapos rojos como llamado de sensibilidad, humanidad y cooperación de vecinos, transeúntes, organizaciones y gobierno. Alzar un trapo rojo significa que quienes habitan la vivienda tienen hambre, están cesantes y no cuentan con dinero para comprar alimentos. Quienes alzan trapos rojos, en su mayoría, son trabajadores informales que dependen de las ventas callejeras para el sustento del núcleo familiar. Viven de la informalidad; no se encuentran acostumbrados a pedir, o vivir de auxilios públicos. Han llegado a las grandes urbes amenazados o desplazados de sus territorios por ejércitos regulares e irregulares, gracias al encubrimiento oficial de quienes se encuentran en contra de la ley de restitución de tierras.

La ley 1448 de 2011 se promulgó con la finalidad de regresar la tierra a los campesinos arrebatada mediante la fuerza años atrás por parte, especialmente, de grupos criminales paramilitares. Pretende indemnizar, rehabilitar, dar garantías de satisfacción y garantías de no repetición, a los reclamantes. Algunos jueces y magistrados, al servicio del partido centro democrático, aprovechan expedientes para quedarse con la tierra que deben regresar a los campesinos propietarios legítimos.

Quienes viven de la informalidad se encuentran curtidos frente al accionar del Estado. Cuando no pagan vacunas - impuestos ilegales a personal de la policía y funcionarios oficiales - para trabajar, son corridos por la policía de vigilancia, a falta de esta el escuadrón antimotines. Vendedores informales han preferido correr el riesgo de perder la mercancía cuando son perseguidos y cazados, como si fueran ladrones, por policías. Cuando no son aprendidos se les impone multas que superan el salario mínimo mensual, de estos no se han salvado ni las personas que venden empanadas. En el semáforo, la esquina y el andén venden de todo, ropa, alimentos, cargadores de celulares y juguetes, entre otros elementos.

Aunque los empleos informales superan los 5.780.000, el gobierno nacional prometió entregar un bono de 37 euros como auxilio ante la pandemia. A él sólo accederán tres millones de vendedores informales del país (portafolio, 2020). Alrededor de 3 millones de personas, ubicados dentro de la línea de pobreza extrema, viven con menos de 0.70 euros al día. Quienes son considerados pobres ganan 1.31 euros al día (Lasillallena, 2020).

Aunque en Colombia la pandemia quitó la cortina de humo que no permitía observar la pobreza, gracias a esta, se olvida el país de los Falsos Positivos. Se olvida el país de embajadores donde en sus propiedades se procesa cocaína, que queman libros, que abren puertas para que ejércitos paramilitares lleguen a las ciudades. Se olvida el país donde se adoctrina en púlpitos o escuelas de las fuerzas armadas, donde se lava cerebros para que los pobres entreguen voluntariamente, al dios señalador y castigar, el poco dinero ganado vendiendo frutas o limpiando autos en las esquinas de los semáforos. Se olvida el país que cuenta como embajadores de bien ilustres fantasmas de negocios del narcotráfico. Se olvida el país donde gobernadores aliados al gobierno, gracias a la complacencia de entes de control y judicial, se roban el presupuesto justificándose con la pandemia. Se olvida el país del hambre que viven en barrios paupérrimos, alguno que otro construidos con cemento.

Europeos, asiáticos, africanos o norteamericanos que visitan el país, se llevan la imagen de la Colombia linda. Se llevan la imagen del Centro de Convenciones, del parque Arvi o de la biblioteca España de la ciudad de las flores. Los paquetes de turismo no contemplan visitar La Sierra, La Comuna Trece, o Santo Domingo Sabio en Medellín, como tampoco Usme, Ciudad Bolívar o Suba en Bogotá. Se llevan la imagen de la ciudad amurallada desconociendo que a pocos pasos de esta el hambre carcome a sus habitantes. Las laderas del cerro de la Popa o los barrios aledaños a la Ciénaga de la Virgen en Cartagena, lo evidencian. Quienes pisan el suelo colombiano en calidad de turismo, o de trabajo, se llevan las mejores imágenes del país, playas, sectores turísticos. Su visita no da lugar para contemplar los trapos rojos, los trapos del hambre.

*Sociologo, investigador Red Interuniversitaria por la Paz Redipaz, integrantes del Consejo Municipal de Paz Conpaz Medellín.

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